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‘Desastres patrimoniales’

Incendios, terremotos y guerras han devastado espacios que implicaron pérdidas mucho más valiosas que lo material: el legado cultural.

La Razón (Edición Impresa) / Miguel Vargas, con datos de AFP, El Español, unesco.org, retve.es y

02:44 / 12 de septiembre de 2018

Ya no queda nada de Luzia, “la primera brasileña” que vivió hace más de 12.000 años en el actual territorio carioca. Este recuperado esqueleto de una mujer joven hallado en una cueva en el estado de Minas Gerais (Brasil) se perdió en un incendio que arrasó con el Museo Nacional de Río de Janeiro el domingo 2, convirtiendo en cenizas el mayor repositorio de historia natural y antropológico de América Latina. Se perdieron más de 20 millones de piezas —incluyendo a Luzia— y una biblioteca de más de 530.000 títulos.

Los siniestros, desastres naturales y guerras han causado incontables daños a la cultura. “A lo largo de la historia, el número de grandes obras perdidas ha crecido de forma alarmante. Es increíble, pero de las siete maravillas del mundo antiguo solo se salvó la pirámide de Giza. En cambio, quedaron devastados los jardines colgantes de Babilonia, el templo de Artemisa en Éfeso, la estatua de Zeus en Olimpia, el mausoleo de Halicarnaso, el coloso de Rodas y el faro de Alejandría”, expone el investigador venezolano, experto en la historia del libro, bibliotecas y patrimonio Fernando Báez, en El Español.

Un mítico primer desastre patrimonial es la destrucción de la Biblioteca de Alejandría. Creada tiempo después de la fundación de esa ciudad por Alejandro Magno en 331 a.C., tenía un objetivo ambicioso: compilar las obras producidas por el ingenio humano, incluyendo textos de todas las épocas y todos los países, en una especie de colección del saber universal, retrata el portal de National Geographic en español. Según esta publicación, a mediados del siglo III a.C., bajo la dirección del poeta Calímaco de Cirene, la biblioteca poseía cerca de 490.000 libros, una cifra que dos siglos después habría aumentado hasta los 700.000, según Aulo Gelio. La primera destrucción de este repositorio se remonta al año 47 a.C. En la guerra entre los aspirantes al trono de Egipto, el general romano Julio César, que apoyaba a la reina Cleopatra, fue sitiado en el complejo palacial de los Ptolomeos, donde estaba la biblioteca de los “Libros regios”. César se defendió, aunque un incendio en el arsenal llegó hasta la sección que guardaba los libros del palacio. Según la historia, el fuego consumió en ese entonces unos 40.000 rollos de papiro. Con el paso de los años, nuevos ataques a la ciudad y la llegada en escalada de la censura por parte de movimientos cristianos fueron carcomiendo la biblioteca, sobre todo contenidos filosóficos y religiosos considerados “paganos”. En 415, la filósofa y científica Hipatia de Alejandría murió a manos de una horda de monjes cristianos instigados por el patriarca Cirilo y con ella se extinguió también su valiosa biblioteca. Poco a poco, los estantes fueron vaciándose. Y el golpe de gracia —señala National Geographic— llegó en 640, cuando el Imperio bizantino fue invadido por los árabes, perdiendo Egipto. Un ejército musulmán comandado por Amr ibn al-As conquistó Alejandría, quien, según la tradición, habría incendiado la Biblioteca cumpliendo una orden del califa Omar. “Si esos libros están de acuerdo con el Corán, no tenemos necesidad de ellos, y si éstos se oponen al Corán, deben ser destruidos”, habría dicho el líder. Sus órdenes se obedecieron.

De estos centros de conocimientos del mundo antiguo ya no quedan vestigios. Ni una sola biblioteca se preservó para el siglo V; ni la de Alejandría, ni la de Pérgamo. El fuego del volcán Vesubio arrasó con las ciudades de Herculano y Pompeya, hoy quedan solo sus cenizas. Ni siquiera las de Roma se mantuvieron activas.

