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Elba Elena

Psicoterapeuta grupal y amante del tango desde niña, uno de sus objetivos es hacer de la tangoterapia una opción para lograr el equilibrio personal, además de unir sus dos pasiones. Equilibrio mental y corporal.

La Razón (Edición Impresa) / Mitsuko Shimose

00:00 / 17 de agosto de 2014

Desde que tenía 13 años sintió la necesidad de llegar a la gente y es por eso que decidió ser psicóloga. Interesada en la neuropsicología, hizo su pasantía en el Instituto Departamental de Adaptación Infantil (IDAI).   

“Decido hacer mis prácticas en el IDAI precisamente porque iba a tener un acercamiento a diferentes trastornos, iba a poder conocer más la parte médica”.

Cuando un día le tocó dar terapia a los niños, una familia entró intempestivamente a su consultorio. “Salí corriendo, literalmente, porque yo sabía poco de terapia familiar”.

A pesar de eso, dice que volvió al consultorio gracias al ánimo que le dio Bismarck Pinto, su tutor y guía en sus primeros pasos profesionales. “Entré y gracias a Dios todo fluyó.  Ahí me di cuenta que era más útil en esa área”.

A partir de eso, y una vez que concluyó su carrera,  se unió a una colega para abrir el espacio Alma Sana, en el que forman grupos de apoyo en diferentes ámbitos —mujeres embarazadas, padres con niños con discapacidad y corazones rotos— bajo los modelo de terapias sistémica y breve.

“La terapia sistémica se basa en cómo funcionan las relaciones entre las personas, mientras la breve se vincula con las herramientas que buscan la inmediatez”, explica.

Desde su perspectiva, lo más importante en estos grupos es la creación de lazos de apoyo para que así, desde la experiencia del otro, se rescate lo mejor para brindar herramientas eficaces.

“Primero se consolida el grupo para estrechar vínculos. Después de eso y conocer que nada de eso va a salir de aquí, las personas empiezan a contar sus experiencias”. Aparte de la psicoterapia, da clases de autoconocimiento en la Universidad Católica Boliviana.

Pero además de la docencia y la psicoterapia, baila tango, una de sus pasiones. “Crecí con Gardel en la oreja, gracias a mi abuela”.

Tantas ganas tendría que en 2012 ganó una beca de un mes en la escuela Tango Sur, que es donde baila ahora.

“En ese momento, el tango llega a mi vida para equilibrarla”, afirma, ya que cuando trabajaba en el IDAI, los niños con discapacidad le quitaban mucha energía.

Se presentó en el Teatro Municipal, en el Teatro de la Casa de la Cultura y el año pasado tuvo la oportunidad de viajar con Tango Sur al Festival Internacional de Arica.

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