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Conquistados por la hoyada

La ciudad de La Paz es un amor a primera vista para los extranjeros que han decidido que esta urbe sea su nuevo hogar.

La Razón (Edición Impresa) / Eduardo Salazar

00:00 / 12 de julio de 2015

El sentimiento de ver el Illimani al despertar pareciera ser uno de los motivos por los que muchos extranjeros se enamoran de esta ciudad a 3.600 metros, al menos así lo describe Aline Portel —una chica brasileña de 27 años—, mientras pide un café en el centro de la urbe. Tal como hizo esta profesora de portugués, un cooperante asiático, dos servidores sociales europeos y una periodista sudamericana dejaron todo atrás y se instalaron en La Paz. Cada uno tiene sus razones, pero lo cierto es que llevan años disfrutando de un paseo por El Prado, recorriendo la atestada Sagárnaga o simplemente tomando un mate de coca en un café de la aristocrática Sopocachi.

Depende del punto en el que te encuentres en Nuestra Señora de La Paz, se puede estar entre los 3.200 a 4.100 metros de altura; un poco más alto o más bajo, esta ciudad está llena de matices ya sea por su gente introvertida pero amable o sus infinitos colores y aromas que abundan por doquier. Esta ciudad andina que se fundó el 20 de octubre de 1548, cuya ubicación pasó de Laja al majestuoso valle de Chuquiago Marka, entre quebradas, valles y el borde del altiplano, guarda singularidades que cautivan a cualquiera.

Es lo que le ocurrió hace 40 años al italiano Ricardo Giavarini que, entusiasmado en su idea de ser sacerdote y conocer el mundo desde otras perspectivas, se mudó a Bolivia. A él nunca le interesaron las armas, por lo que rehusó alistarse en las filas militares de su país y en cambio optó por la fe cruzando el Atlántico para solidarizarse con causas nobles. “Cuando llegué había una lucha social en cada rincón, ligadas a la pobreza, la marginación… No olvidemos que la mayoría de países de América del Sur estaban bajo regímenes dictatoriales, entonces poder hacer algo aquí por las comunidades me atrajo”. Este hombre que hoy en día va desde su casa en el centro de La Paz hasta su fundación Munasim Kullakita —dedicada a socorrer a niñas y adolescentes en situación de vulnerabilidad y violencia sexual— en El Alto, no logró ponerse la sotana que lo acredite como sacerdote, pero no por ello ha dejado de lado el servicio social.

Quien sí lo hizo fue Antonio Delgado, que convencido de ser cura dejó España en 1984 para llegar a la hoyada paceña. La Iglesia Católica le encomendó un viaje al servicio de Dios que se ha convertido en su manera de vivir durante tres décadas. Su primer destino no era esta ciudad sino Patacamaya, pero debió alojarse en La Paz durante las primeras semanas aquejado por el sorojchi. “Hace 31 años todo era distinto, por ejemplo solo existía el centro colonial y Sopocachi, aunque en este barrio nada más habían casas grandes, no con los centros comerciales y cafés de ahora… los pueblos eran un desierto y por eso cuando venía a la ciudad me impactaba, era una hoyada con poca vegetación. No se me olvida jamás cómo se veía entonces el Illimani, la nieve llegaba hasta abajo, a la falda de la montaña, su blanco contrastado con el azul del cielo paceño me cautivó”, explica Delgado.

Sus palabras encierran nostalgia por el ayer, sin dejar de lado la esperanza por un mejor presente. Antonio ha liderado uno de los mayores proyectos de protección a la infancia abandonada en esta parte del planeta: Ciudad del Niño Jesús, en Pampahasi, con 150 pequeños internos y 580 externos de los que hoy, cuando lo ven, lo saludan con cariño pues lo miran como una figura paterna. Y quién no, si su sobriedad arropa a quien lo escucha, en medio del sigilo y la serenidad espiritual alcanzada por este pastor castellano que tiene algo de boliviano y más aún de paceño.

Kelly Mundaraín aterrizó en 2007 en el aeropuerto alteño. Conocía muy poco del país aunque sí sabía mucho de su gente, pues una de sus mejores amigas es boliviana. En aquel tiempo dejó la oportunidad de participar en Miss Venezuela y se vino a La Paz para estudiar Comunicación: “Al llegar me impacté por la toponimia, el clima, además de la infraestructura. En Caracas hay cientos de edificios muy altos, edificios, edificios, edificios, aquí no, las construcciones son más sencillas. Me pareció muy interesante el cambio, pues en lo sencillo encontré varias sorpresas, una de esas fue la calidad humana”.

