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Contrastes en Japón

Una ciudad con luces de neón, gente perdida en su mundo con audífonos conectados a celulares inteligentes, coches último modelo y tecnología al alcance de la mano, pero aún así la urbe no olvida sus tradiciones.

La Razón (Edición Impresa) / Mitsuko Shimose

00:00 / 20 de septiembre de 2015

El astro rey se apaga tras los edificios de Tokio. Sus últimos y tímidos rayos caen y espero ver la otra cara del Sol Naciente. Sin embargo, la ciudad ha vencido a la noche y el día reina las 24 horas. Letreros luminosos cubren los muros que invitan al consumo de productos. Las personas te extienden muy amablemente folletos para que pases a conocer los lugares que están publicitando. En Japón, el trato cordial, a cualquier hora y en cualquier lugar, es parte de su cultura.

Contrastes armoniosos

El centro de Tokio es el ejemplo de una ciudad cosmopolita. La iluminación es un espectáculo artístico, trenes bala, gente que viborea por las calles después de salir de sus trabajos para ir hacia la “nominication”, una combinación de la palabra nipona nomimono, que significa “bebida”, y la inglesa comunication, “comunicación”. Entre sake y sake, los japoneses comparten historias de oficina con sus colegas.

Una ciudad con luces de neón, gente perdida en su mundo con audífonos conectados a celulares inteligentes, coches último modelo y tecnología al alcance de la mano, pero aún así la urbe no olvida sus tradiciones. En las calles veo edificios con más de 50 pisos de altura, las estructuras tienen formas variadas (una en media luna, otra con césped en las paredes que dan a la vía pública), hay pantallas gigantes con publicidades coloridas... y, en medio de esta selva de modernidad, están los templos con miles de años en su fachada.

También observo centros que rescatan las tradiciones niponas. Uno de ellos se encuentra aproximadamente a 50 kilómetros al suroeste de Tokio: Kamakura.

Esta ciudad es conocida en el mundo por su estatua de bronce del Buda Amida en el Templo de KÕtoku-in. La escultura tiene 13,35 metros de alto y pesa unas 93 toneladas, lo cual la convierte en la segunda divinidad más grande en Japón después del Buda de TÕdai-ji, en Nara.

Miles de personas, entre nacionales y extranjeras, asisten cada día a visitar a esta imagen. Fue fabricada probablemente en 1252, los turistas le ofrendan fruta, monedas y también le elevan oraciones.

Además del Buda Amida, Kamakura también se caracteriza por la cantidad y diversidad de templos y santuarios que están desperdigados. En algunos de ellos se puede ofrendar  yenes (la moneda nacional); en otros, los protectores del santuario entregan a los visitantes hojas con rezos escritos en japonés y los turistas debemos volver a trazar el texto, como parte de un ritual ancestral. Cada uno de nosotros colocamos pedidos a la divinidad. Luego, éstos deben permanecer en secreto.

Respiro paz en el ambiente. Metros más allá, los jardines con flores de loto surgen del suelo y la humedad fluye, trepando por los tallos de bambú que apuntan al cielo.

La historia de Japón se viste con kimonos coloridos, está recubierta en paredes de papel y su pasado se conserva en museos. Es el caso del museo Edo-Tokyo, que recupera la época vivida desde finales del siglo XVI hasta los comienzos de la revolución industrial (a principios de 1868).

Al ingreso, desde que se cruza la réplica del puente Nihonbashi (la primera pasarela de Tokio que también es el kilómetro cero del país), hay maquetas de la época Edo. Son antiguos cuadros que muestran cómo era su alcantarillado, los sistemas de extinción de incendios y de seguridad. Mientras camino por el museo, los siglos van pasando en las paredes y en las vitrinas. Hay documentos de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). En una sala posterior están las primeras máquinas que iniciaron el despegue industrial del país que actualmente es uno de los líderes en tecnología mundial.

El Museo de la Migración Japonesa al  Exterior fue levantado gracias al aporte económico de la Agencia de Cooperación Internacional del Japón (JICA). Se centra principalmente en el traslado de japoneses al continente americano. Los primeros llegaron a Estados Unidos y Canadá.