Báez señala más piezas de arte y de conocimiento que han sido destruidas por el hombre o por desastres naturales, como la mitad de la literatura china. “El terrible incendio del palacio Yuan Ming Yuan (Jardines del Perfecto Resplandor) en China fue acompañado por miles de bienes destruidos y hoy se estima que fueron robadas 1 millón y medio de obras que se dispersaron por 2.000 museos en 47 países. Durante la guerra étnica contra sus adversarios, los serbios arrasaron con 188 bibliotecas, 1.200 mezquitas, 150 templos católicos, 10 iglesias ortodoxas, cuatro sinagogas y más de 1.000 monumentos culturales. El fresco Hombre en la encrucijada (1933), de Diego Rivera, encargado para el nuevo edificio de la RCA en el Rockefeller Center de Nueva York, fue destruido poco después de su realización porque contenía un retrato de Lenin”.

En estos casos, las pérdidas van mucho más allá de los montos económicos —se habla siempre de “daños incalculables”—, pues afectan a la memoria de los pueblos. Por ello es alarmante saber que la mitad de las obras del Museo del Prado fueron devoradas en el incendio que destruyó el Alcázar de Madrid (España) en 1734. Se perdieron 500 pinturas de maestros como Leonardo da Vinci o Rubens, recuerda Báez. El bombardeo del Museo Káiser Federico de Berlín (Alemania), en 1945, provocó la destrucción de 415 pinturas de grandes artistas como Caravaggio. “Cada semana, un iconoclasta se propone eliminar una obra con la que se obsesiona, como lo hizo en la antigüedad Eróstrato, el destructor del templo de Artemisa”.

En las últimas décadas, los monumentos sirios han sido objeto de ataque por parte del grupo terrorista Estado Islámico, provocando pérdidas denunciadas por organizaciones internacionales como la Unesco. Para el periodista especializado en el mundo arabo-islámico Rodrigo Isasi Arce, “la destrucción del patrimonio supone también una pérdida de identidad personal (documentos de identidad) y nacional. El patrimonio inmaterial tiene una importancia muy grande en lo referente a la construcción del concepto de identidad nacional. La destrucción del mismo tiene unas consecuencias futuras nefastas en la cohesión social de un pueblo o una región”.

En los últimos años también hubo pérdidas importantes: el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York (11 de septiembre de 2001) implicó también la desaparición de obras dentro de los edificios: clásicos de Joan Miró, Masuyuki Nagare, Louise Nevelson y Alexander Calder, además de 1.113 obras de escultura y pintura de Alex Katz, Bryan Hunt, Wolf Kahn, Jacob Lawrence. “En Iraq desaparecieron 1 millón de libros y miles de piezas de arte antiguo y moderno tras la invasión de Estados Unidos. Afganistán ha perdido el 60% de sus pueblos y patrimonios culturales en la lucha, primero del talibán, y ahora debido a la cacería del grupo terrorista Al Qaeda en su territorio. Pasa también en Siria, Mali y Yemen”, agrega Báez.

Para paliar estos daños, la Unesco tiene convenciones para proteger el patrimonio material e inmaterial en caso de conflicto armado o de pillaje y tráfico ilícito. Es así que despliega misiones de expertos para evaluar los daños y preparar medidas de urgencia, contando con la cooperación internacional. Así ha intervenido en el terremoto en el Valle del Po (Italia), en los ataques al patrimonio de la ciudad de Gadamés (Libia), y la profanación de los mausoleos de Tombuctú (Malí).

En Bolivia también hubo peligro de pérdida de bienes culturales que han sido protegidos por civiles: el 12 de febrero de 2003, el equipo de seguridad del Vicepresidente y un heroico grupo de estudiantes de Historia de la UMSA salvó la Biblioteca y Archivo del Congreso de un incendio provocado por los disturbios del hoy denominado Febrero Negro.

Sucesos como el de Brasil significan un daño irreversible a la memoria del mundo y exigen que se tomen medidas para prevenir desastres futuros. “Sin humildad, sin perseverancia, sin voluntad, las consecuencias de tanto abandono serán irreversibles porque en cien años la catástrofe cultural de la humanidad nos dejará ante generaciones amnésicas, partidarias lúdicas de la clonación del pasado como entretenimiento en fase hacia el control de sistemas pospolíticos dependientes de la automatización tecnológica y el espionaje absoluto mientras en el poder se mantendrán élites inaccesibles cada vez más inescrupulosas, corruptas y manipuladoras del pasado, el presente y, por supuesto, el incierto porvenir que nos aguarda”, concluye Fernando Báez.

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