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Elizabeth Fiorilo Sucre

La directora de la Academia de Declamación Ignacio Duchén de Córdova es una amante de la cocina, los viajes y el diseño. Bailar flamenco le ayudó a crear un nuevo estilo poético. Declamadora

La Razón / Gemma Candela

00:00 / 18 de marzo de 2012

Ya está acostumbrada a que le otorguen premios por su carrera. Sin embargo, para Elizabeth Fiorilo Sucre ha sido una grata sorpresa que le entregaran un reconocimiento por ser tataranieta del libertador venezolano Antonio José de Sucre. Ella se considera una artista desde su nacimiento gracias a su madre, quien ya le recitaba cuando la llevaba en su vientre.

En su forma de hablar hay una huella de tantos años dedicados a su profesión, en la que la dicción y la vocalización son indispensables. Sus erres denotan una fuerza que ella demuestra sobre el escenario. “El ser la voz de los poetas me ha llevado a toda Sudamérica”. Y esta región del mundo la nombró en 2005  su mejor declamadora.

“Me siento ya una mujer realizada como artista boliviana”, afirma. “Yo soy la que hice la revolución de la interpretación poética”. Para ello, agarró diferentes tipos de danzas y músicas que fusionó con la poesía. “Yo hice la declamación en movimiento”, asegura. A ello le ayudó mucho el flamenco, que estudió desde su adolescencia hasta casi los 20 años. No obstante, la profesora le hizo elegir entre esta danza española y la declamación. Aunque le dolió, no tuvo duda a la hora de escoger. Gracias a esa enseñanza, además, ahora es capaz de bailar todo tipo de música folklórica boliviana, de cuecas a morenadas.

Allá donde va, Elizabeth porta consigo su poncho con la palabra “Bolivia” bordada, que lo mandó hacer a artesanos de la zona del Cementerio de La Paz, su ciudad natal. El diseño es una de sus aficiones ocultas. Tiene un vestido azul con flecos de traje de cholita y con un Illimani, que ella misma hizo, sobre el pecho.  Empero, ella no se considera habilidosa con aguja e hilo.

Lo que sí se le da bien es cocinar, afirma. Además de preparar platos de la gastronomía nacional, también le gusta la pasta. Debe ser por la herencia italiana que tiene de sus abuelos paternos (Fiorilo deriva de Fiorelli). Aparte, la lectura, cómo no, es otro de sus pasatiempos. Óscar Alfaro y Humberto Ortiz son dos de sus poetas bolivianos preferidos.

Aunque se siente “realizada”, no por ello se agotaron sus ilusiones. “Quiero conocer el mundo”, cuenta con emoción. Además, planea escribir un libro sobre su trayectoria y grabar su segundo disco de poesía. Mientras tanto, está construyéndose su nueva casa, de estilo colonial, en Huajchilla. Allí colocará todos los galardones que ya no caben en las vitrinas de su otro hogar, la Academia Ignacio Duchén de Córdova.

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