Escape

Estancia en el Lago

Hotel boutique en la isla del sol.

La Razón / Gemma Candela

00:00 / 25 de agosto de 2013

Levantarse, descorrer las cortinas y deslumbrarse ante el inmenso azul del Titicaca, con la Isla de la Luna al frente y la Cordillera Real en el límite de la vista humana, todo bañado por la peculiar luz que tiene el sol andino justo en este lugar del altiplano en el que, según la leyenda, nació el astro rey saltando desde la Roca Sagrada al cielo.

El privilegio de despertar a orillas del lago no es exclusivo de este alojamiento ubicado en un tranquilo lugar de la comunidad Yumani, en la Isla del Sol, a medio camino entre la Escalera del Inca y Challa, otro poblado en el centro del islote. Lo que sí lo diferencia es su estilo: el ecolodge La Estancia, como dice el adjetivo que acompaña a su nombre, es respetuoso con su entorno. Tiene 15 habitaciones (11 dobles y cuatro matrimoniales) en forma de casas con una estructura similar a la de las típica viviendas aymaras: están construidas con adobe y piedra, y sus tejados son de paja. Los cuartos están distribuidos en diferentes niveles respetando la forma de las tacanas o terrazas agrícolas usadas desde hace siglos por la cultura local.

Para soportar las frías temperaturas del lugar (especialmente durante la noche), el hotel cuenta con calefacción, pero una muy peculiar pues no consume combustible ni electricidad: todas las cabañas tienen un pequeño cuarto pintado de negro en su parte interior y cubierto por láminas de plástico, que se comunica con el dormitorio a través de una ventana y, en la parte inferior del muro, por un orificio circular en la pared. De día, el cuarto recoge el calor solar y lo transmite a la estancia, mientras que el frío “escapa” por el hueco. De noche, es recomendable cerrar el vidrio para que se mantenga la temperatura.

Este sistema de calefacción se basa en el método conocido como Muro Trombe.

El agua, un recurso escaso

Teniendo en cuenta que el único lugar del que brota agua en toda la isla es la Fuente del Inca, a unos 40 minutos de caminata, su aprovechamiento es una necesidad. Un cartel colgado en el baño del dormitorio muestra el rostro de un burro —el único medio de transporte de la isla—  que insta al visitante a no malgastar el líquido elemento, pues toda el agua es subida por estos animales por empinadas cuestas, desde Yumani hasta el hotel. Allí se almacena en tanques.

Esta agua se usa para las duchas, los lavamanos y los grifos de la cocina (hay un sistema de tuberías separadas). Luego, todo lo que sale por los sumideros es recogido y mezclado con agua de lluvia. Todo pasa por un filtro de carbón, cal, arena y ripio y, mediante una bomba, es enviado a los inodoros. Y el ciclo no acaba ahí: este líquido va a parar a dos pozos donde se recicla y, de nuevo, es bombeado para regar el jardín, en el que crecen flores y desde el que hay una vista privilegiada del lago y las tacanas, en las que los comunarios cultivan papa, haba y cebada. Éstas, junto con la kola y otras especies, son algunas de las plantas típicas del lugar. Cada una de las habitaciones del alojamiento lleva el nombre de una de ellas.   

El hotel es un emprendimiento privado de la empresa Magri Turismo, que nació hace 12 años. En él trabajan comunarios (curiosamente, del poblado vecino, Challa), y sigue manteniendo su espíritu inicial de respeto al medio ambiente y atención personalizada.

Además de descansar en este rincón en el que los únicos ruidos son los rebuznos tristones de los burros y el canto de algún ave, estar en medio de la isla permite hacer varias caminatas. La primera, eso sí, es obligatoria: cuando las lanchas privadas llegan al puerto de Huacani, tras una hora de viaje, hay que subir por un camino de tierra durante unos 15 minutos hasta Yumani. Al comienzo del camino hay un pequeño restaurante (que funciona por encargo) en el que se puede comer el apthapi, a base de papa, chuño, choclo, oca y haba cocidas, con trucha, ispi y pollo fritos, queso y, por supuesto llajua.

Al llegar al pueblo, el camino continúa a la derecha, ya con poca pendiente, hasta llegar a La Estancia, un conjunto de casas (que tienen una apariencia menos tradicional que la del ecolodge) pertenecientes a Yumani y que dan nombre al hotel. Allí, antes de degustar la cena preparada por Gregoria Ramos, la cocinera, en la que son protagonistas la trucha del lago, los tubérculos y la quinua, hay que ir al mirador. Son 20 minutos de subida entre campos cultivados. La senda desaparece a veces, porque la gente modifica las parcelas, y hay que volverla a hacer a base de caminar.

Allá arriba, a unos 4.200 msnm, con el sol poniéndose por el lado peruano del lago Titicaca, se disfruta de uno de los mejores momentos en la isla. También es uno de los más fríos. Pero, si no se va preparado, niñas con talento para el comercio (a pesar de su corta edad) acuden hasta el mirador —que no es más que la estructura en forma de torre de un restaurante que nunca se llegó a terminar— y con su instigador “comprame” tratan de vender guantes, calendarios incas, llaveros y demás souvenirs.

Al caer la noche, y aunque hace ya años que la electricidad llega a la isla, el lugar es oscuro. Y frío. Lo mejor es refugiarse en La Estancia y, al día siguiente, si la cama no atrapa al viajero, hay toda una gama de actividades disponibles, desde caminatas a las ruinas del norte hasta paseos en lancha o ceremonias místicas. ¡A descansar!

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