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Estampas de Peñas, cuando las rocas narran historias

Es sábado por la mañana. Después de dos horas y media de viaje, el grupo de 30 personas llega a esta población del municipio de Batallas, en la provincia Los Andes, a 70 kilómetros de la ciudad de La Paz. Ha nevado en la cordillera y parece que las nubes y el mal tiempo ambientarán la visita.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández Ríos

00:00 / 14 de septiembre de 2014

La lluvia tupida acompaña el tramo de tierra que une la carretera hacia Copacabana con Peñas.

Es sábado por la mañana. Después de dos horas y media de viaje, el grupo de 30 personas llega a esta población del municipio de Batallas, en la provincia Los Andes, a 70 kilómetros de la ciudad de La Paz. Ha nevado en la cordillera y parece que las nubes y el mal tiempo ambientarán la visita.

No obstante, como si la naturaleza hubiese querido dar un respiro a los visitantes, la lluvia se convierte en llovizna y las nubes dejan avizorar la luz tenue del sol.

“Peñas es muy interesante, lo van a descubrir. La gente piensa que es solo un lugar de paso para llegar caminando a Copacabana, pero se han encontrado lugares únicos”, asegura Emilio Alanoca, guía del tour y técnico de la Dirección de Turismo de la Alcaldía de La Paz, que asesoró a la comunidad para mostrar los atractivos de esta población rural.

Después del registro en la oficina turística, el bus lleva a los excursionistas a las faldas de uno de los cerros, desde donde comienza la travesía por sectores históricos y formaciones rocosas singulares.

Cuando el grupo se reúne en torno de Emilio, él presenta a Miriam Ulo, una cholita de 22 años, quien desde ese momento se encarga de codirigir a la comitiva durante la excursión.

El circuito se denomina Huellas Andinas, un proyecto que fue implementado desde el año pasado por los comunarios de Peñas, en coordinación y con asesoramiento del Gobierno Autónomo Municipal de La Paz como parte del proyecto Paquetazo Turístico Comunitario, que además promueve la visita a Zongo y la Muela del Diablo.

Después de unos cuantos minutos de caminata, Miriam detiene el grupo frente al Saca Cuello, un orificio natural enclavado en la roca por donde se puede meter el cuerpo, pero solo se puede sacar la cabeza en la parte superior. La ropa queda impregnada con tierra, mas vale la pena entrar en esta abertura natural.

Luego de subir por el sendero que fue habilitado por los comunarios de Peñas, la guía nuevamente reúne a los visitantes y señala hacia el punto alto de uno de los cerros. “Es el Sapo Sagrado”, indica Miriam, quien además explica que se trata de un lugar de adoración prehispánico, donde “nuestros antepasados dejaban una wajt’a (ofrenda a la Pachamama); en la actualidad, algunos mantienen esta tradición”. Muchos no lo advierten, pero ya dejó de lloviznar y el sol permite apreciar la formación rocosa que recuerda a un sapo con la boca abierta.

La caminata continúa por unos senderos de tierra y paja, donde el fuerte aroma a q’oa atrae a algunos niños y mujeres, quienes recogen esta planta medicinal  que sirve también para preparar el wallaq’e (plato tradicional del lago Titicaca a base de los pescados q’arachi, mauri o pejerrey).

El camino a partir de ahí se hace empinado, por lo que uno de los visitantes decide quedarse y esperar en el pueblo. No sabe lo que se perdió.

Subimos un buen trecho de camino rodeados por los cerros de color verdoso claro, característico de Peñas, debido a que las rocas están cubiertas por líquenes, organismos que surgen de la simbiosis entre un hongo y una alga.

Miriam nuevamente detiene al grupo, esta vez en el ingreso de una caverna. “Es la cueva de Túpac Katari o Punkutiji, porque la única manera de ingresar en esta gruta es agachado”, comenta la guía. Este lugar sirvió de refugio al líder indígena y a su ejército para esconderse de la persecución española, hasta su captura. Túpac Katari —o Julián Apaza— fue el líder que dirigió una de las rebeliones indígenas más fuertes contra la Corona española. Durante el levantamiento comandó a miles de hombres, con quienes tendió un cerco en la ciudad de La Paz para provocar hambruna en la población y afianzar la lucha contra el tributo a la tierra, la encomienda y los trabajos forzados.