Los bolivianos que conoció se convirtieron en su familia. Kelly cuenta que le tendieron la mano y las madres de sus compañeras también pasaron a ser “sus mamás”. “Se puede pensar que aquí las personas son asépticas, por el frío quizá, pero no, son súper cálidas”. Cuando se le pregunta por qué se decantó por esta ciudad, susurra con especial entusiasmo: “Yo no la elegí… ella me eligió a mí”.

Similar es la historia de Hirozaku Watanabe, quien tras 30 horas de vuelo desde Japón cambió sus paradigmas de vida con tan solo pisar suelo boliviano. Este hombre con pinta de galán de Tv reflexiona sobre su primera impresión y asegura que “es indescriptible con palabras”. Para él no se trata de haber cambiado la montaña Fuji por el Illimani o el Huayna Potosí, se trata de una sensación que lo transporta a un estado de quietud y tranquilidad antes inexplorada. “Tendré en mis recuerdos para toda la vida la primera vez que llegué a La Paz… más allá de lo exterior, es todo lo que me produjo en mi interior”. Watanabe tiene cinco años en Bolivia, aunque cuando acabó su primera misión cultural en 2012 volvió a su país para graduarse de Lingüista en la universidad; empero, al año siguiente regresó a esta urbe más que por los programas de cooperación que desarrolla por su interés en conocer a profundidad la cultura andina “lo que me hizo volver y me mantiene aquí”.

De vuelta en el café, mientras un italiano joven y de mediana estatura llamado Alessandro Beloli toma fotografías de La Paz y se confunde en el paseo de El Prado con el resto de turistas que llegan anualmente a la ciudad —cerca de 150.000—, Aline continúa bebiendo su taza de bebida caliente para amainar el frío y se le dibuja una sonrisa en el rostro cuando hace una retrospección de los últimos tres años que lleva viviendo en este lugar. “Cuando tenía 15, en mi barrio conocí a varios emigrantes bolivianos e intenté practicar con ellos el español, pero no me hicieron mucho caso, eso acrecentó mi curiosidad por este país, por su cultura”, señala esta pelirroja.

Entre 1976 y 1980, en Bolivia se registraron cuatro golpes de Estado (contra Busch, Pereda Asbún, Banzer y García Meza) y Ricardo Giavarini estuvo allí en protesta. Con Banzer en el poder, el europeo se hizo parte de la lucha ciudadana que se vivía en cada rincón del territorio nacional.

“En ese entonces —y ahora también lo hace— yo visitaba presos políticos, estudiantes, mineros, quienes eran torturados por sus ideas políticas…cerrábamos carreteras con troncos de árboles en señal de protesta exigiendo agua, electricidad y desarrollo de las comunidades”. En la última asonada, Ricardo huyó a su natal Italia. Años más adelante, al volver a América del Sur, la dictadura continuaba en Bolivia, por lo que se radicó en Perú desde 1981 hasta 1989 y allá se casó con Bertha, una boliviana que hasta hoy sigue siendo su compañera y le  ha dado cinco hijos. Cumplió el anhelo de volver a La Paz, esta vez huyendo de Sendero Luminoso, y hasta la fecha no se ha movido de estas tierras, por el contrario, este matrimonio ha continuado desde entonces su lucha pacífica y organizada en redes por los derechos humanos.

100% paceños

La identidad amerindia se refleja en todos los aspectos en esta ciudad vigilada por el Illimani. La brasileña y la venezolana se vuelven locas con la gastronomía local; a la caribeña, por ejemplo, le encanta desde el plato paceño hasta el pique macho, y la carioca es adicta al chairo y a la sopa de maní. No todos los platos son de La Paz, pero de igual manera, los extranjeros se deleitan con ellos en distintos restaurantes. Pero no solo se alimentan en comedores públicos, ellas aseguran que tener el privilegio de degustar un plato criollo en casas de familia es un verdadero placer.

En eso coincide el padre Antonio, a quien le fascina el fricasé y aunque se reserva el nombre, relata que el mejor se lo ha comido en casa de un famoso político. “Tenían a un cocinero que es como parte de su familia y era del altiplano: cocinaba delicioso”. Algo que también celebran los foráneos es que en medio del crecimiento urbano se sigan manteniendo los colores y la calma. El japonés Hiro, como lo llaman sus amigos, confiesa que a veces se despierta muy temprano, a las cuatro de la mañana, y da un paseo por la plaza Abaroa, ritual que le ayuda a ordenar sus ideas. “La tranquilidad es muy importante para mí”, asegura. Él también equilibra su ulterior planchando sus camisas mientras escucha música jazz y visualiza el Illimani a través del cristal de la ventana de su departamento.

