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Dakar en dos ruedas

Sorata volvió a encantar con el Jach’a Avalancha, una competencia de ciclismo de montaña

Dakar en dos ruedas.

Dakar en dos ruedas.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernádez / La Paz

11:47 / 19 de diciembre de 2016

Las bicicletas bajan de manera rauda por el cerro que une la cumbre con el valle de Sorata. El camino se torna difícil, primero por la neblina espesa acompañada de un intenso frío y, segundo, por el terreno escabroso, cubierto de pequeñas piedras que unidas forman una gran alfombra sólida, con una senda apenas perceptible, digna de un rally Dakar, aunque en esta ocasión sin motores ni cuatro ruedas.

De esa manera se vivió el inicio de la decimosexta versión del Jach’a Avalancha, que este año hizo vibrar a la población del municipio paceño de Sorata (provincia Larecaja) el sábado 26 y domingo 27 de noviembre, con un desafío que implicaba descensos vertiginosos, caídas constantes, caminatas y, sobre todo, mucha aventura.

  • Fotos: Marco Aguilar, Cristhian Cazas

Esta prueba fue inaugurada hace 16 años gracias a Travis Gray, un estadounidense que llegó a Bolivia por motivos de trabajo y que quedó prendado de esta tierra, en especial del valle sorateño.

Federico Fortún, actual organizador de la competencia en dos ruedas, cuenta que el estadounidense es un aficionado a los deportes extremos, así que al conocer Sorata se dio cuenta de su potencialidad para desarrollar una actividad ciclística. Casi de inmediato abrió senderos para trazar una ruta, con lo que organizó la primera competencia, que se diferencia de las demás porque todas la bicis salen al mismo tiempo desde la partida, en un descenso lleno de emoción por el piso escabroso y por las máquinas casi sin frenos.

La partida de los competidores en la cumbre tiene parecido a una gran masa de nieve que se desprende de los cerros de manera violenta y estrepitosa, es decir como una gran avalancha. De esa manera surgió el nombre de la carrera (Jach’a Avalancha), que cada gestión reúne cada vez a más participantes.

Hace tres años, no obstante, Travis debía retornar a su país y dejar de organizar la prueba en su Sorata querida. En ese ínterin aparecieron los encargados de Gravity Assisted Mountain Biking, una empresa nacional especializada en descensos de montaña con bicicleta. La negociación entre partes no fue larga, pues el principal objetivo era mantener vigente la aventura que desde un principio gustó a los aficionados del ciclismo de montaña.

La organización de este tipo de competencias es complicada, ya que los encargados trabajaron este año con tres meses de anticipación para asegurar el éxito de la prueba, que ahora cuenta con el apoyo del Gobierno Autónomo Municipal de Sorata, además de los vecinos del pueblo y de comunidades cercanas, conscientes de las ventajas que les puede traer el turismo y los servicios que ofrecen durante esos días. “Lo que se pretende es que Sorata se identifique con el turismo”, afirma Cristhian Cazas, otro responsable de la organización de la competencia deportiva.

El sábado 26, desde muy temprano, varios buses recorrieron los más de 150 kilómetros que separan la sede de gobierno de Sorata, aunque en esta ocasión se quedaron en la cumbre, ubicada entre Achacachi y Sorata, sector donde los ciclistas prepararon sus máquinas para comenzar a formar su propia hazaña.

Al mediodía, la neblina aún dominaba la parte alta de la cumbre, así que los visitantes no pudieron observar el Illampu, el nevado que parece el protector eterno de Sorata. Con un fondo completamente blanco y con una temperatura menor a los cuatro grados, los deportistas se acomodaron detrás de un cintillo rojo. “Tres, dos, uno...”. El tiempo parecía detenerse antes de la ansiada largada. Por fin, después de unos segundos interminables, todos los ciclistas bajaron como una ola incontenible. Algunos tramos tienen huella para seguir; en cambio, en otros no se ve nada, entonces se debe apelar a la memoria o al instinto para continuar la carrera. De un espacio amplio y plano se pasa repentinamente a lugares angostos, donde incluso se pasa cerca de precipicios. A medida que se desciende va cambiando el panorama, de piedras y campo estéril con un poco de paja brava, el camino cambia a caudales de ríos donde crece la vegetación. La sensación de frío intenso se transforma en humedad y calor cuanto más se baja, hasta llegar por encima de los 25 grados en el puente colgante San Cristóbal, cerca del municipio de Sorata.

Esta modalidad de ciclismo de montaña no solo se trata de descenso, sino que incluye ascensos por lugares agrestes, que ocasionan que cada competidor se detenga, cargue la bicicleta y continúe un tramo a pie, con tal de completar el recorrido en el menor tiempo posible.

El domingo, la prueba comenzó en cercanías de las comunidades donde hay minas, a dos horas en bus desde el centro de Sorata, que se caracterizan por estar en un lugar más alto, rocoso y con mucho más frío, y que, si el visitante tiene suerte, puede contemplar el sobrevuelo de cóndores. La competencia es complicada, con bajadas y subidas, que se completa en cercanías del cementerio, donde se lleva a cabo una entrada simbólica al pueblo, con descensos por gradas interminables y se atraviesa una rampa en la plaza principal, allí la gente aplaude a los deportistas, quienes a pesar de estar agotados emplean sus últimas fuerzas para culminar la ruta.

Durante dos días, Sorata se transforma en lugar perfecto para practicar ciclismo de montaña, con temperaturas extremas, rutas complicadas en las que la caída y la levantada, como la vida, son normales, y donde se vive un Dakar sobre dos ruedas.

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