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CHINA para los turistas

Una boliviana en el país de los patrimonios

La Razón / Daymira Barriga, participante del Taller para Funcionarios de la prensa y periodistas latinoamericanos

00:00 / 08 de julio de 2012

El dato corta la respiración. La Ciudad Prohibida, el Palacio Imperial, la residencia de 24 emperadores chinos desde el siglo XV hasta el fin de la era de los emperadores, en 1931, tiene 9.999 habitaciones. Un número que dentro de esa cultura asiática significa eternidad.

El complejo, cuya construcción tomó 14 años, se alza en una superficie de 720.000 metros cuadrados, alberga 980 edificios en cuya construcción gobierna la simetría.

Declarado Patrimonio de la Humanidad en 1987, el palacio está enclavado en el corazón de Beijing, la capital china, y está dividido en el Palacio Exterior, donde el emperador concedía audiencias a sus ministros, expedía edictos, etc., y el Palacio Interior, donde se hallaba la residencia de los emperadores, de sus concubinas y de los cortesanos.

Es la tarde del sábado 19 de mayo y la contaminación en Beijing es más notoria; parece un día nublado, pero es el smog. El termómetro marca 35ºC y en la agenda de Taller para funcionarios y periodistas de Latinoamérica, organizado por el gobierno chino, está la visita de dos horas a esta maravilla de arquitectura y diseño.

Más que un paseo es sólo un paso que permite admirar la belleza arquitectónica de los pabellones y acaso curiosear dentro de algunos de ellos, cerrados al público, y cuyas puertas están atiborradas de turistas de todas las latitudes, que toman fotos,  escuchan a sus guías y que dejan regadas por el suelo decenas de botellas vacías de bebidas refrescantes. 

En el Palacio Exterior despuntan los pabellones de Armonía Suprema (Taihe), Armonía Central (Zhonghe) y Armonía Preservada (Bahoe), separados por una explanada. La construcción más importante de la Ciudad Prohibida es el pabellón de la Armonía Suprema que, con el inmenso patio que lo rodea, ocupa la mayor parte del palacio exterior. En su interior se halla el trono imperial, apenas visible en las penumbras.

La Ciudad Prohibida, construida sobre un eje ritual norte-sur, está rodeada por un foso lleno de agua de seis metros de profundidad y 52 centímetros de ancho, y una muralla de diez metros de altura, en cuyas caras se abren cuatro puertas orientadas a los cuatro puntos cardinales.

En las dos horas, es imposible visitar los museos de pintura, objetos de bronce, cerámica, relojes y joyas imperiales. Para admirarlos, hay que tomar el tour de medio día o de un día que ofrece el Museo del Palacio. A la salida, la realidad duele. Decenas de hombres, jóvenes y viejos, con manos, brazos o piernas mutilados, muestran sus muñones y venden baratijas o piden limosna  al río de turistas cansados que dejan el Palacio Imperial.

Por la mañana, el Templo del Cielo es el regalo para los 47 asistentes al taller. Patrimonio Cultural de la Humanidad desde 1998, es el mayor complejo religioso que se conserva en China. Está en el parque Tiantan Gongyuan, al sur de Beijing y, como es sábado, centenares de chinos de la tercera edad hacen ejercicios y todo tipo de actividades recreativas.

Fue construido en 1420 y ocupa una superficie tres veces mayor a la del Palacio Imperial (2.730.000 metros cuadrados), y como aquél, está dividido en dos partes: la interior y la exterior.

El diseño del complejo se basa en la creencia de los antiguos chinos de que la tierra era cuadrada y el cielo, redondo: los edificios son circulares, como el cielo, y sus bases cuadradas, como la tierra.

Los edificios principales son el Altar de la terraza circular, donde el emperador ofrecía sacrificios al cielo, la Bóveda del cielo imperial y el Salón para orar por las buenas cosechas.

En este último edificio —erigido sobre  tres terrazas circulares de mármol blanco—no se usó ni un solo clavo y sus tres techos son soportados por 28 columnas  que representan las cuatro estaciones del año, los 12 meses y 12 horas del día (los antiguos chinos tenían un sistema de horas dobles). Un largo camino de piedra y ladrillo, llamado Vía Divina, conduce al Altar de la terraza circular (al sur del templo interior), que consta de tres terrazas concéntricas rodeadas de balaustradas de mármol blanco. Éstas, las lozas y las escalinatas suman siempre una cantidad impar, explica el guía.