“Cuando llegué la gente no usaba tantos celulares y es algo que ha cambiado, la mayoría tiene un teléfono inteligente, es algo notorio pero no creo que sus vidas hayan cambiado, siguen con su esencia”. Este asiático declara que estas tierras y su gente lo ayudaron a evolucionar. “He aprendido cuáles son las cosas importantes de la vida, antes veía lo físico, lo representativo como el dinero, casa… eso realmente garantiza la comodidad, pero no la felicidad. Ahora valoro las cosas que enriquecen la vida y lo aprendí aquí en Bolivia”, sostiene.

Beloli, de 27 años, deja a un lado su cámara y se inspira. “Los bolivianos tienen mucha suerte, porque aquí la gente vive sin miedo, viven con alegría, plenamente”. Este italiano que está de paso por el país llegó tres meses después que nombraran a La Paz ciudad maravillosa. Luego de estar aquí, siente que ha valido la pena su aventura por el hemisferio Sur. Quizá por ello continúa fotografiando cada detalle de La Paz: las palomas en la plaza Murillo, algunos transeúntes desprevenidos en la iglesia de San Francisco, collares en la Linares o “calle de Las Brujas”, terrazas por El Prado, hojas y flores caídas de árboles gigantes en la zona Sur, o simplemente los rostros de niños.

Dice que a través de su lente intenta captar “el color del viento boliviano”. Aún más impresionado se lo ve al sacerdote Delgado, que no duda en soltar halagos para la ciudad: que es su segunda casa, que se siente más boliviano que español, que él es ya parte de la decoración de las calles paceñas, pero la más contundente es la frase en la que resume qué significa vivir aquí: “En La Paz me siento más cerca de Dios que en cualquier otro lugar del mundo”. El padre, al igual que su colega Ricardo Giavarini, está seguro de que ésta es su casa.

Son varias las nacionalidades que pisan cada semana el suelo paceño. Muchos se quedarán. Como Kelly que ya lleva ocho años aquí y tiene dos hermosas hijas bolivianas: Aitana y Romané. “Nunca me he sentido una extranjera. He hecho mi carrera como periodista y locutora aquí. Sí quisiera volver a Venezuela alguna vez, pero por ahora continuaré aquí, soy ya parte de esta nación”, repite segura observando a sus pequeñas jugar. Algunos deben volver pronto junto a su familia, como Hiro, pero atrasa la partida sumergido en su ultra experiencia personal y espiritual. Y es que también dice que aquí está más cerca de Dios.

Aline Sczczepaniak Portel (Brasil)

“Me parecía tan raro al principio que la gente dijera caserito, esito, estito… yo era fuerte al expresarme y me di cuenta que así no conseguía las cosas… Por eso aprendí a hablar a lo paceño y uso los diminutivos: con eso he logrado tener más empatía”.

Profesora de portugués, 27 años.

Alessandro Beloli (Italia)

“Más allá de la doctrina, los bolivianos tienen a Dios en su corazón, eso es bonito. Además, los niños tienen su charango para cantar y vivir alegres”.

Antropólogo y fotógrafo, 26 años.

Hirozaku Watanabe (Japón)

“En Bolivia he trabajado junto a la gente. Cuando me vaya de aquí dejaré una parte de mi alma… puede que tal vez yo ya pertenezca a este lugar”.

Cooperante y lingüista, 30 años. Ricardo Giavarini (Italia)

“Aquí he encontrado una cultura que me ha enriquecido mucho. El hombre está en toda su dimensión, con mucha solidaridad… Bolivia es mi hogar, el lugar en el que tengo mi familia”.

Pdte. Fundación Munasim Kullakita, 60 años.

Antonio Delgado Sánchez (España)

“La Paz ya es mi segunda casa. Vivir en esta ciudad es estar más cerca del cielo, lo cual también quiere decir que es estar más cerca de nuestro Dios”.

Sacerdote, 61 años.

Kelly Mundaraín (Venezuela)

“Aquí mucha gente me dio una acogida increíble, desde el primer instante. Y desde allí me han transmitido el orgullo por nuestras raíces americanas”.

Locutora, 31 años.

Típicamente paceñas

Dos cosas son típicamente paceñas. La primera es la altura, cuando se arriba al aeropuerto es común que algún turista se desplome, se maree o sienta la falta de oxígeno, aunque no todos sufren el famoso sorojchi. Lo segundo es que las expresiones originarias están en cada cosa y lugar: vestir la ropa típica (polleras) es cotidiano en miles de mujeres, y —entre tantas otras cosas— no es extraño toparse en la calle con un yatiri que le ofrece a uno predecir el futuro. Aunque no todo es tradición y costumbres, pues la modernidad occidental también se respira en La Paz: rascacielos, restaurantes de alto nivel, tiendas de moda y un etcétera de cosas y situaciones que sorprenden a quienes se vienen con una idea equivocada —y tal vez anticuada— de esta urbe andina.

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