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Dubái, el Wall Street asiático

En medio del desierto emerge el edificio más alto del mundo, el Burj Khalifa (828 m de altura). La ciudad ostenta además otros récords.

La Razón (Edición Impresa) / Iván Orellana F.

00:00 / 18 de mayo de 2014

No había sido cuento. Existe un punto en nuestro planeta donde se concentran muchos récords Guinness, porque los desafíos y realizaciones laten y se sienten hasta en los poros. Dubái es uno de los lugares turísticos más visitados y por lo que he encontrado me siento privilegiado. Al otro lado del mundo, los Emiratos Árabes Unidos (EAU) pueden ser considerados de esos países denominados del primer mundo.

Al visitar su capital me propuse hacer un recuento de lo vivido, porque —como muchos— solo sabía por la prensa que existía un país tan rico, tan creativo y con tanto contraste. Esta visita no solo renueva mi espíritu, sino que me permite admirar la tenacidad de otras culturas.

Ya tenía referencias de Dubái, pero me considero afortunado el poder conocer la Nueva York del nuevo milenio, que se caracteriza por su liderazgo arquitectónico en sus construcciones. Aquí se levantó el rascacielos más alto del globo, el Burj Khalifa, tiene 828 m de altura y consta de 163 pisos, alberga al hotel Armani, tiene residencias de lujo, suites corporativas, un mirador y otras dependencias.

No cabe duda que se hace inspirador llegar a estos confines, porque la creatividad humana parece no tener límites. Uno se pregunta cómo en pleno desierto —donde hace 20 años, no es mucho tiempo, solo se veía una ciudad en medio de una geografía árida y hostil—, se pudo construir un oasis del mundo contemporáneo. Ese milagro se posó ahí gracias a la riqueza que genera el petróleo.

La verdad, pensé que era una metrópoli más grande, en el entendido de que cuenta con dos millones de habitantes. Un dato que llama la atención es que aproximadamente el 50% de la población es extranjera, principalmente de India, sobran los inversionistas.

De entrada, lo desértico del lugar llena los ojos, hay tonalidades diferentes en ese universo que es el que decora el Golfo Pérsico. Por supuesto que observé una tormenta de arena que, entiendo, es normal y habitual para sus habitantes.

Sus servicios públicos, principalmente el transporte, es organizado, con vías anchas y modernas. Casi no se ve gente caminando por las calles porque el metro conecta gran parte de la ciudad y sus estaciones están instaladas en gigantescos centros comerciales y de negocios. Sencillamente el metro es una serpiente —incluso está decorado con escamas— que devora o vomita a los pasajeros.

Este medio de transporte no cuenta con un humano que lo conduzca, todo su funcionamiento está automatizado ¿Esto no es algo que valga la pena contar?

El metro recorre 70 kilómetros y pasa por 47 estaciones y para sus dos líneas, la roja y la verde. Se calcula que transporta 1,2 millones de pasajeros por día. Es la red automática de metro más larga del mundo. Otro récord.

El Burj Khalifa ciertamente es un ícono arquitectónico en pleno centro financiero dubaití, el autor del diseño es el estadounidense Adrian Smith y la ejecución del complejo llegó a costar algo más de mil millones de dólares. Estar al pie de semejante “travesura” llena los ojos de cualquier ser humano y se queda grabado en la retina. No en vano se tardó seis años en su construcción. Su forma se asemeja a la flor llamada hymenocallis, porque su base tiene forma de Y.

Por supuesto que son muestras de los récords mundiales en este país gobernado por una monarquía constitucional y que genera importantes recursos económicos por la actividad turística que cada año ponen en marcha siete millones de visitantes. Ante esa demanda, los elementos sofisticados parecen ser el pan de cada día.

Dubái es el séptimo punto del planeta más visitado. El primer puesto lo ocupa Bangkok, en Tailandia, con más de 15 millones de visitantes, luego están Londres, París, Singapur, Nueva York,  Estambul y Dubái.

Esa posición encarece el costo de vida y con relación a la economía boliviana el precio de una gaseosa es de tres a uno y por una hamburguesa se paga cuatro veces más. Y hay ofertas de gran lujo como una suite en “el único hotel de siete estrellas del mundo” y que fue edificado en Dubái, el Burj Al Arab, o en el hotel más alto del mundo, el Jw Marriot Marquis, que tiene 355 m de altura y 72 pisos, con el agregado que se trata de dos torres.

En el Burj Al Arab se sirve el cóctel más caro del planeta, cuesta 7.400 dólares. La Pal Juneirah es la isla artificial más grande del globo, tiene forma de palmera; recibe visitantes desde 2008. Se construyó en siete años. Otra atracción es el acuario del Dubái Mall, el centro comercial más grande del orbe. A las marcas ya mencionadas se pueden sumar los fuegos artificiales que cubrieron una longitud de 2,94 kilómetros cuando recibieron 2014; las pistas del Sky Dubai, que tiene de área de prácticas superior a los 20.000 metros cuadrados y es parte del Mall of the Emirates; la fuente de agua de Dubái que lanza agua a 150 metros y es iluminada con vistosas luces multicolores.

Dubái tiene una topografía llana, con amplias y modernas avenidas, y edificaciones de reciente data que se construyeron desafiando al crecimiento urbanístico. La gente que espera el transporte tiene acceso a cabinas climatizadas, porque el calor en promedio llega a los 40 grados durante el verano.

El desafío a la naturaleza hostil también llama la atención, porque hay arena en todo lado, y solo es posible convivir con las plantas y árboles gracias a un sistema de riego sostenible. De ahí que las palmeras, jardineras y césped son asistidas con agua a través de mangueras especiales importadas de España.

Todo ese aire moderno y cosmopolita contrasta con las tradiciones en el emirato, los habitantes respetan su vestimenta, la kandura —que es una túnica— y el turbante; las mujeres ocultan sus cuerpos en las burkas. Las casadas, si acaso su esposo decide, pueden mostrar más allá del rostro, las manos por ejemplo.  

A una hora y media de viaje en vehículo está Abu Dhabi, la ciudad donde fue edificada la mezquita Sheikh Zayed, una de las mayores atracciones y para no dejar de lado los contrastes y la ostentación está el Emirates Palace, el hotel considerado por el New York Times como el más caro y lujoso del globo, su construcción demandó una inversión de 3.000 millones de dólares. En la carretera que rompe la quietud de los arenales y en el trayecto se pueden ver camellos. En cuestión de alimentos, los musulmanes —la religión mayoritaria de los dubaitíes— prefieren la carne de cordero; a la mesa no asoma la carne de cerdo. Por tradición religiosa no consumen bebidas alcohólicas.

Un apunte final, la línea aérea que ofrece más vuelos a los Emiratos Árabes Unidos es Fly Emirates, una compañía de gran lujo que hace que un vuelo de casi diez horas, desde cualquier punto de Europa, sea placentero, se dice que al mando de los aviones de Fly Emirates hay más de un boliviano, un dato que no pude confirmar y que invita a regresar.

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