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El Carnaval de Orfeo

La realidad se parece tanto a la ficción en la fiesta de Río

La Razón / El País, EFE / La Paz

00:00 / 19 de febrero de 2012

Hace ocho décadas, las calles de Río de Janeiro recibían la alegría del primer desfile carnavalero, celebración que inspiró a una de las joyas del séptimo arte, Orfeo negro, la película del francés Marcel Camus que irradió por el mundo el Carnaval carioca, la samba y la bossa nova, y que convirtió en ícono sexual al desaparecido portoalegrense Breno Mello, que  también tendría 80 años en la actualidad.

Bajo el auspicio del diario Mundo Sportivo, el 7 de febrero de 1932, la samba, esa danza popular brasileña de influencia africana, se hizo escuchar en la llamada Ciudad Maravillosa. La entrada carnavalera de la comunidad negra resultó vilipendiada por las autoridades. Pocos sospechaban que se convertiría en el mayor espectáculo del mundo por su despliegue de música, baile, colorido, fastuosidad y sensualidad.

Un Orfeo futbolista en el cine

Todo comenzó con 23 escuelas de samba y un centenar de danzarines vestidos de traje o con disfraces simples y recatados. Eso ha cambiado, o evolucionado; hoy la ostentación es la regla de este evento que congrega este año a 3.500 bailarines con atavíos llamativos, bailarinas semidesnudas y aparatosas carrozas con barroco decorado que recorren el sambódromo desde ayer, y lo harán hasta este martes.

Esa magia fue la que sedujo a Camus (1912 - 1982) para llevar a la pantalla grande una historia de amor en medio del Carnaval carioca, un relato semejante al de Orfeo, el personaje de la mitología griega que con su lira y su voz encantaba a hombres y fieras, y que bajó al inframundo para resucitar a su esposa Eurídice, una misión fallida por la que murió de amor, aunque se reencontró con su amada en la otra vida.  

El filme muestra a un Orfeo de tez oscura, un conductor de tranvía que seduce a medio mundo en Río de Janeiro con su guitarra y sus canciones. Es así como conquista a la bella Eurídice, una recién llegada que se instala en una de las favelas de la ciudad. Los celos y la pasión se suceden en medio del clímax carnavalero, con un desenlace fatídico que sella el destino del protagonista, cual un Orfeo del siglo XX.

La crítica encumbró la cinta estrenada en 1959, cuando ganó la Palma de Oro del Festival Internacional de Cine de Cannes, y un año después, los premios Oscar y Globo de Oro a la mejor película en lengua extranjera. Pero también catapultó al estrellato a Breno Mello, un mediocre futbolista con un físico legendario que, por casualidad, cambió la pelota por el papel de mito griego; un hombre que tocó el cielo y acabó en la miseria.   La trayectoria de Mello como jugador se pareció a la de la mayoría de los boleros (futbolistas) en Brasil. En los años 50, no era un crack —sus amigos incluso le llamaban pie de plomo—, pero el fútbol se presentaba como la única alternativa al joven que no llegó a terminar la primaria en la escuela y que vendía gallinas para ayudar a su madre.

Jugando como centrocampista del extinto Renner, un equipo de obreros, logró uno de esos títulos históricos al arrebatar a Gremio e Internacional el campeonato regional de 1954. Se marchó al Santos de Pelé, junto a quien llegó a jugar. Con él compartió la cancha, la pensión y confidencias de amigos. Lo que para cualquier jugador hubiera sido la gran batallita que contar a un nieto, para Mello no fue sino un capítulo más de su existencia.

Traspasado al Fluminense, de Río de Janeiro, se enfrentó a un periodo difícil. “Tenían que ganar como fuera un partido y lo empataron. Mi padre andaba cabizbajo por la calle, cuando un hombre le invitó a hacer una película. Dijo que tenía el cuerpo y la cara que necesitaban”, rememoró Paulo Mello, uno de sus cinco hijos, fruto de dos matrimonios rotos, en buena medida, por la fama primero y el anonimato después.  “Mi padre, claro, pensó que era un gay queriendo ligar”. No obstante, era Marcel Camus. Después de superar a unos 300 candidatos en los castings, Mello, que apenas sabía escribir, siquiera en portugués, consiguió ir haciéndose entender, en francés, con el director. El cineasta había decidido hacer Orfeo negro tras asistir a la obra de teatro Orfeu da Conceição, de Vinicius de Moraes, figura capital en la música popular de Brasil.

