Escape

Elizabeth Hermosa

El contacto con grupos originarios la llevó a redescubrir similitudes entre prácticas y creencias que desembocan en un saber trascendente y que le permiten combinar naturaleza y cosmos en el baile. Danza y amor.

La Razón (Edición Impresa) / Mitsuko Shimose

00:00 / 03 de agosto de 2014

Desde la prehistoria, el ser humano ha tenido la necesidad de comunicarse corporalmente, con movimientos que expresaban sentimientos y estados de ánimo. En principio, la danza tenía un componente ritual, donde la propia respiración y los latidos del corazón sirvieron para otorgarle una primera cadencia.

Bajo este trasfondo, Elizabeth Hermosa cuenta que desde muy niña amó el baile. Sus padres la llevaron a Argentina incluso antes de que empezara a caminar y ahí aprendió el baile folklórico. Se casó muy joven y se fue a Suiza, donde conoció la danza contemporánea.

Elizabeth atribuye su inclinación a la herencia de su familia, que tiene una larga y profunda historia de amor a la música. “A mi mamá le gustaba la ópera, la zarzuela, el tango; y a mi padre, la música clásica”.

Un día, a principios de los años 80, cuando terminaba su tesis sobre neurología, conoció “por casualidad” a la hija del creador de la biodanza y a su esposo, quien era  profesor del baile.

 La biodanza (o danza de la vida) es un sistema de autodesarrollo creado en los años 60 por el antropólogo y psicólogo chileno Rolando Toro. Utiliza los sentimientos provocados por la música y el movimiento para profundizar en la conciencia de uno mismo y en su integración con sus emociones.

“Cuando fui a las sesiones de biodanza, no fue por la danza, sino para escuchar la música. Había música china, africana, brasileña, moderna, sacra, cantos gregorianos, música tribal americana”.

Elizabeth no terminaba de explicarse por qué había toda esta multiplicidad musical, que era tan bien seleccionada. Para ella, asistir a las sesiones de biodanza era ir a encontrarse con el placer del sonido, de la armonía, de la melodía, del ritmo.

Un tiempo después ella ya daba clases de biodanza y a partir de mediados de los años 90 empezó a tener contacto con diferentes grupos originarios y comunidades campesinas. Al tiempo que enseñaba la biodanza, investigaba otras cosas  desde el punto de vista cultural, del lenguaje, del sonido, con las características específicas del país.

Fruto de las preguntas nacidas en la investigación, surge la Danza Ecológica Cosmogónica, con cuestiones muy particulares —como ser el contexto sociocultural— que van más allá de la biodanza en el sentido que toma una línea más trascendental, pero que mantiene en común  la reflexión sobre la existencia y valor de amor.

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