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Cartografías del desastre

Las botellitas de ron Terremoto eran una especie de antídoto con sabor a coco para que no olvidáramos.

Uno de los damnificados, tras las lluvias que inundaron la ciudad de Trinidad en 2008. Foto: Álex Ayala Ugarte

Uno de los damnificados, tras las lluvias que inundaron la ciudad de Trinidad en 2008. Foto: Álex Ayala Ugarte

La Razón (Edición Impresa) / Álex Ayala Ugarte

00:00 / 07 de diciembre de 2014

Cartografía uno: cuando conocí a Augusto Guzmán en Totora (Cochabamba), le crujían todos los huesos, pero no por culpa del terremoto que destrozó el lugar en 1998, sino a causa de una caída que tuvo lugar tiempo después, cuando intentaba alimentar a su mascota. La noche en la que el piso se movió bajó los pies de los vecinos del pueblo, que fue descrita por algunos como “la más oscura y más larga”, Guzmán perdió una valiosa colección de tragos que había elaborado siguiendo las recetas familiares. Y cuando lo visité en su destilería casera, pensé que ya no hallaría nada, pero había un calendario con fotos subidas de tono en la pared, unas banquetas que parecían haber sido colocadas ahí para los descarriados y unas muestras de su nuevo ron, el ron Terremoto, que nació en homenaje a los litros y litros de los “elixires mágicos” que se derramaron allí mismo a finales del siglo pasado. Como suero fisiológico para que aquel recuerdo temblara de nuevo. Como antídoto con sabor a coco para que no olvidáramos.  

Cartografía dos: para salvar algunas de sus pertenencias tras las lluvias que anegaron Trinidad en 2008, Marta Bejarano, que tenía 37 años, se adentró sin pensarlo mucho por una calle que ya no lo era —que se había transformado en río—, sin intuir siquiera lo que se encontraría en el camino. Se metió en la torrentera sin desvestirse, con una blusa holgada y una falda que le llegaba hasta las rodillas. Y avanzaba muy despacio, como buzo de profundidad, sumergida hasta la altura de los sobacos. De su cuarto, rescató dos catres, un armario, varias sillas, un espejo, una batería de cocina y un cajón con ropa mojada. Algunas casas a su alrededor lucían vacías. Otras estaban cerradas a puro candado. Mientras retornaba, una gran serpiente de cuero grueso pasó al lado de la balsa que le colaboraba (una mordedura suya seguramente la habría matado).

Cartografía tres: en la misma ciudad, en las mismas fechas, pero en un barrio distinto, los miembros de la familia Hurtado García improvisaron un puente con unos tablones para no enfangarse. Por aquel entonces, estaban preocupados por una olla vacía que habían ubicado sobre la mesa: no sabían con qué llenarla para alimentarse. Cerca de allí —a metros nada más, en la misma cuadra—, Ángel Chávez tosía con el torso descubierto, sin polera, recostado sobre una cama que se apoyaba en unos ladrillos para que la inundación no alcanzara a manchar las sábanas.

Tosía mientras miraba fijamente al frente, hacia esa nada con poder hipnótico que es la línea del horizonte. Tosía mientras me contaba que horas atrás había sacado todo lo que pudo al patio de su vivienda (porque el muro de una habitación se había derrumbado). Tosía mientras me mostraba un refrigerador apagado que yacía en el suelo como si se tratara de un féretro.

Cartografía cuatro: un taburete, un colchón, unos cartones, unos papeles de la Iglesia Presbiteriana, dos pares de calzado y una taza de café.

Eso es lo único que pudo recuperar Pedro Huayhua cuando su casa se vino abajo en 2007, tras un deslizamiento de tierra. En aquel momento, sumaba 74 años y se protegía del frío con una chompa vieja. En el campamento que lo acogió tras la desgracia, una lista recogía las normas de convivencia: “no consumir bebidas alcohólicas; no acumular comida; mantener las áreas comunes y los baños en condiciones; y a los animales, lejos de las carpas azules”, decía.

Cartografía cinco: Cuando murió mi madre, yo era todavía un adolescente al que se le trababa la lengua a cada rato —aún se me traba, pero menos—. El cáncer que la invadió (en un pestañeo) fue casi fulminante: le producía un dolor intenso en un costado, le encharcaba los pulmones permanentemente y le dejaba sin aire. La noticia de su deceso me llegó en mitad de clase, durante mi último año de colegio. No hizo falta que me dijeran nada: hay momentos en los que sobran las palabras —en los que están de más las frases hechas—. Días antes de que se marchara, sin que pudiera decirle ni siquiera adiós, me regaló un CD que todavía conservo con una recopilación de los cantautores del momento. En el velorio, preferí no verla muerta, quizás para que la memoria no me traicionara en el futuro como una mala mano de cartas. Cuando falleció mi padre, en el mismo hospital, también de cáncer, fui yo quien le agarró de la muñeca cuando ya no se podía hacer nada. Su cadáver me pareció el de un hombre tranquilo. Y sentí que se cerraba un círculo. A ambos los quemamos en un crematorio último modelo. Las cenizas las botamos en el mar, en un pueblito pesquero del País Vasco con arcos de piedra. Y el cementerio que visito ahora cada vez que puedo es la inmensidad: el océano, cualquier gran masa de agua, cualquier playa apacible en la que pueda esperarlos sin agobiarme, como quien aguarda mensajes perdidos dentro de una botella.

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