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Elizabeth Mercado

Para los niños del humilde barrio de Calicanto en Cochabamba es como una madre. Hace cinco años cedió su casa para ayudar a menores con discapacidad y pocos recursos. Entregada a los demás.

La Razón (Edición Impresa) / Isabel Gracia

00:00 / 23 de marzo de 2014

Hace nueve años la vida de Elizabeth Mercado dio un giro de 180 grados. Nació su octavo hijo Dylan con hemiplejia y autismo. Desde entonces, y a pesar de los pocos recursos, decidió dedicar su vida a las personas con discapacidad que viven en extrema pobreza. En el humilde barrio de Calicanto, a las afueras de Cochabamba, todos la conocen. Hace cinco años se marchó a una casa de alquiler y cedió la suya a la Fundación Kumi-Levántate, que fundó ella sola y desde la que se desvive por ayudar a niños que son rechazados por sus familias.

“Muchos padres me dicen que me quede con sus hijos, que son una maldición por tener discapacidad”. Todas las mañanas les da un desayuno a base de leche de soya, muchas veces la única comida que los pequeños hacen en todo el día. Por las tardes ofrece apoyo escolar y fisioterapia gracias a la colaboración de la Agencia Adventista para el Desarrollo y Recursos Asistenciales (ADRA Bolivia),  que provee a Kumi de dos fisioterapeutas, un psicopedagogo y una facilitadora social.

“En muchos casos los niños no son de Calicanto, viven lejos, pero los fisioterapeutas se desplazan a sus casas y les dan los masajes que necesitan. Mi hijo ha mejorado mucho”. Elizabeth no ha abandonado del todo su pasado. Peluquera de profesión, ha destinado una sala de la casa para crear una pequeña peluquería y transmitir sus conocimientos a los adolescentes.

“No quiero que acaben delinquiendo o viviendo en la calle, y la peluquería es todo lo que puedo enseñarles”. Cada agosto las desérticas y áridas calles de Calicanto se vuelven ruidosas gracias a Elizabeth y sus chicos. La marcha contra la discriminación de las personas con discapacidad suma cada año más personas sensibilizadas con la causa. Los niños del barrio, cuyas casas no tienen agua potable, ya saben que si tocan la puerta de la Fundación Kumi nunca se les negará un plato de comida o una tarde de juego e integración. Por eso muchos días, a la hora del almuerzo, el timbre suena y los pequeños, que en muchos casos no tienen nada que llevarse a la boca, recurren a ella. “Hago todo lo que puedo con lo que tengo, pero necesitamos más ayuda. Me gustaría poder darles a todos almuerzo en lugar de desayuno, es más completo”.

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