La Muralla China, monumental obra de ingeniería militar —que comenzó a construirse en el año 220 aC y cuya edificación prosiguió hasta 1644— es otra cita turística inexcusable. Declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad en 1987, atraviesa las provincias de Gansu, Hebei, Henan, Hubei, Hunan, Jilin, Liaoning, Qinghai, Shanxi, Shaanxi, Shandong y Sichuan, las regiones autónomas de Mongolia Interior, Ningxia y Xinjiang y los municipios de Beijing y Tianjin.

Si se cuentan sus ramificaciones y construcciones secundarias, se calcula que se extiende a lo largo de 21.196 kilómetros. El punto escogido por los organizadores chinos del taller para visitar esta colosal obra es Jinshanling, en el municipio de Chengde, provincia Hebei, a 130 kilómetros de Beijing. Ese tramo no ha sido reparado desde 1570, está relativamente aislado y, como hay pocos turistas y vendedores, se puede recorrer a pie sin tropezar con unos o ser perseguidos por otros.

La visita es para excursionistas dispuestos a caminar al menos dos horas y salvar pasos empinados y escalinatas estrechas bajo un agobiante calor de 34ºC. Jinshanling es considerada como una de las partes más representativas y bellas de la muralla. Tiene una longitud de 10,5 kilómetros, y alrededor de cinco metros de ancho. En el trayecto, el turista encuentra cinco fortalezas, 67 fortines y tres atalayas. El deterioro en algunos tramos es evidente por los derrumbes y la invasión de la vegetación.

Pero China no es sólo la Gran Muralla, el Templo del Cielo o la Ciudad Prohibida. La provincia de Yunnan, que busca convertirse en un destino turístico, alberga tesoros arquitectónicos, culturales y  naturales y muestra la diversidad étnica de China. Allí, al sur de Beijing,  conviven 24 de las 56 etnias de ese país.

Un día gris y lluvioso da la bienvenida al grupo de funcionarios y periodistas que se dirige a Forest Stone (Bosque de Piedras) del condado de Shilin, a unos 85 kilómetros de Kunming, capital provincial. El recibimiento está a cargo de dos guías de la etnia Yi, ataviadas con sus trajes tradicionales.

La Unesco declaró Forest Stone Patrimonio Natural de la Humanidad en 2007. Se dice que las formaciones rocosas de esta meseta de piedra caliza, que tiene una extensión de 350 kilómetros cuadrados, están allí desde hace 270 millones de años. Debido a la erosión ocasionada por el viento, ofrece impresionantes paisajes. Algunas piedras que se asemejan a personas y animales. Los más conocidos y buscados por la multitud de turistas nacionales y extranjeros que visitan el bosque para fotografiarse son los llamados Dos pájaros, Elefante, Romeo o Julieta, Madre e hijo o Ashima, piedra que tiene la forma de la heroína local, cuya vida fue llevada a la pantalla grande en 1963.

En Forest Stone hay aldeas. El grupo visitó Da Nuo Hei —con 660 años de antigüedad y 392 familias—, donde paredes y techos de las casas son de piedra negra (hei) y sus moradores combaten el frío quemando hojas de tabaco.

En el itinerario de taller está la Prefectura de Dali, región autónoma, donde tuvo asiento el reinado de la etnia Bai, que significa blanco y que alude al color de las vestiduras del 1,9 millón de miembros de aquella nación. 

A los pies de la montaña Cangshan, se hallan las tres pagodas del  monasterio budista Chong Sheng, imagen turística de esta prefectura. La principal, Qianxun, de forma cuadrada, alcanza los 69,13 metros de altura y posee 16 niveles. Fue construida durante la dinastía Tan (822 dC). Las  laterales, octogonales, pertenecen a la dinastía Song (1.000 dC): tienen 41 metros de alto y cada una tiene 10 niveles. Se hallan a siete metros de la pagoda mayor, con la que forman un triángulo perfecto.

Las tres fueron construidas en el santuario de Chong Sheng para pedir la protección de Buda contra las inundaciones, que los antiguos creían que eran causadas por malvados dragones, y contra los terremotos, dado que Dali es una zona sísmica. La creencia local dice que la pagoda puede dominar a los dragones, que controlan los fenómenos naturales.

