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Nayra Uta: Cocina de ilusiones

Este restaurante de comida criolla y cocina de autor es parte de un programa de jóvenes en situación de calle que busca su reinserción.

El espacio, dicen sus administradores, también puede ser utilizado para la realización de talleres, seminarios y reuniones grupales. Foto: Wara Vargas

El espacio, dicen sus administradores, también puede ser utilizado para la realización de talleres, seminarios y reuniones grupales. Foto: Wara Vargas

La Razón (Edición Impresa) / Marco Basualdo

11:32 / 14 de marzo de 2016

Seguramente que Sofía y Joshelin, en algún momento, cruzaron sus vidas por las calles de una ciudad que las trató del modo más duro. Pero nunca supieron la una de la otra. Tuvieron que pasar mil historias para que sus destinos se franquearan con la idea de concebir un mejor porvenir. Porque eso es lo que esperan.  

Sofía nació en Warisata, mas no conserva gratos recuerdos de su niñez. Su madre murió cuando ella contaba con apenas dos años y de su padre nunca supieron nada, ni ella ni su hermano mayor. Crecieron con los abuelos, pero Sofía llevó la peor parte debido al maltrato que le proferían sus cercanos, hasta tornar inaguantable esa situación. Entonces, a la dócil edad de siete años, decidió escaparle a su desafortunada circunstancia. Cogió uno de los tantos buses que surcan el altiplano paceño con rumbo a la ciudad y, una vez arribada y perdida en la gran urbe, decidió seguir a la primera mano sensible que apareció como una luz en su vida. “Yo no conocía nada y una señora me llevó a su casa; con los años aprendí que estaba en la zona de Villa Armonía”.

Asumió el rol de empleada doméstica de una gran familia que también empezó a explotarla y maltratarla a cambio de techo, ropa vieja y comida. Por si fuera poco, la niña también comenzó a ser vejada, martirio que la decidió a correr de nuevo. “Estuve por las calles buscando ayuda, pero nadie me hacía caso”.

Sofía lagrimea al recordar. Dice que comía lo que podía y dormía acurrucada en las puertas de alguna casa como guarida de turno. Hasta que en uno de esos vagabundeos encontró a un grupo de chicos y chicas en condiciones similares. Tenía ocho años y la vida ya la había tratado muy mal. “Ellos me han llevado al Programa Oqharikuna, que trabaja con niños y adolescentes en situación de calle, allí he vivido hasta mis 18 años, fue mi segunda casa donde tenía obligaciones y me hacían estudiar”.  

Joshelin guarda una historia de adversidad parecida. Ella tuvo un hogar “normal” en la ciudad de La Paz hasta que a sus 10 años sus padres se separaron.

Ese punto de giro fue un cambio trascendental en su vida, ya que se quedó a vivir bajo el techo paterno, con una madrastra de trato cruel e irascible. “Si no me pegaba ella, se quejaba a mi papá para que me pegue”.

Cansada de la violencia, también decidió escapar sin rumbo fijo. Y conoció la noche y la amargura de la hoyada paceña. Su padre la buscó y dio con ella, pidiéndole que vuelva a la casa. Joshelin aceptó y si bien las cosas anduvieron bien por un tiempo, el carácter de su madrastra pudo más. La adolescente empezó a desconocer al padre que prefería contentar a su nueva pareja. Y de nuevo los maltratos físicos y psicológicos. “Me fui otra vez y en la calle conocí a una amiga que también había escapado de su casa”, recuerda. Tampoco puede contener las lágrimas. Después de vagar juntas las calles, las nuevas camaradas decidieron internarse en el hogar del Programa Oqharikuna, donde Joshelin encontró el cariño que le negaban en casa. Vivió allí hasta su mayoría de edad y al salir buscó insertarse en la sociedad que la había maltratado. Pero la vida no dejaba de castigarla, pues tras una experiencia con un hombre violento, para quien tuvo un hijo, volvió a decidir que lo mejor era estar sola aunque la sobrevivencia fuera difícil. Así volvió al hogar que le había devuelto la sonrisa, donde se hizo amiga de Sofía, quien también estaba de regreso a la que ambas consideran su “segunda casa”.

Levántate

El Programa Oqharikuna, que viene de la voz quechua y significa “levántate”, comprende una red de albergues cuya misión principal es la de alejar a adolescentes mujeres del consumo de alcohol y otras drogas y también del círculo callejero, donde son más proclives al descarrío. La licenciada Luisa Alcalá ha trabajado en diversos proyectos relacionados a la recuperación y reinserción de estas personas. Ella sostiene que además de brindarles cobijo, las refugiadas reciben educación y capacitación en diversas áreas. “Estas muchachas se fueron desarrollando como mujeres, como madres y como trabajadoras”. }

Una vez que la mujer ha logrado recuperarse, el programa busca insertarla en diversos proyectos tomando en cuenta sus aptitudes y capacidades. Uno de ellos es el Nayra Uta (Casa Antigua, traducido del aymara) Centro de Gastronomía y Cultura Boliviana, el cual es definido por Alcalá como “un espacio para el desarrollo laboral en el ámbito de la gastronomía dirigido a esta población”.

Y así funciona. Ubicado en la calle Murillo esquina Cochabamba, en pleno centro histórico de la ciudad, el personal del lugar está constituido por adolescentes y jóvenes con la motivación de poner en práctica los saberes aprendidos, “durante los diferentes procesos de capacitación técnica que recibieron en su estadía en refugios y centros de rehabilitación”, explica René Pinaya, también capacitador.

Son amantes de la cocina como Sofía y Joshelin. O como el chef del lugar, Marco Medrano. Él ejerce desde  2009 y tras haber formado parte del equipo de cocineros del hotel Los Tajibos, asegura que su labor de instrucción con estas mujeres marcadas por el dolor no tiene comparación alguna. El equipo gastronómico, en aquel ambiente colonial de puertas antiguas, barandas talladas y lámparas de hierro forjado a mano, elabora un menú de aromas y texturas basadas en el rescate de las comidas criollas  renovadas a través de la cocina de autor. “Todos nuestros insumos son bolivianos, orgánicos y frescos, se incluyen frutas y verduras de estación y motivamos al consumo de jugos hervidos en vez de las bebidas gaseosas”, señala Medrano.

Nayra Uta abre de lunes a sábado solo para almuerzos, pero ya piensan ampliar su atención hasta la cena. Sofía y Joshelin culminan su labor a media tarde. Luego de asearse, se dirigen rumbo a esas calles donde pulularon con el hambre y el frío. Pero hoy sus vidas son diferentes. Agradecen al destino. Y por ello cocinan con amor.  

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