Escape

Casa Buñuel

Imágenes detrás de las paredes

La Razón / Víctor Quintanilla, desde México para Escape

00:00 / 27 de mayo de 2012

Desde la calle, dos árboles impiden identificar con claridad la estructura y detalles arquitectónicos de la casa. Pero uno de ellos salta a la vista a pesar del entramado de ramas, hojas y el cableado eléctrico que se eleva por los aires: el ladrillo rojo que da forma tanto a la muralla externa como a la fachada interna, cual símbolo de las edificaciones españolas en el exilio.

Una casa no sólo representa el espacio soñado, en este caso el de Luis Buñuel. Alberga además sueños, recuerdos y logros. De acuerdo con el escritor español Ramiro de Maeztu, la libertad no tiene valor en sí misma: hay que apreciarla por las cosas que con ella se consiguen.

Viridiana fue para el cineasta nacido en Calanda (Aragón) una de esas conquistas, gestada en un inmueble ubicado en la colonia Del Valle de la ciudad de México, su refugio tras el triunfo del franquismo. Aunque ya deshabitada, la residencia es hace cinco meses punto de encuentro con el pasado. En su interior, sus grandes ventanales, la cerámica del piso y el blanco de sus paredes cobran un nuevo brillo. Traen a la memoria la historia de aquella novicia que no llegó a profesar y que fue víctima de su propia caridad. Retratan también el imaginario de un director lleno de obsesiones: la religión católica, entre las más grandes.

A partir de su intersección con Insurgentes sur y hasta unirse con Cuauhtémoc, la avenida Félix Cuevas ofrece un espacio muy estrecho a los transeúntes: la recorren en fila india y se ven obligados a ladear el cuerpo cuando se topan con alguien que camina en sentido contrario. Las obras de construcción de la Línea 12 del Metro han reducido la vereda a la mitad, en ambos lados de la vía. Bloques de concreto, tuberías, escombros y maquinaria pesada ocupan el tramo por el que alguna vez circuló el tranvía y en el que se rodó parte de La ilusión viaja en tranvía (1953), comedia dirigida por Buñuel que narra los avatares que en ese medio de transporte les ocurren a carniceros, indigentes, beatas y demás pasajeros.

Sobre esa avenida, entre las calles Fresas y San Francisco, se halla el ingreso a la Cerrada Félix Cuevas, callejuela sin salida custodiada en la entrada por arbustos con formas geométricas, una caseta policial y una puerta enrejada que permanece abierta durante el día. Vecinos y visitantes ocasionales del barrio parecen desconocer que la sexta casa del lado derecho, aquella con el número 27 junto a la puerta metálica color blanco, es la construcción encargada por el cineasta, luego de su llegada a México en 1946, al arquitecto español Arturo Sáenz de la Calzada, también exiliado y excompañero suyo en la Residencia Estudiantil de Madrid. De ahí el ladrillo rojo. “Evoca el estilo de la residencia madrileña”, explica Cirley López, guía de la ahora Casa Buñuel, proyecto a través del cual el Gobierno de España, en 2010, compró la vivienda a los hijos y herederos de Buñuel para convertirla en un espacio cultural que vio la luz el 5 de diciembre de 2011, con una exposición que celebra el 50 aniversario de Viridiana.

El director vivió en el lugar con su esposa y sus dos hijos desde el 3 de marzo de 1954 hasta su muerte, el 29 de julio de 1983. Allí compartió comidas y reuniones con amigos republicanos e intelectuales de la talla de Octavio Paz, Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez, cuenta Javier Espada, curador de la muestra y director del Centro Buñuel de Calanda.

Al ingresar en la casa, un sendero aparece a la derecha. Conduce a un espacio más amplio en el que se yerguen cuatro árboles plantados en hilera. El trayecto está cubierto por una alfombra de piedras pequeñas que no consigue esconder del todo las raíces que sostienen la arboleda y serpentean revelando el pasado de su entorno.

“Quitaron el jardín y le pusieron piedras encima”, recuerda una anciana alta y delgada. Hace 12 años vive en un departamento ubicado en la acera de enfrente, en un edificio verde de tres pisos.

Justo en el exjardín y en el pasillo que conduce a la antigua cochera, la exposición contextualiza Viridiana a partir de una serie de imágenes que reflejan los momentos más importantes de su creador: desde su época de estudiante con los jesuitas en el Colegio del Salvador de Zaragoza hasta el rodaje, en 1972, de Ese oscuro objeto del deseo, su último film.

