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Esperanza Sosa

Es la única mujer en el país especializada en doblar las telas de las que, ya en el aire, pende la vida de una persona. En breve, la cochabambina va a jubilarse y ya sufre por ello. Plegadora de paracaídas.

La Razón / Angélica Melgarejo / Cochabamba

00:00 / 19 de mayo de 2013

La sala de plegado es quizás el lugar más importante del Centro de Instrucción de Tropas Especiales (CITE), en Cochabamba, si se piensa en que de un paracaídas pende la vida de una persona. La suboficial de servicios Esperanza Sosa vda. de Terán es la única mujer especializada en el oficio en el país, desde que con 15 años lo aprendiera entre los boinas negras. En 1965, la entidad reclutó por primera vez a mujeres para formarlas en secretariado, enfermería y plegado de paracaídas. Esperanza, pese a que no tenía los 19 años requeridos, se presentó junto a 110 personas y quedó entre las 11 elegidas. “Falsifiqué mi certificado de nacimiento para aumentarme la edad”, susurra.

A los 18 años, la plegadora dejó el cuartel porque se enamoró de un militar. Tuvieron cuatro hijos y para sostenerlos, una vez que su esposo murió en el Chapare, retornó al plegado. En 1986 fue reincorporada con el grado de sargento inicial. Recibió instrucción de oficiales norteamericanos y fue confirmada como rigger, denominativo para los especialistas en plegado, abastecimiento y aerotransporte.

Esperanza y la civil Elena Claros eran las únicas plegadoras. En enero falleció Claros; "he quedado yo sola” dice y mira a Sandra, la hija que a diario la acompaña y aprende.

“Con el cuerpo confiado en la tela, puesta el alma en las manos de Dios”, reza el lema del paracaidista. Ni un paracaídas preparado por la cochabambina ha fallado. Un cálculo le lleva a decir que ha debido plegar como 1.000 telas. “Yo siempre estaré segura”, es su propio lema. Debe asegurarse de hacer un buen amarre, cerrar el equipo correctamente, revisar el arnés, la línea de anclaje; nada queda al azar.

Su especialidad le trajo satisfacciones, pero también problemas de salud; tiene asma crónico por inhalación del polvillo de la tela, y el esfuerzo requerido para cerrar los equipos le provocó una hernia. En enero se fracturó el brazo derecho al enredarse con un paracaídas extendido en el piso.

Sus equipos no sólo han servido a soldados y oficiales, llevaron también alimentos y vituallas a los damnificados por el terremoto en Aiquile y Totora, entre otras misiones.

Pronto dejará el cargo y será condecorada durante los actos programados para festejar, en septiembre, los 50 años del CITE. Dios tendrá, entonces, que buscar otras manos que guiar.

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