Debido a un terremoto que devastó esta región en 1514, las pagodas menores quedaron ligeramente inclinadas. Que hayan permanecido en pie pese a la violencia del movimiento sísmico es considerado como un milagro por los bai.

Detrás se halla Juying Chim o el estanque de reflexión, en el que se reflejan las imágenes de las tres pagodas.

El templo de Chong Sheng, construido al mismo tiempo que la primera pagoda, fue destruido en un incendio durante el reinado de la dinastía Qing. Su reconstrucción concluyó en 2005 y dentro de sus tres  edificios hay gigantes budas de bronce, a quienes los budistas le piden favores.

La visita dispone que de este lugar, el grupo debe ir al pueblo de Xi Zhou (581-618 dC), un sitio que sorprende gratamente por sus callejuelas empedradas, sus paredes decoradas con pinturas y delicados mosaicos. Los diseños son de color azul sobre un fondo blanco.

En este antiguo pueblo, mientras se disfruta de la obra musical que cuenta una historia de amor y muestra la ceremonia de esponsales bai, los visitantes reciben la muestra de la hospitalidad de esta etniacon los visitantes que llegan a una casa, la costumbre es ofrecerle tres taza de té: la primera es amarga, como la juventud; la segunda dulce porque representa la edad de la madurez (de los 20 a 40), cuando se ha probado las mieles de la vida, y, por último, una taza de té con jengibre, que simboliza el “completo entendimiento de la vida” (por encima de los 40 años).

El siguiente destino es la aldea bai de Xin Hua, en el condado de Heqing, famosa por su exquisita platería, una tradición de 1.200 años mantenida por habilidosos orfebres que trabajan la plata a golpes de martillo. Xin Hua es una joya arquitectónica debido, sobre todo, a las filigranas de madera de techos, portales y ventanales.

Antes de dejar esta prefectura, hay tiempo, pese a la lluvia que cae, para pasar por el Parque de la fuente de las mariposas, 500 hectáreas habilitadas en 1982 y en la que se recupera el hálito mágico de la tragedia de una pareja de amantes. Dos jóvenes, algo así como Romeo y Julieta de los bai, que se quitaron la vida lanzándose a la fuente para huir de la persecución del padre de la joven, que repudiaba su alianza  con un hombre pobre. Cuando sus perseguidores quisieron recuperar los cuerpos, dice la leyenda, no los hallaron; pero sí vieron que de la fuente salió volando un par de mariposas. Cada primavera, miles de mariposas de muchas especies convergen en ese parque. El día de la visita, sin embargo, fue imposible avistar un solo ejemplar. La gran sequía ocurrida en 1984 y los pesticidas que usan los campesinos —informa el guía— han alejado a las ánimas de los jóvenes enamorados que acuden a este parque, donde anualmente tiene lugar el Festival de la Mariposa.

El show debe continuar

No ha dejado de llover intensamente, pero ni el frío ni el agua modifican la agenda definida con antelación, una muestra de la férrea disciplina china que no deja de sorprender a los visitantes.

La prefectura Naxi de Li Jiang, donde se halla la antigua Da Yan, aguarda con su arquitectura de más de 800 años. Ese lugar es conocido como la Venecia del Este, por su sistema de canales, o la Ciudad de los Puentes, por las 354 estructuras de piedra, medianas y estrechas, que la atraviesan. Sus callejuelas empedradas son peatonales, y el agua, que corre por estrechos canales, proviene de manantiales que descienden de la Montaña Nevada del Dragón de Jade. 

Las casas son de dos pisos, sus paredes están hechas de madera o yeso, el techo de tejas y casi todas tienen una terraza. Los antiguos naxi —una de las 55 minorías de China formada por 278.000 personas— le dieron gran importancia a la decoración exterior, criterio evidente en las tallas de los marcos de madera de las puertas y ventanas de las casas y las vigas de los techos. 

Esa antigua ciudad, construida durante la dinastía Song, es patrimonio Cultural de la Humanidad desde1997 y se ha convertido en un destino turístico inevitable. La zona junto al canal que parte de la plaza principal está repleta de pubs, discotecas, bares y karaokes al aire libre —de noche es un hervidero de visitantes— y de pequeñas tiendas donde es posible adquirir todo tipo de artesanías.

