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Camino al cielo: El mirador Qulini queda a dos horas de la cumbre

En uno de los desvíos hacia el camino de El Choro se encuentra un mirador a donde se llega a pedir deseos a los Achachilas de los Andes.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Basualdo

00:00 / 11 de octubre de 2015

Le habían dicho que en el mirador Qulini podía pedir por sus deseos ante los Achachilas. Pero también le advirtieron que aquel místico lugar quedaba a más de 4.800 msnm. Esas voces amigas sabían del vértigo de Antonio y de sus afecciones pulmonares que le dificultaban la respiración. Pero éste es un hombre caprichoso de 40 que aún se siente de 20. “Igual voy a ir”. Antonio es un amante de la fotografía, de los deportes extremos, de la naturaleza. Pero una operación para combatir un empiema pleural, que es la acumulación de pus en el pulmón, le había puesto un límite a sus aventuras. Terco, pensó que necesitaba compañía para su nueva travesía, pero se negaba a llevar consigo a alguno de sus cercanos. Y contrató a un chofer para que lo acercara hasta la Cumbre paceña donde se inicia el periplo hacia los Yungas. “Ya, vamos jefe, 50 hasta la Cumbre”.

Una vez en el paraje ubicado a 26 kilómetros de la urbe, el aventurero y su improvisado acompañante dieron con el campamento de los guardaparques del Servicio Nacional de Áreas Protegidas (Sernap), donde solicitaron información para llegar a ese mirador tan cerca de las nubes. Fueron recibidos por Santos Mamani Choque, quien indicó seguir el camino de tierra hacia la Apacheta Chucura, en la ruta hacia El Choro, y de ahí virar hacia el norte, trepar la montaña y alistarse a una larga caminata que sumaba cerca de dos horas desde este su punto de partida a 4.700 msnm. “¿Por qué tiene ese nombre?”, fue otra de las preguntas. “Es por un ave de alta montaña, que los comunarios dicen que al volar emite un sonido, ‘quli, quli, quli’”, explica Mamani. Entonces, Antonio hace ademanes de despedirse del chofer y el guardaparques, pero éste lo frena sorprendido. “¿Cómo?, ¿va a ir solo?”. “Sí”. “No es aconsejable, es mejor que vaya siempre con alguien, no le digo que sea peligroso, pero tiene que tener compañía”.

Antonio piensa con los brazos en jarra sujetando su cintura. Mira al chofer y le pregunta: “¿te animas?”. “¿Claro jefe, si lo voy a esperar me voy a aburrir y me va a hacer frío”. Así, los dos acompañantes cierran sus chamarras hasta el tope y toman la ruta hacia El Choro, uno de los caminos precolombinos más conocidos entre los amantes del trekking (caminata por senderos naturales).

A los dos kilómetros del camino llegan a la laguna Huanpuni, una de las tres enormes pozas que conforman la represa de aguas del deshielo que dan de beber a la ciudad de La Paz. Sus habitantes son patos, gaviotas “y también huallatas y leqe leqes”. Para sorpresa de Antonio, el conductor del vehículo hacia su periplo es un conocedor de las aves de alta montaña. “Es que de chiquito viajaba mucho a Pelechuco”, menciona sonriente. Aquel primer lago es tan cristalino que pueden verse las piedras, así como las algas y los pequeños peces que cohabitan en sus aguas, mientras son observados por un trío de cóndores que planean libres por el cielo encubierto. Muy cerca de allí se encuentra el otro lago, Pampalarama, mucho más grande y visitado por aves que reposan en una pequeña isla con fondo de la cordillera Real.

El viento sopla fuerte y desde lo lejos se ve la apacheta que los guiará hacia la cima. Pero aún falta. Cruzan el último remanso que tiene por nombre Huarahuarari y el dúo se encuentra a pies del inmenso y magnánimo nevado Manquisillani. “¿Cuál es la promesa que va a pedir?”, interrumpe el silencio el chofer de aquel coche blanco modelo 90 que quedó varado en el refugio de los guardaparques. “No te importa, es muy íntimo”, responde Antonio. Y continúan su excursión. El paisaje empieza a ser imponente y la vista incomparable. Tras caminar cerca de tres kilómetros desde Huarahuarari, los andantes llegan a la apacheta de Chucura. Allí se encuentran con doña Amalia, quien viene de un largo viaje a pie, cerca de cinco horas, desde la población de Chucura. “No entran movilidades pues, motos, pero es peligroso. ¿El mirador? Tienen que ir hacia el cerro, pero con cuidado porque es resbaloso”, dice la señora de pollera, levantando la mano hacia el oeste. “¿Van a pedir deseos?”, pregunta Amalia antes de despedirse ya que viaja con rumbo hacia un hospital de la hoyada paceña. Ella tenía razón. La montaña es de piedra caliza y el cascajo a flor hace de la ruta un terreno muy inseguro. “¿A cuántos metros ha dicho el guardaparques que estaba la apacheta?”, pregunta Antonio. “4.800”. “¿Hemos subido cien metros nomás?”, dice de nuevo el aventurero empezando a respirar agitadamente. “¿Está mal jefe?”, interroga el chofer. “No, vamos nomás”.

