Escape

Dieter Montes de Oca

Se inició con el bowling cuando este deporte aún estaba en pañales en el medio, pero se vio obligado a abandonarlo por sus estudios y tras haber sufrido una lesión en el hombro. Amante de los bolos.

La Razón (Edición Impresa) / Selene Pinto

00:00 / 05 de abril de 2015

Hace tres décadas, Dieter Montes de Oca ingresó por primera vez al único bowling de la ciudad de La Paz, conocido en ese entonces como el “boliche de la Arce”. Tenía tan solo 18 años y el estruendo causado por los pinos impactados por las bolas, la concentración de los jugadores consuetudinarios y la idea de disciplinarse, en un deporte en el que el contrincante es uno mismo, lo apasionó por completo.

Así durante mucho tiempo se enamoró del juego, sin embargo por sus estudios en construcción y una lesión de hombro tuvo que renunciar al bowling, a pesar de que había ganado varios trofeos.

Pero hace un año y medio se reencontró con este amor que creía perdido. “Este deporte se transformó con el paso de los años por la tecnología. Antes se aceitaban las pistas con ‘chisguetito’, pero ahora hay máquinas aceitadoras automáticas”, compara Dieter. No fue un gran problema adiestrarse con los nuevos retos de bolas hechas con novedosos materiales, pistas sintéticas que reemplazaron a la madera, máquinas y los diferentes patrones de óleos para la trayectoria de la esfera. Así retomó la práctica disciplinadamente y después de un año y medio tendría recompensa.

Todo jugador de boliche aspira a realizar un juego perfecto, un reto poco probable, porque implica derribar diez pinos en su solo golpe en 11 lanzamientos, lo que se conoce como un strike (chuza). Así una tarde de octubre en pleno entrenamiento, Dieter tuvo una sorpresa.

“Ese momento fue una experiencia perfecta en la que todos los factores jugaron a mi favor: escogí la bola adecuada, estaba en la pista correcta, usé la fuerza exacta e incluso tuve un golpe de suerte que convirtió un mal tiro en un strike. Era un juego perfecto ante mis ojos”, explica el jugador.

Luego de la séptima chuza consecutiva, empezaron sus nervios: “¡Mi décimo lanzamiento, ni te cuento!”, contó mientras golpea su frente con la palma. La última casilla del marcador, durante el juego, tenía un espacio en blanco precedido por once chuzas. Con el balance perfecto, en armonía entre su cuerpo y mente, lanzó “la verde” —una bola de 15 libras— que resbaló por la pista girando en el momento preciso para golpear los pinos en el lugar adecuado. El resultado fue otro strike que sacudió los diez pinos para cerrar la última casilla vacía, haciéndolo dueño del primer y único juego perfecto en la ciudad de La Paz hasta el día de hoy.

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