Escape

Café Añejo : Un Club social con aroma a sosiego y amistad

Antigua Miami también ofrece sándwiches de jamón serrano de Tarija y queso del altiplano paceño.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández

00:00 / 02 de mayo de 2016

Un patio colonial, unas sombrillas, un café. El sol invita a salir del ambiente principal para disfrutar de una charla plácida protegidos del bullicio del centro paceño. Así es como Sukko quería que fuese su club social, como el que contemplaba en el oriente boliviano cuando era niño.

En la calle Murillo casi esquina Santa Cruz —a unos metros de la basílica de San Francisco, al otro lado de las peluquerías y de las tiendas de implementos deportivos—, una bicicleta negra liviana se encuentra sujetada a la valla metálica del cafetín. Delante, una pizarra exhibe un mensaje que llama la atención de unos transeúntes: “No hay mal que por café no venga”. Su autor modifica las frases todos los días, como “Prepárame un café que mis sueños tienen hambre”, “Podría ser peor” o “Ellos nos ganan en fútbol, pero nosotros les ganamos en café”, en alusión a que la selección nacional perdió ante Colombia.

Adentro, máquinas de coser Singer en desuso fueron transformadas en mesas y decenas de marcos de madera son expuestos pero sin pinturas, para resaltar la terminación de estas obras, en medio de un ambiente bañado de música caribeña. Esa es la manera en que se presenta el club social Antigua Miami, que tiene todos los elementos para pasar un momento de tranquilidad en el centro paceño.

Cuando se presenta, la primera impresión es que se trata de un pseudónimo, pero Sukko (el dueño de la cafetería) es su nombre real. Sentados en torno a una mesa y con un café, cuenta que cuando su hermana mayor se enteró de la llegada de otro miembro a la familia, ella se puso celosa y lloró. Para calmarla, su madre le propuso que si se calmaba tendría el derecho de poner el nuevo nombre a su hermanito. Cuando nació, su madre cumplió su promesa y consultó a su hija cómo iban a llamar al bebé. “No sé de dónde se le ocurrió Sukko”, comenta entre risas el dueño del establecimiento, quien prefiere referir solo su nombre, sin apellido.

“Todavía tengo el recuerdo vivo de un club social en Concepción (municipio del departamento de Santa Cruz), adonde se podía ir a cualquier hora del día para tomarse un café o una cerveza y relajarse; comer algo, charlar con la gente, o simplemente sentarse a leer un libro”. Tenía siete años y desde entonces esta imagen quedó en la memoria de Sukko, pues este tipo de sitios característicos del oriente boliviano permite la interacción de las personas.

Dicha fijación se mantuvo escondida durante su juventud, tiempo en que viajó a Canadá para estudiar diseño industrial. “No puedo sentarme ocho horas al día frente a una computadora”, admite, así que para pagar parte de sus necesidades, Sukko encontró la labor que iba a ser parte de su vida: la gastronomía. Trabajó en un restaurante donde comenzó llevando el pan a las mesas, luego la comida y después fue ascendido a mesero, hasta ser designado jefe de salón. Consciente de que la vida dentro de la cocina exige mucha energía pero que es un oficio que le apasiona, planeó la apertura de un restaurante, para lo cual analizó todos los detalles, desde los tipos de vasos y vajilla, hasta la música, con el objetivo de otorgar armonía y personalidad al nuevo local.

Es así como volvieron los recuerdos de aquellos tiempos vividos en Concepción y recalaron las disyuntivas sobre su futuro. Tenía oportunidades para quedarse en tierras canadienses, pero decidió retornar a La Paz para hacer realidad su deseo de un café añejo, por “la gente, la topografía, las tradiciones”.

Después de muchas búsquedas, Sukko encontró en una casona de la calle Murillo el lugar ideal para recrear un club social. Algunas cucharas de plata, vajilla “ch’ulla” que encontró a través de anuncios, marcos de madera antiguos y otros objetos formaron la personalidad del nuevo establecimiento en el corazón paceño.

Lo de Miami surgió porque la ciudad estadounidense es un sitio para descansar y relajarse. Por ello, en el patio de esa casona colonial de paredes blancas, sombrillas y mesas hechas de máquinas de coser Singer se compone el cuadro de un espacio donde compartir una charla. No es casualidad que el local no tenga wifi, como la mayoría de los restaurantes que circundan esta zona turística. “Lo que más me molesta es ir a un lugar donde todos estén mirando sus celulares o sus computadoras”, confiesa el dueño de Antigua Miami, sobre sus reticencias que finalmente le dieron la razón, ya que sus mesas son un espacio de interacción para hacer nuevas amistades. Uno de los ejemplos ocurrió hace poco, cuando un par de turistas hablaba de la posibilidad de viajar al salar de Uyuni. En la otra mesa estaban unas muchachas que ya habían visitado la región potosina, así es que iniciaron una charla que pronto se convirtió en amistad, la que se fortificó cuando las cuatro retornaron al club social después de haber viajado juntas al lago Titicaca.

Con el único recurso de la conversación, Sukko siempre está dispuesto al intercambio y muchas veces lo hace para contar nuevamente la historia de su nombre.

“Mi relación con el café es muy personal”, dice. Tal es así que trajo una máquina de la afamada marca italiana La Victoria Arduino, para preparar expresso, del que también se pueden elaborar el capuccino, el cortado, el americano y el latte. En cuanto a la materia prima, Antigua Miami se precia de contar con granos de los Yungas. Para ello, Sukko viaja a una comunidad cercana a Caranavi, donde se encuentra una cooperativa compuesta por ocho familias que producen café orgánico.

“Es un pequeño escape, un oasis en el centro, a una cuadra de la Pérez Velasco”, asegura Sukko. La charla continúa con anécdotas e historias entre los ocasionales clientes, que pronto se vuelven amigos, en torno a una mesa, debajo de una sombrilla, rodeados por objetos antiguos, dentro de una casa colonial y acompañados de un café de sabor añejo.

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