Escape

Dejar todo y largarse

Wicho es oriundo de Ciudad Juárez, el lugar donde muy probablemente comenzó a joderse México

Wicho (Luis), 27 años, dueño de algunos semáforos en las ciudades que visita.

Wicho (Luis), 27 años, dueño de algunos semáforos en las ciudades que visita. Foto: Álex Ayala Ugarte

La Razón (Edición Impresa) / Álex Ayala Ugarte

00:00 / 23 de noviembre de 2014

La luz del semáforo, en verde para los peatones. Los autos, como búfalos antes de una estampida. El asfalto hierve, vibra. Y Wicho, tocado con un gorro enano de mariachi que lo identifica como mexicano y con una nariz chata de payaso que le ilumina la cara, se desespera y hace muecas para que una joven de pelo largo, cuerpo menudo y no más de 20 años le tire bola y acepte su antebrazo para cruzar la calle. La muchacha apura el paso y trata de llegar a la otra acera sin aferrarse a él ni perder el ritmo ni la elegancia, con el cuello estirado hacia delante, como las gallinas cuando caminan, y la mirada perdida de los condenados a muerte. En el siguiente intento, Wicho le pone más empeño, tiene algo más de suerte con una señora que le sonríe, y recibe unas moneditas.

La luz del semáforo, en rojo como un sol naciente. En su mochila de batalla, Wicho, que se ve a sí mismo como un artista nómada, transporta lo mínimo (una vida a cuestas): unos aros de colores para hacer malabares frente a las vagonetas y los minibuses, unos guantes para proteger las manos, su sombrero minúsculo, que compró aquí mismo, en La Paz, en mitad de la avenida Buenos Aires, un traje con tirantes y colores desgastados que le regaló un clown que ya no lo necesitaba, una polera blaugrana con el número 17 que dice “zapatería El Negro”. Antes, Wicho llevaba además pelotas —“porque son pesadas y no vuelan con el viento”, me aclara— y el instrumental necesario para botar fuego: combustible, un encendedor y, a veces, unos trapos viejos. Pero ya no. “La gasolina te enferma, te quema por dentro poco a poco, los pulmones, el organismo”.

La luz del semáforo, nuevamente en verde, pero esta vez para los carros, que hacen sonar sus claxon para abrirse sitio. Wicho pasa aquí unas seis horas al día. En una buena jornada hace entre 200 y 300 bolivianos —entre 30 y 45 dólares al cambio—, lo suficiente para pagarse el alojamiento, que comparte con un colombiano, y la comida. Su fortuna depende de personas a las que seguramente no volverá a ver nunca: de rostros somnolientos, de rostros amargados, de rostros risueños, de rostros agradables, de rostros complicados. “Pero yo no vengo acá por la plata —me explica—, sino para divertirme. Disfruto muchísimo de la sátira: mostrar emoción ante los más callados, imitar a los que siento tristes, jugar con todo el mundo. Y trato de estar en constante movimiento. Mi show es bastante rápido: una peli que dura únicamente unos segundos”. 

Wicho es oriundo de Ciudad Juárez, un lugar en el que la historia se escribe con sangre y a sangre entra, un difícil territorio de frontera en el que muy probablemente comenzó a joderse México. Allí estudiaba Psicología y se ganaba el pan como pinche de cocina y como mesero. Allí fue testigo del surrealismo macabro que hoy invade titulares en los periódicos y en los portales de noticias. Allí, sin salir siquiera de su propio barrio, presenció un sinfín de situaciones violentas —“a veces, dormía con el sonido de fondo de las balaceras”, recuerda—. Allí, a los veintipocos años, decidió dejar todo y largarse.

De costa a costa

Durante una larga temporada (casi un lustro), Wicho recorrió su país de costa a costa. Aprendió malabarismo y mímica gracias a otros colegas que lo colaboraban. Después, tomó un avión que lo dejó en Colombia. Atravesó Ecuador y Perú. Y cuando estaba rumbo al Mundial de fútbol de Brasil, llegó a La Paz y cambió de planes repentinamente. Hoy, en su semáforo de la zona Sur, que se acaba de poner en ámbar y parpadea, es el dueño y señor, el mero mero. “No me gusta compartirlo porque prefiero ser el centro de atención, tener mi propio espacio, robarme el espectáculo”, se confiesa.

En el pequeño universo que suele instalarse en torno a los semáforos hay a menudo una fauna muy dispar en efervescencia: vendedores de periódico, indigentes, mochileros trashumantes, chiquitos que en menos de un minuto son capaces de “lavar” con agua ocre las lunas delanteras de los vehículos. Y mientras serpentea de un lado para otro de la calzada —a veces solo, a veces rodeado de todos ellos—, Wicho ha aprendido a darse mañas incluso para seducir a las chicas tímidas, que bajan la cabeza cuando las observa. “Conocí a muchas en esquinas como ésta —me dice—, metiendo un poquito más de sabrosura a mis movimientos”.  A tantas que ya ha perdido la cuenta.

Según el periodista Ander Izagirre, “el caminante elimina siempre lo superfluo”. Y Wicho, que ha convertido su manera peculiar de andar en parte de su propio oficio, cuenta que cada vez que se mueve a un nuevo destino suele desprenderse mayormente de ropa. Entre lo que no dejaría nunca, hay una foto de su madre. “De la jefa”, bromea, y luego me mira y asegura que ella se preocupa mucho cuando no la llama por teléfono.

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