La generosidad con la que fue acogido en México le permitió dar rienda suelta a su rebeldía. Fue allí donde un Buñuel emancipado hizo 20 de sus 32 películas, parte del legado que le convirtió en una figura imprescindible del cine de siempre.

La que fuera su morada en el Distrito Federal no conserva ninguna de sus pertenencias: libros, cuadros —incluido el retrato que le pintó Salvador Dalí—, cartas, premios y otros objetos fueron adquiridos por el Estado español y se hallan ahora en la Filmoteca Española y en el Reina Sofía, detalla Espada.

Aún así, una de las piezas recuperadas para la muestra desnuda un rasgo de su personalidad. Se trata de un piano marrón que perteneció a su esposa Jeanne Rucar, una virtuosa del instrumento, además de bailarina y gimnasta. Sus movimientos le hicieron merecedora de la presea de bronce en las Olimpiadas de 1924, comenta la guía.

“Luis era gentil conmigo, me cuidaba, me supo amar. Nunca pensé en divorciarme, era celoso, dominante y también tierno, con sentido de humor y alegría”, afirma Rucar en Memorias de una mujer sin piano, texto autobiográfico que escribió junto a Marisol Martín del Campo. En él se relata la historia de cuando Buñuel entregó el piano a unos amigos exiliados a cambio de tres botellas de champagne.

De vuelta en España

Mañana regresa al convento. Su convicción de tomar los hábitos se mantiene indemne. Su tío, Don Jaime, a quien visita por unos días y quien pagó todos sus estudios, apela a su nobleza.

— Quiero pedirte una cosa inocente, pero que me importa mucho.

—Hoy no le puedo negar nada.

—Entonces, ¿harás lo que yo te pida?

—Lo que usted quiera, mándeme.

Luciendo un vestido de novia blanco, la novicia camina al encuentro de su benefactor. Sostiene un candelero con tres velas encendidas y Ramona, la empleada de confianza de la casa, va sosteniéndole el velo. Es entonces cuando el tío le confiesa que quiere casarse con ella. En complicidad con la sirvienta, Don Jaime droga a la joven que comparte un gran parecido con su finada esposa. Aunque al final no se atreve a violarla, le hace creer lo contrario. Lo ocurrido trunca los anhelos religiosos de Viridiana, llevándola a las fauces del deseo y el amor.

Con esa trama, Buñuel regresa a Madrid en 1961, después de 25 años de exilio —con visado de turista y nacionalidad mexicana—, para rodar la que todavía es la única película en español que obtuvo el máximo galardón del Festival de Cannes.

“Viridiana es consecuente con mi tradición personal desde La Edad de Oro y, a treinta años de distancia, estos son los dos filmes que he realizado con mayor libertad”, mencionó alguna vez el director. El proyecto nació también del interés de su protagonista, la actriz mexicana Silvia Pinal, de trabajar bajo sus órdenes y con el antecedente de Los olvidados (1950), otro de los grandes frutos de su etapa mexicana.

La historia que acompañó a Viridiana es narrada en los diferentes rincones de la residencia de Félix Cuevas. En el cuarto donde el cineasta aragonés acostumbraba tomarse unos dry martinis —su bebida favorita, cuenta el escritor y periodista mexicano Juan Villoro—, dos pantallas táctiles muestran la interrelación entre el guión original —anotaciones del director incluidas— y las escenas ya filmadas.

Una intensa historia

En la sala, bloques de piedra delimitan el área de la chimenea. Allí se describe la accidentada presencia de Viridiana en Cannes. Fotografías, un video con entrevistas a Pinal y Juan Luis Buñuel (su hijo mayor) en Francia e imágenes de aquella edición del festival se exponen junto a la Palma de Oro con la que se premió a la coproducción méxico española.

“Metimos los negativos de la película en la parte trasera de la camioneta. Los cubrimos con las espadas y capotes (de un torero) y nos fuimos a la frontera con Francia”, relata Juan Luis en un documental que se proyecta en la excochera. En España, el Sindicato Nacional del Espectáculo había rechazado el envío de la cinta al certamen argumentando retrasos en el visionado.

