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El Papirri en Oruro

Foto: Manuel Monroy Chazarreta

Foto: Manuel Monroy Chazarreta

La Razón (Edición Impresa) / Manuel Monroy Chazarreta

00:01 / 07 de noviembre de 2018

Entonces llegó la invitación de la Gobernación de Oruro para realizar un concierto en la Ciudad del Pagador. Por fin. Cumplí dos años de retorno y no se había dado. Haciendo cuentas con mis deditos pude verificar que eran 12 años que no tocaba en Oruro, había dado conciertos en Madrid, en Ginebra, en Quito, en Hamburgo, pero no en Oruro. ¿Por qué? Pues porque nadie me llevaba.

Partimos en el bus Nasser a las 10.00 con mis cinco músicos y un sonidista, ya era hora de llevar sonidista, más aún porque nos esperaba el Teatro al Aire Libre Luis Mendizábal Santa Cruz, con 4.000 personas al frente. Luego supimos que este teatro había sido inaugurado en 1952 y que estaba cerrado los últimos 10 años —según algunos amigos orureños— por falsas posturas de historiadores y patrimonialistas que no dejaban ingresar al predio. En el camino empecé a ponerme nervioso, según el afiche compartíamos escenario con Savia Andina, Grupo Femenino Bolivia, Pasión Andina y Grupo Norte Potosí, todos invitados al XXVI Festival Nacional de la canción boliviana “Aquí Canta Bolivia”. Dicen que había ayudado a que los organizadores se decidan por nosotros el haber tocado este año en la verbena de las fiestas julianas ante 100.000 personas, en medio de Jambao y Bonny Love… Ahhh, o sea ese cantautor Papirri puede tocar así, en eventos multitudinarios, no es solo un “autocantor”, dirían los gestores siempre pendientes de la convocatoria de gente. En todo caso, para mí sigue siendo difícil tocar en estos eventos de masas, las letras de mis canciones en muchos casos cuentan historias, cada estrofa significa cinco años, no escuchas una y te perdiste el guion. Pero había que cumplir.

El altiplano nos regalaba diferentes tipos de amarillo, qué difícil fue la salida La Paz-El Alto, tardamos más de una hora. ¿Cuándo será que acaban la autopista?, preguntaba mi batero… la cola de buses y minibuses nos crispaba los nervios. Llegamos a la antigua terminal de Oruro a las 14.00, en el Casco del Minero se veía a muchos jóvenes con trajes folklóricos rondando, hambrientos devoramos un charque de llama de emergencia para dirigirnos directo a la prueba. El teatro al aire libre se encontraba en un cerrito, cerca de un faro marítimo de cara al desierto, tardamos otro montón en llegar al lugar porque transcurría intensamente la entrada folklórica universitaria…¡pucha, qué puntería, justo hoy!, suspiraba mi bajista mientras un salay hacía temblar la avenida Pagador. Un amigo orureño me consiguió un alojamiento justo en medio de la entrada, el hostal aquel estaba a punto de desangrar sus ventanas por las poderosas bandas orureñas. La prueba de sonido fue exhausta, un par de horas; tipo 18.00 me desvanecí en el cuartito del hostal mientras mis músicos se iban a cenar. Desperté con un dolor de cabeza en todo el cuerpo, ya eran las 19.30, la actuación estaba planificada para las 20.00, ahí me tenías con mi guitarrita en la espalda subiendo apenas la cuesta hacia el faro orureño. El teatro no estaba lleno, se escuchaban las notas de algún grupo concursante, el Festival ofrecía un premio de Bs 33.000 al grupo ganador, me acordé de la cantante Diana Azero, una semana antes habíamos trabajado en el Papirri Sinfónico y me contó que participaría con su grupo, Tierra Mojada, en este festival. Me recomendó ir una noche antes y no le hice caso, ya en el camerino del teatro me arrepentí de aquello, mi presión baja estaba muy alta, me explicaron que entrábamos en 15 minutos y que después ingresaba el Grupo Femenino Bolivia. Las otras bandas famosas habían tocado las dos noches anteriores.

Subí al escenario, los maestros de ceremonias con pilchas de preste hablaban y hablaban, para colmo empezó a llover, alguna gente se iba. Me volví al camerino, mis dedos parecían chorizos congelados, entonces escuché: Con ustedes, El Papirriiiii..., ingresé al tablado en pánico. Había pasado la lluvia en súbito, el teatro estaba casi lleno, habrían unas 3.000 personas, entramos con Alasita, con toda la banda sonando fuerte. Luego tocamos La Guacataya, les conté que era una historia que transcurre en Sucre… Silbidos, buhhhh, cuál Sucreeee, gritaban un minero a punto de dinamitarse. Ya pues hermano, escuchá la letra, lancé la instrucción desde el micrófono, la gente carcajeó mi sinceridad. Más o menos le fue a esa canción. Luego hicimos Historia de Maribel y sentí la misma sensación de cuando la toqué en Quito, una incomodidad masculina que contagiaba a las doñas, la family tradicional quirquincha —como la quiteña— no quería escuchar que el patriarcado se acaba. Entonces, me paré de la silla y emprendí con Bien le cascaremos y pude sentir los primeros aplausos. Me animé a estrenar una morenada, una oración cantada que había soñado en Quito, soñé la melodía y la letra juntas, luego supe que estaba dedicada a la mamita Cantila, la Virgen del Socavón. Allí sentí que el público orureño estaba conmigo. Seguidamente invité a la cantante local Lilian Magne para interpretar Qué tal metal con cinco adolescentes de su colegio que cantaban la canción con coreografía y todo. Con Metafísica popular salimos triunfantes del ruedo. Fue cuesta arriba la actuación en Oruro. Los aplausos pedían bis, me hice rogar. Dimos la estocada final con la morenada Plata y miedo, que compuse para un amigo que baila en la Central. Del escenario subimos directo a un minibús de retorno, la entrada folklórica continuaba, el regreso a La Paz fue tenso, el chofer cabeceaba. Ahora, nos preparamos para el último concierto del año. Los invitamos al Teatro Nuna este 8 y 9 de noviembre. Chau, chau 2018. Agotado estoy. 50 conciertos en dos años. ¡Uy cara!

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