Entonces los exploradores se dirigen por la empinada loma de precipicios amenazantes. La niebla los cubre a momentos, pero ello no impide que localicen la ruta a Zongo, que se ve diminuta allá abajo. Caminan unos diez minutos y una senda bifurcada los pone en duda. “¡Qué macana ché! Por qué no pondrán señalización”, protesta Antonio. “El guardaparques ha dicho que los comunarios no quieren, por eso, es que es un lugar sagrado”, expresa el conductor abrigado hasta las orejas. Tras subir otros diez minutos divisan aquello que parece un cuartito armado con piedras. Es el Mirador de Qulini construido por los guardaparques. Habían seguido el camino correcto. Entonces, el amante de la fotografía busca los planos más fantásticos de aquel balcón en la punta de la montaña. Su respiración sigue siendo agitada. “¿Puede seguir subiendo jefe?”. “Claro que puedo”. Pero después de otra breve caminata, finalmente Antonio se sienta sobre el duro cascote tratando de respirar. Está pálido. El chofer que se encuentra unos metros delante da vuelta sobre sus pasos tratando de socorrer a quien lo había contratado. Le pone su chamarra, Antonio agradece con señas y también le indica con la mano el camino hacia su objetivo final, allí arriba. Obediente, el conductor lo cubre y luego trepa los escasos 20 metros hacia ese observador de vista pasmosa e infinita. Allí tiene el privilegio de admirar un paisaje sin igual desde aquel cuartucho de tres por tres construido con la piedra laja de la montaña. Zongo y la cordillera Real son visibles aunque recuerda que el guardaparques les advirtió que la mejor vista se da en mayo, junio y julio.

Pasa un par de minutos y el chofer vuelve hacia Antonio. Nota que está bien, lo ayuda a levantarse y juntos empiezan su descenso. “¿Has pedido algún deseo?”, dice el tambaleante y recientemente operado. “Sí”, le responden. “¿Y qué has pedido pues?”. “He pedido por su salud. Para que usted se mejore”.

Antonio lo mira y un par de fluidos empieza a remojar sus ojos. Luego echa un vistazo hacia lo perpetuo y sonríe. Se apoya en su acompañante, lo abraza con fuerza. Es momento de regresar.

Miradores y apachetas son lugares sagrados

Según una publicación del Programa de Investigación Estratégica en Bolivia (PIEB), en La Paz existen 32 miradores y apachetas, los cuales son espacios denominados “sagrados” puesto que allí se celebran rituales tradicionales.

La investigación del antropólogo Luis Castedo identificó estos lugares catalogados por distritos. De ese total, siete están considerados como apachetas: Jach’a Apacheta, en la zona Alto Munaypata; Sagrado Corazón de Jesús, en la zona Corazón de Jesús; Jancocollo o Jach’a Kollo, en Alto Villa Nueva Potosí; Salla Humani, entre la avenida Naciones Unidas y la autopista La Paz el Alto; Mirador 27 de Mayo, en la zona del mismo nombre; nuevo mirador de Alto Pampahasi; el mirador Santo Domingo-Calvario, en la zona Kupini.

De acuerdo con la investigación, el término apacheta tomado del autor Ludovico Bertonio hace mención a un montón de piedras que por superstición van formando los caminantes y lo adoran. Las apachetas son marcadas como un hito destinado a la adoración de la Pachamama o Madre Tierra, son sitios de extrema importancia para la ritualidad de las culturas originarias andinas.

El concepto de mirador se refiere a “aquel punto focal cuyo sentido se duplica. Primero dirigiéndose al campo espacial, confundiéndose por lo general con lo relacionado a la observación misma. Una terraza, un balcón, la glorieta, son expresiones de corporeidad cuyo origen parte de su arquitectura para luego darle una función específica”.

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