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Los Coaquira

El ‘Papirri’ recuerda a aquella familia que le brindó cariño, amor y cobijo, en aquellos años de la lejana infancia.

Foto: El Papirri

Foto: El Papirri

La Razón (Edición Impresa) / El Papirri

00:00 / 15 de febrero de 2015

Mi callejón era la médula del planeta. De tierra reseca y polvorosa, era un tajo trascendente que partía la manzana más fresca de Sopocachi. Mi callejón era de bajada; en la punta de arriba se mezclaban los aceites del garaje del maestro Enríquez con los orines de los albañiles urgidos, en la punta de abajo estaba la casa del Felico. Menor dos años a mí, el Felico tenía un inclemente corte firpo, un lunar psicodélico, un k’asa ventana hacia el infinito. Era lorito, con los zapatos lustrados; su pantaloncito estaba ensortijado de herencias por un cinturón de cuero monumental que le daba vueltas arrugándole la cintura.

Jugábamos todo: fútbol, trompo, bolitas, chutis, billas, hacíamos voladores y nos nacían unas verrugas como pirámides volcánicas que las deglutíamos a veces, las otras tratábamos de apagarlas con una plumita cuyo medicamento café era hediondo, picante. Marchábamos por el callejón cantando, agarraditos de la mano, los nudillos se contagiaban ríos de: “sangre coagulada, revuelta en ensalada/ vomito caliente, que sea de un pariente/ moco verdoso de un tuberculoso”.

Con el Felico inauguré mis cuentacuentos, se dejaba llevar con sus ojos inocentes por mis primeras mentiras literarias. Cuando murió mi madre, el Felico Coaquira decidió adoptarme. Por primera vez me invitó a pasar a su casa de dos cuartos. Su mamá, doña Margarita, era una chola sureña agraciada con sonrisa coqueta y dorada, sus trenzas negras resplandecían hasta de noche, creo era de Padilla. Su papá, el maestro Coaquira, arreglaba los zapatos de todo Sopocachi bajo. Entrabas de bruces al primer cuarto. En el escaparate de la tienda se ofrecían pilas y mumus; a la izquierda, el maestro en tinieblas clavaba de manera virtuosa las tachuelas que brotaban de sus labios, con una rapidez pasmosa. Al lado, sus hijos mayores, Víctor y Freddy, completaban el contrapunto de clavos con una cola amarillenta que se desplegaba en cataratas de olores recónditos. El Víctor tenía 25 años, el Freddy 20, luego venían el Andrés y el René, con quienes cuidábamos autos en la Rosendo Gutiérrez, los autos de la función de tanda del cine 6 de Agosto.

Como ya no tenía hogar, me quedaba con ellos toda la tarde. Ayudábamos a la Mary —de mi edad— y a la Rita —venía antes que el Felico— a llevar el mocochinchi sabroso que vendían a los maestros de la cuadra en sus mandilitos y bandejas de miniatura. A las cinco, nos sentábamos todos en el borde de la vereda, en filita, a saborear silenciosos el café en jarra con su panzona marraqueta figliozzi que bostezaba una lengua de queso kollana. Entonces, atardecía en el barrio y empezábamos con el coro “se lo cuido, se lo cuido”, corriendo detrás de los autos, rozando nuestros cerquillos a los parabrisas.

Gracias al papel periódico humedecido en el balde preparado por las chicas, inaugurábamos el orfeón agudo del vidrio de nuestros sapitos urbanos.

Terminando el lavado, le dábamos duro al trompo, haciendo bailar la noche en nuestras manos, inventando un mejor remedio para las verrugas con el trompo temblando en los nudillos. Todo lo que ganábamos le dábamos al Andrés y él repartía con sabiduría precoz las ganancias, descontando para la leche del Augusto (3) y del Manuelito, el bebé menor, de meses. Con lo que ganaba me alcanzaba para los mumus y para las figuritas del álbum México ’70, añorando que me saliera la difícil, la del sombrero del chamaquito. Quería quedarme a cuidar en la función de noche más, pero entonces aparecía la Hilariashon con su sonrisa perpetua en quemadura, con su kimsacharani y a k’alazos me hacía volver al departamento alquilado que quedaba en medio del callejón. Con naturalidad, me volví el hijo número 10 de los Coaquira.

En la noche fantaseaba en mis primeras calenturas besándola a la Mary, éramos los dos personajes de Melody. Entonces despertaba para ir al colegio y esperar que se hiciera rápido la tarde para volver a la casa y al k’asa del Felico. Algún fin de semana que no aparecía mi padre, me quedaba a dormir en el segundo cuarto de los Coaquira. Luego de cenar un sillpancho navegante en zarza llorosa, dormíamos todos regados en el piso, yo abrazado del Felico, con ese olor intenso a oveja del cobertor.

Una vez apareció un intruso a querer quitarme los clientes de los autos. De dónde vendría ese cuate, me ganaba en la corrida, empujaba jodido; entonces quiso pelear, el tipo era mayor: mis hermanos le cayeron al cabrón sacándolo del barrio a patadas. Otra noche horrible el Víctor y el Freddy se pelearon de verdad, le habían dado al chuchuhuasi demasiado. El Víctor, que era alto y fortachón, le bajó el párpado al hermano, lo dejó prácticamente tuerto. Era triste verlo al Freddy clavando ya más lento, con rabia, por las nubes grises de su ojo. Nunca le perdoné esto a nuestro hermano mayor. Ya de más grande, jugando fútbol en la Bronco, de venganza tardía le tiré un pelotazo en los huevos que lo volteó al piso. Sin embargo, lo quería igual.

Gracias a los Coaquira me arropé en los días de abandono y orfandad. Gracias a ellos sentí que estaba protegido, que nada me pasaría. Gracias a los Coaquira inventé una familia nueva, conocí la solidaridad, el compartir el pan más sabroso, el defendernos sin condiciones. Gracias a ellos...

(*) El papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

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