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Coroico tiene un sueño muy alto parapente

A partir de un festival internacional, el municipio se prepara para organizar un encuentro mundial.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández Ríos

00:00 / 07 de agosto de 2019

Jorge Salinas confiesa que se encuentra muy emocionado. Aunque el vehículo no le ha llevado hasta la rampa de despegue de la comunidad Paco —en las faldas del cerro Uchumachi—, ha decidido caminar los 150 metros de una pendiente de tierra para llegar a uno de los puntos más altos del pueblo y, de esa manera, lograr su anhelo: hacer parapente en Coroico, en un festival al que asistieron deportistas extranjeros.

“Queremos diversificar la oferta turística con deportes de aventura, porque soñamos con un mundial de parapente en nuestro municipio”. José Rodríguez, director de Turismo y Culturas del Gobierno Autónomo Municipal de Coroico, ha estado ocupado desde hace tres meses. Llamadas telefónicas, correos electrónicos y reuniones han formado parte de su agenda, que culminó con el Primer Festival Internacional de Parapente, que se llevó a cabo entre el 13 y el 16 de julio, con la asistencia de bolivianos, peruanos, chilenos, franceses, argentinos y un qatarí.

El parapente es un deporte que surgió en Francia a inicios de los años 80, cuando unos paracaidistas volaron en los Alpes con equipos modificados con el fin de prolongar la caída libre y aprovechar la actividad térmica de la zona. Esos saltos fascinaron a los montañistas, por lo que hicieron más cambios hasta obtener un ala capaz de resistir pendientes fuertes y planear fácilmente distancias largas.

Después de que en 2018 se realizara Tunkipente —un festival en el que participaron deportistas bolivianos—, la intención este año era conseguir que gente de otros países volaran por el cielo coroiqueño.

El invierno no llega a la capital de la provincia Nor Yungas. Con una temperatura de aproximadamente 20 grados Celsius, el pueblo amaneció, el sábado 13, más inquieto que otros días, pues además de los visitantes nacionales y extranjeros, una caravana de vehículos cargados de mochilas enormes llega a la plaza Manuel Victorio Lanza, ubicada a 1.782 msnm.

No se quedan ahí por mucho tiempo, ya que casi de inmediato preparan sus equipos para subir el cerro Uchumachi (1.979 msnm). Casi todos suben en vehículos, aunque los más osados atraviesan gradas y calles empinadas hasta arribar a la parroquia Nuestro Señor del Calvario, desde ahí se debe subir aproximadamente 150 metros más para llegar al lugar donde la Alcaldía ha creado una pista de despegue exclusivo para parapentismo.

En la explanada, lo primero que llama la atención es el horizonte de cerros llenos de vegetación, con un río que se abre espacio entre las moles gigantes y caminos que terminan en pueblos pequeños. De a poco, vehículos cargados con mochilas grandes se detienen en Uchumachi, ante la curiosidad de los vecinos que han llegado para observar el espectáculo.

Sin dejar de sonreír y conversar entre ellos, los deportistas abren sus mochilas para preparar el equipo que les permitirá volar. Primero sacan el casco, que resiste velocidades intensas; luego el arnés y los mosquetones, que sujetarán al individuo, y después un radio transmisor para comunicarse. Luego viene el planeador, una especie de ala hecha de tela en apariencia delgada y liviana, con varias cuerdas delgadas que confluyen en la silla de vuelo.

“Estoy feliz de estar aquí, en un lugar maravilloso, perfecto para la práctica del parapente”. Con un planeador que tiene los colores de la bandera de su país, el chileno Daniel Araya ha llegado a Coroico con seis de sus compatriotas, mientras que el cusqueño Carlos Huamán visitó el país con otros cuatro peruanos.

Espere…

“Tenemos un desnivel desde la cota  4.000 (en la partida de la comunidad Paco) hasta la cota 2.000, que es donde vamos a aterrizar (en la comunidad San Joaquín), en una longitud de aproximadamente cinco kilómetros. Son las condiciones ideales para un planeo uniforme”. Sin dejar de mirar el horizonte y señalando un descampado en las orillas del río Coroico, Marco Aruquipa —parapentista con 19 años de experiencia— describe cuáles son las características del vuelo.

Si bien durante este tiempo ha hecho más de 7.000 vuelos, Aruquipa confiesa que continúa sintiendo la misma emoción que la primera vez. “Esa emoción se mitiga cuando estás en pleno vuelo, cuando pasas del miedo a la adrenalina y luego a la incertidumbre, que se convierte en felicidad y libertad porque rompes las limitaciones de tu humanidad”, explica.

Nada debe quedar al azar. Cada participante arma un plan de vuelo, que empieza con la preparación del equipo, análisis de las condiciones del tiempo, la trayectoria del vuelo, visualizaciones, aproximación y aterrizaje. Eso lo sabe muy bien Salinas, quien después de 10 minutos de caminata y 20 kilos de peso en su mochila llega a la pista de despegue.

La manga de viento está extendida, lo que quiere decir que se puede volar. Empieza el boliviano Víctor Farfán, quien practica este deporte desde hace 13 años. Lo hace de tal manera, que su vuelo se asemeja a una pluma que danza en el cielo. Entre caras de asombro y fotos de celular de los espectadores, los demás deportistas comienzan a planear. Salinas aborta el vuelo en tres ocasiones, pero la cuarta es la vencida. En medio del cielo, con unas cuerdas que sujetan el cuerpo, el parapentista se convierte en un ave más que cruza los cerros yungueños.

Todos se acercan a la meta —un círculo  grande con un punto en medio—, aunque  Aruquipa (con un biplaza) y Jaime Cuevas (monoplaza) son los que ganan la competencia. Rodríguez luce contento. El festival ha sido un éxito. Por ello habla del sueño de organizar, a mediano o largo plazo, un mundial de parapente.  Aruquipa está animado, aunque también es prudente y sugiere más tiempo para organizar un torneo con esas características. “El año pasado habilitaron la rampa de despegue y el campo de aterrizaje y hubo buenos resultados, pero no puedes ir del uno directamente al cinco. Hay que avanzar de a poco hasta levantar vuelo”.

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