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Comida insumergible, naturaleza y gastronomía en el Titicaca

Seis socios apuestan por el turismo en las islas flotantes de San Pablo de Tiquina.

Llegada. La bandera boliviana ondea como si fuera una muestra de recibimiento a la isla flotante de Peñón Blanco, en San Pablo de Tiquina. Foto: Pedro Laguna

Llegada. La bandera boliviana ondea como si fuera una muestra de recibimiento a la isla flotante de Peñón Blanco, en San Pablo de Tiquina. Foto: Pedro Laguna

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández R.

00:00 / 21 de mayo de 2017

Lo más complicado de esta experiencia tal vez sea dar el primer paso hacia la superficie fluctuante. Cuando los pies están en el costado del bote, el balanceo que produce el agua hace dudar sobre el momento oportuno para pasar al otro lado. Babor, estribor; izquierda, derecha. El bamboleo es agradable pero incómodo, porque el objetivo es pisar la isla flotante. Con un poco de confianza y con la ayuda de uno de los balseros se da el paso definitivo hacia la isla flotante artificial de Peñón Blanco.

Ubicado a 10 minutos en lancha desde San Pablo de Tiquina, Peñón Blanco es un monte pedregoso que se encuentra como punto divisorio entre Wiñay Marka (Lago Menor) y Chucuito (Lago Mayor). De acuerdo con los mitos que cuentan en alrededores de este lugar, hace miles de años, un inca tomó su q’urawa (honda) para mandar una piedra de un lado a otro de la zona lacustre, pero su fuerza era tal, que el objeto se deshizo en el trayecto. Se cuenta que el pedazo más grande recaló donde ahora es Peñón Blanco.

Una vecina de San Pablo de Tiquina muestra el plato de trucha acompañado con maíz y papa, servido en un tradicional plato de barro.

La superficie de la isla es distinta, pues se siente la oscilación del piso, que tiene como alfombra los tallos de totora ubicados como si fueran un campo de césped de un verde intenso, que contrasta con el azul oscuro del Lago Sagrado. Hace casi cinco años, un grupo de pobladores de San Pablo de Tiquina notó que la llegada de turistas nacionales y extranjeros crecía cada vez más hacia Copacabana, así es que trazó el objetivo de ofrecer una alternativa diferente e ingeniosa. La idea era construir una isla artificial al lado del Peñón Blanco, pero el principal problema era conseguir que no se sumergiera, sino que sostuviera el negocio y a sus visitantes. La solución la encontraron en el poliestireno expandido, o plastoformo, un material que no se enmohece ni se descompone con facilidad. En una superficie de 90 metros cuadrados acomodaron la plataforma de plastoformo y encima pusieron tablas de madera, que son cubiertas con totora. Dos cabañas y una bandera boliviana que ondea constantemente por el viento son la escenografía que completa este panorama.

Gastronomía lacustre

Cuando se visita el lago Titicaca es inevitable comer algún platillo hecho a base de pescado. Y la isla flotante no es la excepción, ya que ofrece karachi, ispi, mauri y trucha. En este último caso, el visitante puede elegir uno de los ejemplares, que se encuentra nadando en el vivero, para que los cocineros lo pesquen y lo preparen.

Mientras se aguarda que la comida esté servida, el turista tiene la posibilidad de caminar por un muelle de madera pegado a la roca, desde cuya cima se observa la llegada y salida de las lanchas, las aguas hipnotizantes del Titicaca, además de la Isla del Sol y la Isla de la Luna.“No tenemos apoyo de ninguna naturaleza, ni municipal ni gubernamental. Hemos nacido por iniciativa propia de 10 familias, pero con el transcurrir del tiempo abandonaron cuatro”, comenta uno de los copartícipes del negocio que si bien aún no goza del éxito que quisieran, no falta la gente que quiere probar algo diferente.

Para arribar a la isla no es necesario pasar el Estrecho de Tiquina, sino contratar una lancha en el puerto de San Pablo. El precio de una lancha privada es Bs 50, mientras que si el cliente prefiere compartir una comitiva le cuesta Bs 5, ida y vuelta. Nelly Mendoza y Delia Flores salen de la cabaña que funciona como cocina con un suculento plato de pescado recién tostado, que se nota al escuchar el sonido de la carne en pleno cocimiento.

Después de pasar un momento de sosiego en el sector que divide el Lago Menor y el Lago Mayor, la lancha regresa hasta tierra firme.    

Germán Yujra es quien se encarga de avisar a los visitantes que la comida está preparada y de atenderlos en todos sus requerimientos. Sentados en una mesa hecha de troncos, protegidos por sombrillas de totora, es momento de disfrutar de los sabores y aromas del Titicaca.Como todo en la vida, es complicado dar el primer paso. Pero queda la satisfacción de disfrutar de una nueva experiencia, más aún cuando se trata de pisar la superficie oscilante de las islas flotantes.

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