Cuando la migración estaba en su auge, los estadounidenses vieron con recelo el arribo de los asiáticos, fue entonces que el Gobierno de Estados Unidos negó la entrada a los japoneses, bajo el argumento de que los recién llegados quitaban el trabajo a sus habitantes.

Debido a esta prohibición disminuyó el flujo de visitantes nipones. Los viajeros  se desplazaron entonces a otros puntos del mapa americano.

Aquella travesía empezó a finales del siglo XIX y, hasta ahora, es constante. El museo se encuentra dividido por ambientes temáticos. Se hace énfasis en la salida de los japoneses hacia distintos países del mundo; en la actualidad tienen presencia mundial.

El periodo de mayor migración fue durante la Segunda Guerra Mundial, el  repositorio muestra las actividades económicas que realizaron los nipones al llegar a tierras extrañas para sus ojos. La agricultura y el comercio fueron la base de su economía.

Al llegar a América tenían el objetivo de retornar a su tierra a corto o mediano plazo, pero al final terminaron instalándose con sus hijos. En otros casos decidieron que sus descendientes nacieran en el nuevo continente.

Un mundo moderno

El premier Shinzo Abe dice que se debe heredar a las generaciones futuras los logros del pasado. Por eso, el ayer y el mañana van de la mano en la cultura de este país.

En Tokio existen, también, muestras del avance tecnológico. El Museo Nacional de Ciencia Emergente e Innovación-Miraikan en Odaiba, es un ejemplo.

Allí opera una máquina donde la gente camina y resuelve operaciones matemáticas al mismo tiempo. También se colocó una pequeña rueda que gira incesante gracias a un hámster virtual.

Robótica, informática, medicina y exploración espacial son tema del recorrido. Hay estudios del cosmos, la detección de terremotos y la exploración submarina.

En Miraikan encontré al pequeño Kirobo, el primer robot astronauta de Japón. Fue creado para acompañar al primer comandante nipón de la Estación Espacial Internacional, Koichi Wakata. Kirobo se paró sobre la palma de mi mano y con solo un mínimo roce, empezó a moverse.

La principal atracción, especialmente para los niños, es el robot de Honda, ASIMO (Paso Avanzado en Movilidad Innovadora). Se trata de una máquina humanoide que mide 1,30 metros de altura. Con la interacción de ASIMO se ayuda a las personas que carecen de la movilidad completa en sus cuerpos.

El astro rey cae, pero la noche no se hace presente en Tokio. Los ciudadanos me hablan de un país que ha sido destrozado, pero nunca se ha rendido. Así el futuro se construye a diario gracias al “espíritu renovado” del sol naciente.

Un programa para latinoamericanos

El viaje a Tokio, Japón es parte del “Programa de invitación a los Nikkeis en América Latina para profundizar su entendimiento sobre Japón”, lo organiza el Ministerio de Relaciones Exteriores de Japón.

Este proyecto tiene como objetivo hacer conocer mejor a los nikkeis (emigrantes japoneses y sus descendientes) de América Latina el actual Japón. La iniciativa cuenta con el respaldo del Gobierno nipón, como parte de la gira que efectuó el año pasado el primer ministro de Japón, Shinzo Abe, por esta región. Los becarios son puente entre la nación asiática y su país de nacimiento.

Esta beca incluye citas con el premier, Shinzo Abe; con el ministro de Economía, Comercio e Industria, Yoichi Miyazawa; con el parlamentario viceministro de Relaciones Exteriores, Takashi Uto; con la Liga Parlamentaria Japón-América Latina; con el director general, Yasushi Takase, y el director de la División Sudamericana, Tetsuya Otsuru, ambos del Despacho de Relaciones Latinoamericanas y Caribeñas del Ministerio de Relaciones Exteriores de Japón.

En el programa 2015 hubo representantes de Bolivia, Colombia, Argentina, Chile, República Dominicana, Paraguay, Brasil, Perú y México.

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