El próximo destino es La montaña nevada del dragón de jade, hoy un famoso escenario turístico para el esquí, el montañismo, pero lugar sagrado para los naxi. Tiene 13 picos y 35 km de largo por 20 kilómetros de ancho.

Como no deja de llover, es necesario vestir ponchos contra el agua para disfrutar de las Impresiones de Li Jiang. Lo de las “impresiones” es un concepto desarrollado por el cineasta chino Zhang Yimou (Sorgo rojo, Ju Dou, Héroe, La casa de las dagas voladoras) para las producciones musicales al aire libre, que cuentan la historia de la cultura local.

La obra pone en escena la vida de los naxi y el pueblo mosou. Y mientras pasan los minutos, el frío y la lluvia son sólo una anécdota ante la imponente puesta en escena de 100 caballos y 500 personas escogidas entre los naxi, los bai y los mosou.

Un banquete naxi

A cuatro kilómetros de la Ciudad Vieja de Lijiang se halla Shu He, parte de la antigua ruta del té y uno de los primeros asentamientos de los antepasados de los naxi. Dos ríos cruzan todo el pueblo y los canales atraviesan por sus calles estrechas. Al igual que los otros poblados naxi, barandas, portales y ventanales están minuciosamente trabajados en madera tallada.

Y este antiguo pueblo es parte del circuito de  la vieja ciudad de Da Yang,   reconocida por la Unesco como Patrimonio Cultural que enorgullece a toda la humanidad.

Después de esta visita, al grupo le espera un banquete naxi en el pabellón Jin Xing, con platillos a los que el paladar de los poderosos emperadores hacían justicia. Mientras los asistentes al taller toman asiento, la traductora cuenta que el banquete imperial naxi tenía 720 platos, aunque para no agobiar a los turistas la cantidad se ha reducido. 

Primero llega una bandeja con frutos secos, otra con huevos partidos en cuartos y una tercera con gusanos blancos fritos. Los jóvenes que atienden las mesas no dan tiempo a los aspavientos, porque casi enseguida llega el cuarto platillo: grillos rojos también pasados por aceite.

Los más arrojados toman los palillos y ¡a comer…! La repulsión que provoca alimentarse de bichos —tal la lectura de un occidental que puede masticarse un pollo o un cerdo, pero no insectos ni gusanos—, se refleja en los rostros mientras se hacen con el primer bocado y comienzan a masticar. De inmediato se observa en esos mismos rostros la satisfacción por haber vencido la prueba sin incidentes y poder presumir ante los pocos que no se han atrevido a tocar el manjar real y que preguntan curiosos a qué saben gusanos y grillos...

Mientras se cumple este ritual, las cámaras fotográficas disparan sin cesar para que familiares y amigos, allá en América Latina o en Guinea Ecuatorial, no crean que se trata de un cuento chino.

El banquete naxi trae enseguida a la mente el mercado de Wangfujing, en Beijing, donde se venden brochetas de caballitos y estrellas de mar, de escarabajos, ciempiés, escorpiones y gusanos de seda... Un anzuelo para turistas deseosos de experiencias fuertes.

¡Esas necesidades prosaicas!

China es el tercer destino turístico del mundo, con 56 millones de visitantes extranjeros en 2011. Sin embargo, los baños públicos son una verdadera prueba para el turista occidental. No únicamente  por la falta de higiene — a la que Beijing ha puesto remedio con una drástica norma, publicada concluido el taller, que prohíbe la presencia de más de dos moscas por baño bajo pena de sanciones—, sino por la  carencia de inodoros. Es muy extendido el uso de las placas turcas; pero allí donde es posicble encontralos: si bien algunos están separados por cabinas, hay un área común donde los sanitarios están uno al lado del otro, sin separaciones y casi tocándose.

Ya llega la hora de retornar al hotel y en breve (luego de los 21 días que ha durado el taller), al país de origen. Tener al alcance de la vista tantas joyas de la milenaria cultura china y ser sujeto de la hospitalidad de sus habitantes y del Gobierno de ese país es un privilegio para cualquier boliviano. Viajar hasta la tierra del sabio Confucio o de la bella Gong Li no está al alcance de todos. El viaje toma más de 48 horas, de las que 19 se pasan dentro de los aviones. Pero vale la pena.

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