Escape

Charazani: Turismo para caminantes

La tierra de los kallawayas es surcada por varios caminos, entre ellos el Pacha Trek, ideal para los amantes de las rutas en auto o a pie.

La Razón (Edición Impresa) / Gemma Candela

00:00 / 29 de diciembre de 2013

Alrededor de las siete de la mañana, cuatro visitantes llegamos a la plaza principal de Charazani. Venimos de Moyapampa, una comunidad del municipio donde a las 05.30, cuando nos levantamos, hacía un frío digno de pleno invierno, aunque estemos a principios de diciembre, es decir, a finales de la primavera. En cambio, en esta parte más urbanizada, al salir del auto nos dan ganas de sacarnos las chompas polares y el gorro.

Ahí en la plaza debería estar esperándonos desde las seis el director de Culturas y Turismo de la Alcaldía, Sabino Quispe, quien hará de guía, pero lo único que hay son un par de tiendas abiertas en esquinas opuestas, nada más.

Buscamos dónde tomar el desayuno mientras esperamos al funcionario. Preguntamos a una niña que nos señala un punto indeterminado de la plaza y, obviamente, no hallamos el lugar. Un hombre nos dice que vayamos un poco más allá, a la siguiente cuadra, pero el local está cerrado.

Otra vez en la plaza. Entonces vemos que una de las tiendas tiene un cartel que anuncia café y mate. Entramos.

Es un pequeño comercio en el que hay bolsas de arroz, fideo, tarros, distribuidos de cualquier forma. Al fondo está el mostrador, desordenado, y a ambos lados del establecimiento hay dos mesas alargadas. Sobre una hay cubiertos, platos, vasos y otros recipientes sucios y amontonados, y varias moscas tomando el desayuno. En la otra, un señor espera su pedido mientras atiende la televisión. Sólo se gira para darnos una mirada de desdén desde unos ojos viejísimos y vuelve a ver el programa. “Don Santiago”, le dice la dependienta, de edad similar a la del cliente, y le da una taza de fierro enlozado llena de café.

Le pedimos tres cafés solos y uno con leche, y pan. Nos pregunta si lo queremos de trigo o preferimos marraqueta. Optamos por la primera opción. Se mete en un rincón de la tienda para preparar las infusiones mientras nos impacientamos durante minutos eternos. Finalmente trae un café solo y tres con leche, y el pan.

Mientras comemos llamamos al celular de Sabino. Nadie responde.

Salimos otra vez a la plaza. El calor va en aumento y también el número de personas que pasan por el lugar o se sientan en alguno de los bancos, pero ni rastro del guía. Seguimos llamando y, por fin, alguien responde: su esposa. Pero no sabe decirnos cuándo nos dará encuentro su marido.

A las nueve de la mañana aparece Sabino como si llegara con cinco minutos de retraso y todos nos subimos al auto para recorrer una parte del Pacha Trek, una de las rutas para los amantes de las caminatas que atraviesan los parajes de valles interandinos sembrados de terrazas agrícolas típicos de la zona, enclavada en la provincia Bautista Saavedra de La Paz, que arranca en Qotapampa y llega hasta Charazani (ver infografía). Transcurridos pocos kilómetros por un camino estrecho de tierra pasamos por la comunidad de Lunlaya, rodeada de cerros en los que crecen diversas plantas medicinales. Por eso no debe ser casualidad que sean de aquí los mejores kallawayas o médicos tradicionales, según la Guía Turística del Municipio.

Un albergue-museo

Más adelante, antes de llegar a otro poblado, hacemos la primera parada en el Albergue Museo Chari, junto al camino, frente al barranco por el que discurre el río Charazani. Sus paredes son de piedra y, los tejados, de calamina y cobertura de paja. A su alrededor dan sombra altos eucaliptos y kolas.

Hace unos cinco años que abrió las puertas y recibe turistas al menos dos veces al mes, según el Director de Culturas y Turismo. Sin embargo, luce abandonado y está cerrado porque el encargado de las llaves se encuentra en La Paz. Sólo podemos entrar al patio, en el que un chorro de agua mana de un caño que va a parar a una fuente en forma de vasija gigante.  Además de hospedaje, el albergue ofrece la posibilidad de conocer algo más de la cultura del lugar a través de los tejidos que expone, como capachos y ponchos tradicionales.

Retomamos el viaje en coche y pasamos por en medio de las casas típicas andinas (adobe y paja) que conforman Chari. Al atravesar el poblado nos detenemos para contemplar el río, cuyas aguas discurren entre grandes piedras blancas. Nos subimos a una enorme roca bajo la cual se ha formado una cueva para observar el paraje de árboles y huertos verdes rodeado de cerros pardos.

Varios kilómetros después está Janalaya, por donde pasa también el río pedregoso que se caracteriza, según Sabino, por la gran cantidad de terrazas agrícolas que hay en el sitio.

Toca regresar a Charazani para tomar otro camino de tierra que nos lleve a descubrir otra de las posibles rutas turísticas del municipio, fuera del Pacha Trek.

Llegamos de nuevo a la plaza, damos la vuelta y volvemos por donde vinimos, tomando luego un desvío hacia la comunidad de Caata para ver restos arqueológicos. Una vez en el poblado, unos vecinos nos indican (porque Sabino parece desconocer el camino —lleva sólo unos meses en el cargo—) que hay que continuar por un camino de tierra hasta una loma sobre la que se ve una antena.

Llegamos al lugar, pero no se ve ni una piedra que parezca una antigua edificación derruida. Sólo vemos una oveja junto a la alta antena.

Bajamos el montículo y atravesamos un campo cultivado. Por enfrente aparece una señora corriendo. Sabino le pregunta en quechua por los chullpares. Ella contesta y señala con su brazo hacia atrás, y sigue corriendo en busca de su oveja extraviada.

Subimos a otra colina. Allí arriba hay una pastora escuchando una radio mientras teje un colorido cinturón, en tanto las ovejas pastan alrededor. Nos dice que los chullpares están más allá, en lo alto de otro cerro. Y allá que vamos.

Mientras ascendemos y nuestra respiración se agita, Sabino se queda atrás sacando fotos con una laptop Samsung roja. No había venido antes al lugar y lo está documentando, pero nos deja a nuestro libre albedrío y sin ninguna explicación.

Por fin llegamos a una explanada en la que no vemos los esperados monumentos funerarios, sino algunos montones de piedras que fueron en su día algún tipo de edificación. Hasta que nos percatamos de que lo que hay son pequeños hoyos sobre el piso, algunos cubiertos por losas: son tumbas en las que ya no queda nada más que hierbajos en pleno crecimiento. Pero la vista del valle, con un nevado al fondo, y el silencio, valen la pena.

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