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Dueño de la verdad, el polígrafo sustituye al detective privado

El artefacto detector de mentiras fue usado en primera instancia con fines criminalísticos y de investigación.

La Razón (Edición Impresa) / Mitsuko Shimose

00:00 / 24 de agosto de 2014

Dos horas, nada más, son las que se precisan para saber si alguien dice la verdad. No delante de un confesionario, sino ante la presencia de un aparato llamado polígrafo, más conocido como el detector de mentiras. Asistido por diez preguntas, este pequeño equipo de cables conectado a una computadora colabora a los investigadores para llegar al descubrimiento de la verdad.

Pero, ¿qué es realmente la verdad? “Nada es absoluto, todo es relativo”, solía decir el conocidísimo físico alemán de origen judío, Albert Einstein. Sin embargo, más allá de que no podamos encontrar la verdad absoluta (ni siquiera en la Historia), porque todo depende del punto de vista con que se mire, ése que es tan subjetivo y propio de cada persona, podemos hablar de una verdad factual. Esa que persiguen los investigadores basada en hechos probados.

El detective privado, aquel que en su perfil clásico guardaba perspicacia y olfato de can, ha sido reemplazado por esa máquina a la que es muy difícil mentirle. La verdad es diagnosticada por el poligrafista, quien por medio del detector de mentiras descubre si el examinado miente o no.

“El polígrafo es un instrumento de extraordinaria precisión y sensibilidad que monitorea y registra las reacciones fisiológicas de un individuo al momento de emitir una respuesta”, afirma Daniel Céspedes, gerente propietario del Centro Integral de Poligrafía (CIP) con sede en La Paz.

De acuerdo con su explicación, las alteraciones fisiológicas que registra la persona tales como la presión arterial, la frecuencia del ritmo cardiaco y de la respiración, y la conductividad eléctrica de la piel, se transmiten a un programa de software que mediante gráficas, que son interpretadas por el mismo instrumento, dan cuenta de si la persona está mintiendo o no.

“La máquina de la verdad” fue inventada en 1938 por Leonarde Keeler, del Departamento de Policía de Berkeley, California, Estados Unidos. Así, los primeros usos se hicieron con fines criminalísticos y de investigación.

En Bolivia, esta técnica tiene poco tiempo de ser implementada. Fue aplicada en 2008 con policías de la Fuerza Especial de Lucha Contra el Narcotráfico (FELCN), de la Dirección de Responsabilidad Profesional de la Policía (DNRP) y del Control Operativo Aduanero (COA).

Desde aquella fecha, el uso de este aparato con características reveladoras se ha ido extendiendo a las empresas e incluso a cualquier persona que tenga los medios para pagar el servicio. “Los precios van entre los Bs 400 en el caso de preempleo para las empresas y los Bs 3.000 para casos judiciales”.

Céspedes afirma que el costo no se compara con el beneficio que la persona recibe a cambio. Según explica, los más interesados en el tema del costo-beneficio son las empresas a la hora de probar y contratar a sus empleados. Estas compañías van en busca de dos servicios que ofrece el CIP: el preempleo y la permanencia.

“El servicio de preempleo sirve para comprobar los antecedentes de quien pretende ingresar a la empresa. El de permanencia, en cambio, es para comprobar la honestidad de los trabajadores cuando ya están dentro”, señala Céspedes.

CIP también brinda servicios específicos dirigidos a personas que necesitan aclarar alguna situación especial, por ejemplo con familiares, amigos o parejas.Interrogatorio.

Trabajadores de empresas y personas particulares son interrogadas en un pequeño cuarto rectangular de aproximadamente 3x2. Una vez que se sientan, las puertas corredizas se cierran para comenzar la sesión con el fin de dilucidar la verdad.

El poligrafista alza de su escritorio dos cuerdas metálicas que rodearán el pecho y abdomen para medir el ritmo cardiaco y respiratorio del entrevistado.

Seguidamente, la parte superior del brazo es contorneado con una especie de tensiómetro o esfigmomanómetro que comúnmente sirve para medir la presión arterial, pero que en este caso, y como un plus, se conecta a la computadora.

Finalmente, los dedos índices y anular de la mano son envueltos con un metal que roza las yemas para transmitir la conectividad eléctrica de la piel. El sometido a la prueba se debe quedar inmóvil para no alterar el resultado del interrogatorio. Por cada pregunta que se le haga, debe responder con un sí o no.

Desde su escritorio, el examinador mide las reacciones fisiológicas de la persona desatadas con cada pregunta “no invasiva y enfocada solo al hecho de investigación”, resalta el Gerente de CIP, las que son liberadas con las respuestas.

Luego de descubrir si la persona miente o no, Céspedes se siente satisfecho. “La inquietud por diferenciar a las personas honestas de las que no lo son me movió primeramente para tomar un curso de diez semanas en el extranjero para aprender la técnica, y luego para invertir un poco más de $us 10.000 en la importación del equipo traído desde Estados Unidos”.   

La puerta corrediza se abre para liberar no solo al interrogado, sino también al contratante de sus dudas. La confianza le es devuelta por medio de ese aparatito de cables que transporta a programas de software las reacciones fisiológicas de sus incertidumbres.

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