A pesar de que se convirtió en un filme de culto fuera de Brasil, no ocurrió lo mismo en su tierra. En primer lugar, porque presenta a los negros como seres ingenuos que no hacen otra cosa sino bailar. Y luego porque en los concursos cinematográficos participó como película francesa, no brasileña.El éxito de Orfeo negro elevó a Mello al puesto de símbolo sexual negro brasileño en una época de racismo explícito. Recibió homenajes, frecuentó hoteles de lujo y almorzó con presidentes. Entre los amigos ilustres que mantuvo en Río estaban Vinicius, los también músicos Antonio Carlos Jobim y Dorival Caymmi, y hasta el inglés Ronald Biggs, célebre por el asalto a un tren de Glasgow, el llamado “robo del siglo XX”.

En los años 60 Mello puso en marcha sus talentos, que no incluían precisamente la guitarra con la que se pasea por las playas cariocas en la cinta. Comenzó a atraer riadas de chicas. “Esos años, mi madre sufrió. Mi padre era un bohemio simpático, guapo y carismático. Se iba de casa el vienes y solamente regresaba el lunes”, manifestó el hijo, que también aparece en la película, al lado de su progenitora, como figurante.

Bailando samba en el cielo

Mello participaría todavía en otros ocho filmes menores. “Salieron de Río y volvieron a Porto Alegre, cuenta mi madre, con una maleta de dinero con el que compraron casas y terrenos. Pero como a mi padre le gustaba jugar a las cartas, muchas de esas propiedades fueron vendidas”, añadió Paulo. Distante de las pantallas y de los terrenos de juego, Mello intentó varios oficios para sobrevivir. Actor en anuncios de la televisión, relaciones públicas, entrenador de fútbol, conductor, obrero... Al final, se dedicó a vender inserciones publicitarias en periódicos. Al jubilarse era un individuo anónimo, que pasó a ganar la pensión mínima de la seguridad social (unos 200 dólares al mes).

En 2005, a los 74 años, Mello resucitó como Orfeo, una vez que en el mundo del cine ya le consideraban muerto. Un equipo francés que rodaba un documental como homenaje a la cinta de Camus localizó al protagonista. Después de 46 años, Mello finalmente conocería Cannes. “Marcel Camus me enseñó a actuar. Era muy gentil y la grabación fue maravillosa. Era muy paciente”, recordaba entonces Mello. A la familia, de regreso, le contó lo que le pareciera más emocionante del viaje en el que había recibido una medalla: haberse reencontrado con su querido amigo Pelé.

La bossa nova que Mello ayudó a consagrar era una de sus pasiones; como igual lo era la samba, género en el que compuso algunos temas. Le gustaba reír y hacer reír a los demás. En una de sus composiciones, él cuenta una anécdota de su biografía, la de un cerdo que le había mordido de niño. El animal acabó en el estómago del pequeño Breno. Pero el tema que realmente le emocionaba era el compuesto por sus entrañables Vinicius y Jobim. El texto de A felicidade subraya la intencionalidad de Orfeo negro: “La tristeza no tiene fin, la felicidad sí...”, dice la canción.

Mello murió a los 76 años, el 11 de julio de 2008, y así enterró una vida con tintes de guión cinematográfico. Lo hizo solo y arruinado, en una vivienda pobre del barrio Tristeza. Un capricho del destino quiso que la actriz que le acompañó como Eurídice en Orfeo negro, Marpessa Dawn, falleciese meses después, el 25 de agosto, pero en Francia. Como muchos brasileños dicen, ambos están bailando samba en el cielo.

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