Sin embargo, la rebelión terminó en fracaso por la traición de algunos de sus dirigidos, por lo que tuvo que esconderse en Punkutiji. Al final, Katari fue juzgado y encontrado culpable de traición a la Corona española, por lo que, el 14 de noviembre de 1781, ataron las extremidades del líder aymara a las cinchas de cuatro caballos que, al comando de galope, partieron en direcciones opuestas y desmembraron su cuerpo. Sus restos fueron repartidos en diferentes lugares de Alto Perú: su cabeza fue expuesta en el actual mirador de Killi Killi de La Paz; su corazón, en la Ceja de El Alto; su brazo derecho, en Ayo Ayo; el izquierdo, en Achacachi; su pierna derecha, en Chulumani, y la izquierda en Caquiaviri. Es parte de lo que narran los guías.

Estas leyendas señalan que la cueva Punkutiji comunicaba con la población de Ayo Ayo, donde nació Túpac Katari. Otros afirman que algunas personas se perdieron al ingresar por los túneles y que no pudieron recuperar sus cuerpos. Otra historia indica que quien sale por la otra parte de la cueva es beneficiado con la juventud eterna. En la actualidad, un trecho del túnel fue cerrado por los comunarios para impedir que puedan ocurrir accidentes.

El camino serpenteante lleva a los visitantes a un sector rodeado por rejas, llamado Qillqantiji, donde se encuentran más de dos centenas de pinturas rupestres que, según la Sociedad de Investigación de Arte Rupestre de Bolivia (SIARB), pertenecen a la época precolombina y colonial.

Esta gruta contiene tres paneles, el primero con pinturas de 74 llamas, que representan la etapa agraria, probablemente de la cultura Chiripa; el segundo tiene, entre otros, dibujos de una máscara y una serpiente de dos cabezas, de la época colonial; mientras que el tercer panel tiene pinturas de iglesias y cruces que aún son investigados por la SIARB, comenta Emilio.

Al dejar este sector, en la cima del cerro aparece una estructura antigua de adobe de color arcilloso. El guía informa que se trata de Carmen Pata, una iglesia colonial que fue construida en el siglo XVIII sobre una wak’a, es decir, en un lugar sagrado indígena, “para que haya una unión entre la montaña y la tierra con la Virgen María”. Debido a la considerable distancia con el pueblo, los lugareños edificaron otra iglesia, en la plaza principal de Peñas, y dejaron abandonado el templo antiguo.

El grupo, que se mantenía compacto hasta ese momento, se dispersa poco a poco, pues mientras algunos siguen de cerca los pasos de la guía Miriam,  otros se quedan para sacar fotos o retrasan los pasos como consecuencia del cansancio.

“Esta incursión me parece interesante porque nos permite conocer nuestra cultura, con un poco de sudor, pero vale la pena”, cuenta Reynaldo Flores, quien se sienta en una piedra para reponer fuerzas.

Parece que flaquean las piernas a causa del recorrido de varias horas. En ello, Emilio aparece en lo alto de uno de los cerros y grita que todos deben dejar sus mochilas en el suelo, pues toca hacer una breve escalada, de aproximadamente siete metros de alto, para llegar al Nido de Cóndores.

La erosión hídrica hizo que en una parte del cerro se hayan formado protuberancias de piedra, lo que permite que la ascensión sea relativamente fácil. Este ejercicio “no tiene ningún requisito técnico, eso hace que la gente que no tiene mucho hábito en estas escaladas viva esa experiencia y se sienta feliz.

Dicen: he escalado”, comenta el guía Emilio.

