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El Monte Fuji es la montaña más alta de Japón. Es uno de los símbolos nacionales. El volcán gigante tiene una altura de 3.776 metros sobre el nivel del mar, la última erupción del Fujiyama fue en 1707, duró tres semanas. Foto: descubriendokyoto.com

El Monte Fuji es la montaña más alta de Japón. Es uno de los símbolos nacionales. El volcán gigante tiene una altura de 3.776 metros sobre el nivel del mar, la última erupción del Fujiyama fue en 1707, duró tres semanas. Foto: descubriendokyoto.com

La Razón (Edición impresa)

00:00 / 17 de noviembre de 2013

Contaminación en el Monte Fuji

En los días despejados, el perfil cónico del Monte Fuji se recorta con simetría y elegancia contra el horizonte de Tokio. Sus laderas blancas descienden con suavidad hasta desaparecer detrás de los rascacielos de la capital a un centenar de kilómetros. La montaña más alta de Japón ha sido fuente de inspiración de artistas y poetas, y lugar de peregrinación religiosa durante siglos. Pero Fujisan o Fujiyama, como lo denominan los japoneses, es objeto de una amenaza potencial que llega del otro lado del mar, reseña el diario El País. Según un reciente estudio de un grupo de investigadores dirigidos por el profesor Osamu Nagafuchi, de la Universidad de la Prefectura de Shiga, el Monte Fuji, símbolo sagrado de Japón y Patrimonio de la Humanidad desde este año, registra niveles de mercurio superiores a la media nacional, debido a la contaminación atmosférica procedente de China.

Los investigadores midieron 2,8 nanogramos de mercurio por metro cúbico de aire en la cumbre del Monte Fuji en agosto pasado, muy por encima de los entre 1 y 1,5 nanogramos normalmente detectados en lugares considerados limpios, pero aun así muy por debajo del límite de 40 nanogramos de media estimados dañinos para la salud por el Gobierno. Un nanogramo es la millonésima parte de un miligramo. Los niveles de contaminación superiores a lo esperado se deben a las fábricas y centrales térmicas chinas que queman carbón, un proceso que libera mercurio y otros tóxicos.

La diabetes de Cervantes

Miguel de Cervantes Saavedra nació en Alcalá de Henares en 1547. Cuarto hijo de una familia humilde, sus estudios se vieron marcados por esas carencias. Se alistó en el ejército y participó en la batalla de Lepanto en 1571, en la que sufrió una herida en el brazo, fue capturado por los turcos y vendido como esclavo junto a su hermano. Nueve años más tarde un emisario de su familia logró pagar el rescate para liberarlos. A su regreso a España se casó en 1584 con Catalina Salazar de Palacios y logró publicar novelas como La Galatea. Un puesto en la corte lo puso en contacto con campesinos, lo que le inspiró El Quijote que fue publicado en 1605, el éxito de esa obra le dio notoriedad, le ayudó a saldar cuentas económicas y le permitió editar otros escritos y diez años más tarde logró publicar la segunda parte del Quijote con lo que quedó plasmada su genialidad. Murió ese mismo año, tras un mal que no fue diagnosticado del todo en su tiempo, sólo se tienen las descripciones de sus síntomas en las que se destaca la intensa sed, la necesidad de orinar a cada momento y el aumento del volumen o hinchazón de sus piernas. Fue diagnosticado de hidropesía y murió en 1616 en Madrid. La diabetes mellitus 2 es una enfermedad que se presenta con esos síntomas, es el fallo del organismo para manejar el azúcar que el paciente ingiere y que se acumula en la sangre aumentando su concentración y afectando principalmente a algunos órganos como los riñones y la visión. No tiene cura, pero se puede controlar con medicamentos y bajo un régimen dietético que el paciente debe cumplir. Miguel de Cervantes solía decir: “El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”.

Dr. Anibal Romero Sandoval, Emergencias Hosp. Arco Iris.

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