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Caballos, terapia: El sueño y la pasión de los Dueñas

En una visita a Mallasa, hace tres años, Iván Dueñas encontró el detonante para poner en marcha un sueño familiar. Conmovido por la situación en la que encontró a un caballo pequeño, maltratado y enfermo decidió comprarlo, cuidarlo y dárselo de regalo a su hija Isha.

Iván Dueñas ajusta los cinturones de Manchas. Foto: Eduardo Schwartzberg

Iván Dueñas ajusta los cinturones de Manchas. Foto: Eduardo Schwartzberg

La Razón / Liliana Aguirre

00:00 / 22 de septiembre de 2013

En una visita a Mallasa, hace tres años, Iván Dueñas encontró el detonante para poner en marcha un sueño familiar.  Conmovido por la situación en la que encontró a un caballo pequeño, maltratado y enfermo decidió comprarlo, cuidarlo y dárselo de regalo a su hija Isha.

“Cuando lo vi sentí mucha tristeza, además que estudié una licenciatura en agronomía y una maestría en producción animal sostenible en Costa Rica, donde aprendí mucho de caballos y no podía quedarme con los brazos cruzados, más aún porque tenía el espacio suficiente en mi casa para darle las condiciones de vida básicas”, reflexiona.

Rogelio, que ahora tiene siete años, luce sano y fuerte, con él la pequeña Isha, de cinco años, aprendió a cabalgar y es el primero de los 11 ejemplares que la familia Dueñas acoge para entrenarlos.

Pero el afán no sólo es de este agrónomo de 38 años, sus conocimientos engranaron perfectamente con el anhelo de Rita Alípaz, su esposa, quien se alegró por la llegada de Chabela —una yegua que era usada para cargar y realizar trabajos pesados, poco domada y de gran brío—, Iván no dudó en traerla desde Santa Cruz hasta Auquisamaña, en la zona Sur paceña.

“Desde los seis años  soñaba con montar,  mi padre era muy miedoso y nunca me dejó subir a un caballo, pero a los 29 años se me hizo realidad el anhelo, aprendí con Chabela y perdí cualquier miedo”, dice Rita mientras acaricia a la yegua.

Isha también interviene para precisar que “los caballos son grandes amigos” y que cabalgarlos “no es nada difícil”. Por ello, sin temor alguno, monta a Rogelio y galopa con él, ante la mirada de sus padres.

Ya con dos ejemplares rescatados, Iván decidió poner en marcha un proyecto guardado por años: IR Equitación Natural.

“Fui adquiriendo más animales y ahora tengo 12 y decidí que era el momento de acercar los caballos a las personas y dar comienzo a IR, por las iniciales mía y la de las de mi esposa”, explica.

Cada fin de semana, Iván, Rita e Isha reciben a alumnos de equitación a los que  instruyen para montar. Rogelio, Chabela, Channel, Shakti, Loraine, Manchas, Pulga, Pinto, Egolas, Dorado y Sajama no sólo son animales dóciles, sino que son parte de una terapia.

“Es una actividad que realizo todos los sábados y domingos porque a lo largo de la semana me dedico a trabajar, sin embargo, lo que recaudamos por los cursos es destinado exclusivamente a la manutención de los caballos”, aclara el agrónomo.

“Al principio parecía una idea loca, pero el amor que Iván tiene por estos animales hizo que salga adelante este club”, dice Rita mientras carga a Raimi, quien ya disfruta con la equitación.

“Es que los bebés también pueden realizar ejercicios, se les pone una silla muy suave y se hace que sientan el lomo del caballo, lo que es terapéutico. También niños con problemas psicomotores pueden practicar equinoterapia”, complementa.

 Rodeados por el paisaje ocre de los cerros y de telón de fondo la ciudad, desde las alturas del barrio Las Colinas de Auquisamaña, La Paz parece otra. Es sábado y son las 10.00, el cielo luce despejado y los alumnos del club IR Equitación Natural van llegando.

“Es muy curioso, pero las mujeres y los niños son a quienes más les gusta la equitación y vienen a pasar clases”, cuenta Iván, quien saluda a sus alumnos, una familia integrada por tres personas.

Ana María (de 5 años); Ami (38), su madre y Cris (40), el padre son estadounidenses y hace más de seis meses, cada fin de semana, acuden a las clases de equitación.

“Es muy lindo pasear con el caballo, es una sensación única que te da libertad porque corres con él y sientes el viento”, explica Amy, quien viste ropa de equitación.

A sus palabras se suman las de Iván, quien hace énfasis en que un equino tiene la capacidad de conectarse con las sensaciones de quien lo monta.

“La experiencia es única porque el movimiento tridimensional —ir de arriba a abajo, de adelante a atrás y de derecha a izquierda, como cuando caminamos, pero coordinando con el animal— además de ser relajante es terapéutico para perder miedos y es que un caballo es tan sensible que siente lo que tú sientes y te conectas con él”, explica Iván, quien ayuda a Ana María, a subir al mamífero.

Otra alumna llega, es Verónica, quien no pierde ni un minuto, ensilla, monta y comienza con un ligero trote.

Y mientras los alumnos practican, Rita no pierde la oportunidad de mostrar sus habilidades. Ella es ágil junto a Chabela, no tienen miedo y los saltos son su especialidad. ¡Se lucen! Y ni qué decir Iván, él parece un jinete nacido para domesticar.

“A los animales cuando se los trata bien y con amor ellos retribuyen y para ellos no hay mejor premio que comer una manzana o una zanahoria. Azúcar no les damos porque no es buena para su salud y se alimentan de avena”, detalla el jinete.

Rita se acerca al trote y desciende del lomo de la yegua —la que parece eufórica tras la rutina de los saltos — y reflexiona sobre lo costoso que es montar.

“La idea que tenemos es que esta actividad pueda llegar a todos y no sea para pocos, cuatro clases al mes son 250 bolivianos”, precisa. Iván agrega que organizan cabalgatas a pueblos cercanos al Illimani, esos recorridos cuestan desde Bs 350 para extranjeros y Bs 280 para nacionales. Así la mañana se consume entre galopes y relinches.

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