Los primeros en animarse a subir titubean un poco, pero rápidamente adquieren confianza. Una de las muchachas confiesa que sufre vértigo y le cuesta arribar a la cúspide; no obstante, con la ayuda de Emilio y Miriam, lo logra. Llegar a la cumbre da una sensación de plenitud, pues muchos han vencido sus miedos. Ya nadie habla del cansancio.

De repente, al mirar al horizonte, se presenta un panorama singular, por un lado se encuentra la cordillera de los Andes, con nubes que parecen mezclarse con la nieve que cubre las montañas. Al otro lado se observa el azul intenso del lago Titicaca, donde aparecen varias islas, con el fondo de parte del territorio peruano.

“El paisaje es lindo, la vista al mismo tiempo del lago y la cordillera es hermosa. Una experiencia bella”, sostiene Eva Jiménez, una de las visitantes.

“La subida ha sido un poco fuerte porque se siente la altura y nosotros no estamos acostumbrados a eso, pero valió la pena por la vista espectacular, me gustan mucho los paisajes, las montañas. Para mí es otro mundo”, comenta Kevin Oswald, un ciudadano alemán que actualmente reside en Bolivia.

Luego de aquella aventura y visita a sitios históricos y naturales, comienza el descenso hacia el pueblo de Peñas. Para ese momento, las personas ya han tomado confianza y empiezan a conocerse. Miriam también se ha distendido y cuenta a los caminantes detalles de su pueblo. “Cuando compartes con la gente pierdes el miedo y tu corazón se alegra”, manifiesta la guía, quien con una falda delgada, sus zapatos con planta plana, un suéter de lana y un sombrero de ala ancha ha manejado con éxito a su grupo de “ovejitas”.

Por su parte, Emilio apresura el paso para encontrar y conversar con Miguel, un niño de ocho años que, animado por la vista y los senderos, lidera la comitiva de visitantes a Peñas. Cuando parece que el trayecto ya no tiene más sorpresas, que llega el final de la travesía, por encima de la comitiva pasa volando una lechuza, que con las alas extendidas parece querer observar a los visitantes. Luego, otra ave de la misma especie se posa en la parte superior de un cerro.

Es difícil de apreciar a ambos animales porque se han mimetizado con el paisaje. Las cámaras apuntan hacia aquellas lechuzas; varios señalan, otros dudan, otros no las pueden ver y otros preguntan. Todos se sorprenden.

A las 15.00, los excursionistas llegan al templo del pueblo. “La iglesia de La Natividad fue construida en la época colonial. Tiene un estilo barroco mestizo, aunque muchos de sus detalles se han perdido por una época de saqueos; empero, aún se conserva su estilo. Tiene varios cuadros del estilo barroco mestizo, como el cuadro de San Antonio y de la Virgen de La Natividad”, expresa Emilio.

En la visita a Peñas es inevitable asistir al lugar donde Túpac Katari fue descuartizado, en la plaza principal, donde se erigió un monumento del líder con un cuadro que representa su ejecución. A los costados están otros dos monumentos, uno de Katari y otro de su esposa, Bartolina Sisa.  

A un lado de la plaza se encuentra la casa donde el expresidente Andrés Santa Cruz solía pasar sus momentos libres, lugar que mantiene sus características coloniales y que antes fue el sitio de descanso para los viajeros. Pese al descuido de esta infraestructura, la comunidad proyecta convertirla en un museo.

Son las 16.00. El recorrido parece que llega a su fin, pero falta reponer las energías, así que don Benjo Miranda, comunario de Peñas, invita a ingresar en  su casa para servir un apthapi, consistente en carne de res, queso, huevo, mote de choclo, papa, plátano, tomate y lechuga, acompañados por una llajwa de ají con cebolla.

El sol pleno calienta a los comensales, pero caen gotas de llovizna, como recuerdo de que se aproxima la hora de partir.

Ha sido una jornada que pasó de la lluvia amenazante al sol pleno, con el único sonido del viento en lo alto de los cerros. Transcurrió del cansancio al júbilo.

Con las horas que parecían no tener tiempo. El recorrido fue una especie de resumen de lo que son nuestras existencias, como la vida. Como suele suceder en Peñas.

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