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Cuentos contra el cambio climático

Para los jóvenes del campo el leque-leque es un ave capaz de anunciar la lluvia anticipadamente.

La fotografía muestra uno de los trabajos realizados por los estudiantes en el área rural. foto: Álex Ayala

La fotografía muestra uno de los trabajos realizados por los estudiantes en el área rural. foto: Álex Ayala

La Razón (Edición Impresa) / Álex Ayala

00:00 / 17 de mayo de 2015

Según Josué, cuando aparece un arcoíris grande deja de llover y, cuando aparece uno minúsculo, debe- mos prepararnos para afrontar una tormenta.

Antonia dice que hace muchísimos años los hombres cultivaban juntos y se cooperaban, pero luego —añade— la tierra se volvió muy árida y todos lloraban porque no había con qué alimentarse. Jonás nos cuenta la vida de un árbol feísimo que no tenía ni siquiera hojas para adornar sus ramas. Marisol, la de un agricultor que se transforma en uno de los más dulces de su comarca tras un negro periodo en el que maltrataba a las plantas. Y Sony nos comparte la leyenda de una taza y un gran cucharón que ayudaban a calmar la sed casi al instante.

Josué, Antonia, Jonás, Marisol y Sony tienen mucho en común: son estudiantes de poblaciones rurales de Oruro y de Cochabamba afectadas por el cambio climático: por las sequías, las heladas, los diluvios y las granizadas. Además, son cuentacuentos: los custodios de los recuerdos de nuestros mayores, los Sherezades del siglo XXI, los escribidores que nos recuerdan lo importante que es escuchar a nuestros awichos —a los más ancianos de cada provincia— para aprender de sus fallos y sus aciertos. Y han tenido el privilegio de formar parte de “Me lo contó mi abuelo”, un proyecto auspiciado por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura y la Unión Europea que trata de recuperar (y de preservar) los saberes de nuestros ancestros.

“La tristeza de la humanidad”

La mirada de un niño es siempre desprevenida y única. En el libro Casa de las estrellas —un hilarante “diccionario” colombiano del profesor y antropólogo Javier Naranjo—, Diego Giraldo, de ocho años, dice que el sol es “el que seca la ropa”; Natalia Bueno, de cinco, que la iglesia es “donde uno va a perdonar a Dios”; Miguel Ángel Múnera, de seis, que “Dios tiene bata, chanclas y corona en la cabeza”; Wálter de Jesús, de diez, que un universo es “un concurso de reinas”; y Simón Peláez, de 11, que el colegio está repleto “de mesas y sillas” aburridísimas. En el altiplano, los valles y la Amazonía de Bolivia, a menudo, el campo es la escuela y la escuela, el campo; y sus habitantes más jóvenes, los que observan todo con los mismos ojos vírgenes que sus pares colombianos (y la punta de lanza de la cruzada diaria en contra de los elementos).

Con relatos con títulos tan singulares como líricos —“La reunión de los alimentos”, “El leñador malvado”, “La luna que anuncia el tiempo”, “La tristeza de la humanidad” o “Al ver al búho la gente muere”—, estos muchachos y muchachas criados en viviendas pequeñas que huelen a leña y a barro prensado nos enseñan a proteger el bosque, a interpretar las señales de la naturaleza y a fomentar prácticas saludables para el planeta. Lo hacen a través de la palabra escrita, quizá para crear memoria, para que nadie olvide.

Para transmitir toda la experiencia acumulada gracias al contacto directo con la Pachamama, algunos escogieron el papel como soporte —y cuando su trabajo estaba listo lo adornaron con cintillos coloridos elaborados con telas tradicionales que tejieron sus madres mientras esperaban pacientemente cada jornada a que salieran de clase—. Otros armaron cuadernos coquetos con cartulinas dobladas. Hay quien fabuló a través de dibujos con pinta de jeroglífico realizados sobre piedras chicas. Y en una comunidad se animaron a escribir sobre cueros de oveja con texturas similares a la del papiro árabe.

Según Einstein Tejada, uno de los responsables de dar for- ma a la iniciativa, en algunos puntos de nuestra geografía los niños aprenden a leer los bioindicadores antes que a montar en bicicleta. Para ellos, el leque-leque es un ave capaz de anunciar la lluvia; algunos arbustos, una especie de calendario que les lleva a escoger el momento ideal para iniciar la siembra; y los animales asustados, un mal augurio. Para ellos todo lo que nos rodea es un acertijo, y con sus textos intentan concientizar y evitar tragedias.   

Una de estas historias íntimas narra la odisea de un remoto pueblo en medio de la nada donde creían que la prosperidad llegaría a la par de la carretera.

Pero cuando el asfalto alcanzó las primeras casas lo que ocurrió es que se vació rápidamente. Otras hablan sobre insectos, astros o buenas costumbres. En algunas el entorno es como un museo pero al aire libre: una escenografía gigantesca que nos llena de conocimientos. Y la mayoría —en lugar de dormirnos como lo haría un cuento de Disney— nos despierta. 

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