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Carnaval cruceño, nace, lo sepultan, no muere

Uno de los momentos de la variada fiesta declarada Patrimonio Nacional es el entierro de la fiesta en la urbe y en los pueblos.

La Razón / Mabel Franco/Gemma Candela

00:00 / 10 de febrero de 2013

Las cuatro esquinas de la plaza 24 de Septiembre se llenan, una semana antes del Carnaval, de comparseros y ciudadanos de a pie para dar inicio a la fiesta con la lectura de los bandos. Son “versos generalmente picantes, y obscenos en ocasiones”, como explicaba el poeta Emilio Finot en un artículo sobre esta fiesta durante el siglo XIX, publicado en 1970 en la revista Abriendo surcos.

El viajero francés Alcide D’Orbigny se refirió ya a esos bandos en la plaza, al mencionar que en 1831, “por la noche, se remonta a caballo y se va cantar canciones de circunstancias a la puerta de algunos personajes excepcionales”. Y el historiador Nino Gandarilla, en su libro 400 años de Carnaval cruceño, va más atrás en pos de las huellas de Cañoto, quien componía y luego cantaba coplas montado a caballo para burlarse del gobernador. Ese Cañoto era José Manuel Baca, guitarrista, poeta y músico que fue uno de los héroes de la Independencia a principios del siglo XIX.

Así como había bandos particulares, también existía el bando oficial de la fiesta: el Correo del Carnaval. Un supuesto emisario del rey Momo, la autoridad festiva, llegaba a caballo hasta la plaza para leer las normas que regirían durante 11 días.

Finot publicó algunos artículos de un bando del siglo XIX, por ejemplo éste:

Las doncellas, si las hay, serán siempre respetadas; pero si hay algún apuro, se pondrán de barricadas

Siete días antes de la Fiesta Grande, hoy sigue celebrándose la costumbre de iniciar los festejos con los bandos. Los que, dados los tiempos que corren, tienen que cuidarse de no atentar contra derechos de mujeres y otros grupos que solían ser blanco fácil del humor irreverente del Carnaval (tal cual pasa con las coplas) y que hoy no se admiten ni a título de broma.

Otro ritual que se cumple en Santa Cruz es el del entierro del Carnaval. La ceremonia ha ido variando con el tiempo y es distinta según el grupo que lo practica, así lo hacen notar la historiadora Paula Peña, el investigador y pintor Carlos Cibrián y el costumbrista Waldo Peña.

Este último señala, refiriéndose a la ciudad, que en Domingo de Tentación, día del Carnavalito, las comparsas se reúnen en un espacio al aire libre, normalmente una quinta suburbana, para despedir la fiesta. Se cocina un churrasco o vaquilla, hay una bandeada (baile con banda) y para el final se reserva el entierro de un muñeco que se señala como representante de la fiesta.

El mismo Peña, que en tanto compositor ha aportado con 40 temas en ritmos cambas como el brincao, explica que ha documentado la costumbre también en el área rural. En los valles, como Vallegrande, por ejemplo, uno de los fiesteros es elegido para representar al Carnaval.

Un cortejo fúnebre que en medio del llanto fingido no logra esconder las risas, carga al hombre y lo pasea por la plaza con música de banda pero de aires tristes.

Cibrián dice que lo del entierro está documentado desde el siglo XIX y que se hacía en Martes de Carnaval. Algo que todavía se da en los barrios y en los pueblos. Lo del domingo, en la ciudad, es relativamente nuevo, sostiene, como lo es la presencia de los comparseros.

Paula Peña refuerza la idea de la variedad. Cita el caso de los pueblos de Chiquitos, los cuales ingresan en martes carnavalero a las respectivas iglesias de las antiguas misiones. Las autoridades del Cabildo indígena toman el púlpito, del que desaparece el cura, y encabezan el rito llamado “Hasta el año Carnaval”.

Que en la conciencia de los fiesteros está que nada bueno es para siempre lo demuestra la canción creada sobre versos de Zoilo Saavedra & Arturo Pinckert:

Cuando muera el Carnaval yo con él quiero morir y que lloren las peladas de todingo Santa Cruz (…) En el alma camba nunca muere el Carnaval, pa’ los cruceños la vida es un Carnaval

Aldo Peña y Cibrián recuerdan un antiguo tema, al ritmo del cual se despedía la fiesta, y que “las nuevas generaciones ignoran”, a decir del pintor. Se trata del Amamay atatay, olvidado y reemplazado por otras costumbres que van caracterizando a una fiesta que crece como crece la propia Santa Cruz. “La entrada oficial es una más entre muchas expresiones que se viven en barrios urbanos como Plan Tres Mil, Ciudadela, Primero de Mayo, los que tienen su propia entrada, su propia reina. Y están las manifestaciones de otras ciudades, de los pueblos... El Carnaval se vive en toda Bolivia y en cada lugar con sus propias características”, concluye Paula Peña.

Por tal razón, la reciente declaratoria de Carnaval de Santa Cruz como Patrimonio Cultural boliviano —título que fue entregado por el presidente Evo Morales el martes en la capital departamental—  “abarca todas las formas de expresarse y ojalá no solamente a la entrada que se vive el sábado en el centro de la ciudad”.

 A tono con los versos de Saavedra y Pinckert, Aldo Peña cree que la fiesta no tiene un desentierro, pues en verdad sólo duerme. Y para reafirmarlo, canta:  

Pero a nuestro Carnaval nunca lo van a enterrar, porque el camba nació pa’ bailar pa’ cantar taquirari  y pa’ enamorar

Los entierros en el Viejo Mundo

La práctica del entierro de la fiesta de la carne es europea. En España, el llanto por el fin de un periodo de libre albedrío tuvo que convertirse, por el inicio de la Cuaresma católica, en un tiempo para reflexionar y retomar la vida mesurada. Cada pueblo entierra a su manera e incluso en días distintos: Martes de Carnaval o Miércoles de Ceniza. Una costumbre difundida es la del Entierro de la Sardina, rito en el que un cortejo fúnebre fingido pasea una sardina gigante —normalmente de cartón— para finalmente quemarla. ¡Y a esperar la próxima!

El Pepino, símbolo mestizo de La Paz

En La Paz, el desentierro y el entierro del Pepino son momentos clave del Carnaval. Comparsas de ch’utas dejan salir al pícaro personaje, apropiación criolla del Pierrot. Y, en Domingo de Tentación, arman un cortejo al que se suman viudas llorosas y músicos como los de antaño (con concertinas e instrumentos nativos) para llevarlo al Cementerio General. La costumbre coincide con las creencias andinas prehispánicas de que ha terminado el tiempo en que los seres del mundo de abajo (llegados en noviembre) estuvieron entre los vivos. Así que, espantados con ruidos fuertes (petardos, hoy en día), deben retomar su misión de garantizar buenas cosechas.

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