La censura sobrevino al triunfo. También en la sala se expone la extensa documentación reunida en torno al estreno, incluida la publicación de L’Osservatore Romano (periódico del Vaticano) que bajo el encabezado “Viridiana, película impía” desató el escándalo. Expedientes oficiales dan cuenta de que el Ministerio de Información y Turismo de España prohibió la proyección de la cinta en el territorio nacional y sólo luego de la muerte de Franco en 1975 revocó la medida.

En el comedor de la vivienda, la vista recae en un cuadro. Es el retrato en blanco y negro de un grupo de mendigos sentados a la mesa, frente a platos con comida, botellas de licor vacías y copas servidas. Son 13. Uno de ellos aparece al medio, mientras que el resto se ubica de forma equitativa a su izquierda y derecha. El fotograma apunta a la recreación en Viridiana de La Última Cena, la famosa pintura al fresco de Leonardo da Vinci. Los pordioseros son aquellos que la novicia caída en desgracia decide rejuntar de las calles del pueblo después de la muerte de Don Jaime para llevarlos a la hacienda que debe compartir con Jorge, el hijo natural de su tío. La joven experimentará un segundo intento de violación, esta vez de uno de los indigentes.

La cena profana apunta además a la particular mirada —la que se da a través del ojo de una cerradura, diría Villoro— con la que Buñuel indaga en la religión católica, aquella que comenzó a desarrollar en 1920 cuando quiso estudiar entomología.

Del tema religioso, tan importante en la filmografía de Buñuel, se deriva otra obsesión: el erotismo, resultado de la noción de pecado. En Viridiana, la carga erótica se deja ver cuando la novicia trata sin éxito de ordeñar una vaca o cuando Don Jaime se pone los zapatos de tacón blancos que completan el ajuar de la novicia. Las imágenes que con obstinación se repiten en las cintas del aragonés aluden además a la violencia, el cuerpo, las miradas, la fauna y los rituales. La referencia al mundo animal encuentra cabida en una singular escena: Jorge, primo de Viridiana, recorre las tierras que le dejó su padre. Habla con el dueño de un can amarrado a una carreta.

—Oiga, este animal no puede con su alma. ¿Por qué no lo mete dentro?

—Adentro es sólo para las personas.

—Pues, desátelo hombre que él no se irá.

—Y si me lo coge un coche.

—Le compro al perro.

En la muestra se exhibe el abrigo pardo con solapa de piel que el actor Paco Rabal (Jorge en la película) usa cuando se apiada de Canelo. A un costado, una pantalla reproduce en la pared el fragmento que se constituye en una cinta aparte. “Bueno, en realidad el episodio termina integrándose en el argumento, porque Rabal critica la caridad de Viridiana: ‘Es una estupidez. ¿Para qué sirve recoger veinte mendigos, si hay millones en el mundo?’”. No se da cuenta de que él, al comprar el perro del carretero, ha hecho algo igual. Hay miles de perros en esa situación en España”, explica el cineasta en Buñuel por Buñuel (1993), libro que recoge las conversaciones entre el director, José de la Colina y Tomás Pérez Turrent.

En un giro sólo imaginable en la mente de Buñuel, el destino de la exnovicia es ya otro. Así lo cuenta en su libro Mi último suspiro: “En un primer final, yo había imaginado, simplemente que Viridiana llamaba a la puerta de su primo. La puerta se abría, ella entraba, y la puerta volvía a cerrarse. La censura rechazó este epílogo, lo que me llevó a imaginar otro final mucho más pernicioso que el primero, pues sugiere muy precisamente una relación trilateral. Viridiana se une a una partida de cartas entre su primo y la otra mujer (Ramona, la empleada), que es su amante. Y el primo le dice: “Sabía que acabarías jugando al tute con nosotros”.

Dos mundos se conjugan en Viridiana. La película es, según Espada, heredera de la tradición cultural española, con claras reminiscencias de la novela picaresca de ese país. Al mismo tiempo, dice, surge de la perspectiva aportada por el exilio de su autor. Para el escritor y, entre otras cosas, poeta francés Víctor Hugo, la libertad es, en la filosofía, la razón; y en el arte, la inspiración. Buñuel halló la última en tierras ajenas y forjó en ellas uno de sus períodos más brillantes. Su obra queda ahora a disposición de quienes, como él, estén libres de ataduras. La exposición concluirá el 31 de mayo y en la exmorada del genial cineasta se prevé crear un museo dedicado a su vida y obra.

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