Escape

Carlos Pinto

Las amas de casa y otras personas que dependen de un instrumento afilado para cumplir con sus deberes le tienen en alto aprecio. ¿Quién sino el rondador podría devolver a cuchillos y tijeras el filo perdido? Afilador ambulante.

La Razón / Juan Mejía / Oruro

01:15 / 09 de junio de 2013

Un largo y estridente sonido que va de grave a agudo (una especie de glissando, dirían los músicos) rasga el aire una mañana cualquiera; las amas de casa saben que es el rondador y se apresuran a escoger cuchillos y tijeras de filo gastado para que el esmeril de la máquina afiladora corrija el defecto en medio de saltarinas chispas.

Este personaje, muy apreciado en particular por las carniceras de largos cuchillos, emerge casi de la nada y se anuncia con el rondador o pequeña flauta de pan. “Es el afilador, es el afilador”, salen a su encuentro, sobre todo las mujeres.

Carlos Pinto, nacido en Copacabana hace 62 años, lleva 15 rondando por las calles de Oruro, La Paz, Sucre, Potosí y aun Santa Cruz. Cuchillos y tijeras que pasan por sus manos quedan como nuevos. Dos y tres bolivianos cuesta el servicio, aunque “a veces, las señoras regatean, pues dicen que es muy caro; hasta las carniceras quieren pagar sólo un boliviano por sus cuchillos largos y ellas son las más exigentes”, dice como si hablara para sí, sin levantar la cabeza ni dejar de trabajar.

Carlos salió de su tierra natal a los siete años y se fue a La Paz, donde “trabajé y trabajé. Más o menos a los 27, ya en Tarija, ingresó como obrero a la fábrica de escobas Royal, y luego hizo lo propio en La Paz. Un accidente de tránsito le alejó de esa labor. “Tuve que retirarme después de 20 años de trabajo, sin ninguna indemnización”, lamenta su suerte.  

Sus dos hijos (un hombre y una mujer) viven en la sede de gobierno. Por ellos se hizo rondador. Tenía que trabajar y él mismo armó la máquina afiladora. Cada tres meses debe repararla, desde los rodamientos y el esmeril, por un costo de entre 35 y 200 bolivianos.

Llega un cliente con un cuchillo; el afilador pisa el pedal y la herramienta echa a rodar.

“Me siento bien con este trabajo, aunque hoy estoy por aquí, mañana no sé dónde estaré; ésta es mi vida y la tengo que aceptar por mis hijos, a los que no les puedo fallar”, se confiesa y añade melancólico: “Vuelvo de vez en cuando a Copacabana.

Ser rondador exige, dice Carlos, viajar con frecuencia. Puede resultar interesante; pero no es sencillo caminar por las calles bajo el sol o en frío, teniendo que lidiar hasta con los perros para cumplir con el servicio de dar filo a domicilio.

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