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Euromaidán

A finales de enero, cualquier desenlace al conflicto de Ucrania parecía lejano desde las barricadas del Maidán. Los activistas resistían el frío quemando neumáticos en primera línea de batalla, la Berkut, (fuerzas antidisturbios), defendían el acceso al parlamento por la calle Grushevski  y el presidente Victor Yanukóvich se reunía con líderes de la oposición buscando acuerdos pero sin acordar nada.

La Razón (Edición Impresa) / Santi Palacios

00:00 / 02 de marzo de 2014

A finales de enero, cualquier desenlace al conflicto de Ucrania parecía lejano desde las barricadas del Maidán. Los activistas resistían el frío quemando neumáticos en primera línea de batalla, la Berkut, (fuerzas antidisturbios), defendían el acceso al parlamento por la calle Grushevski  y el presidente Victor Yanukóvich se reunía con líderes de la oposición buscando acuerdos pero sin acordar nada. La temperatura alcanzaba los 24 grados bajo cero en el centro de Kiev y Ucrania ocupaba, vestida de hielo y fuego, la primera página de casi todos los periódicos.

Yanukóvich ganaba tiempo con la destitución del gobierno y la revocación de las leyes represivas de “seguridad ciudadana” que habían sido aprobadas el 16 de enero, mientras exigía el desalojo de los edificios públicos ocupados como requisito para liberar a más de 200 personas detenidas durante los enfrentamientos, pero los activistas se negaban a satisfacer las condiciones del presidente porque una liberación en forma de amnistía convertía a sus compañeros en culpables perdonados.

Voces en Europa gritaban que las denominadas autodefensas del Maidán estaban formadas por ultraderechistas radicales y neonazis por lo que había que tener cuidado con las muestras de apoyo, mientras uno de los líderes de las protestas aparecía con la cara desfigurada y signos de tortura después de una semana desaparecido.

Representantes de la Unión Europea, con Estados Unidos detrás, llegaban y salían permanentemente del aeropuerto de Kiev, mientras Rusia no quería que Ucrania robase protagonismo en televisión al comienzo de los Juegos de invierno.

Entre las armas de unos y otros y las banderas de los demás, miles de ucranianos y ucranianas permanecían en el Maidán soportando espera, frío y riesgo.

Personas de toda edad y de casi toda ideología, como suele ocurrir pese a los titulares. Religiosos y ateos, trabajadores y estudiantes, gente que mandaría al carajo a cualquier político independientemente de la chapita que este lleve en la solapa. Como decía Andri, uno de los manifestantes pacíficos que se acercaban hasta las barricadas. “La gente ya no está aquí para pedir la anexión a la Unión Europea o contra la corrupción, que es por lo que comenzaron las protestas. Aunque la mayoría sigamos queriendo ese objetivo, ahora estamos aquí para frenar la violencia que ha ejercido el gobierno. Nunca habíamos visto esto en Kiev”.

Un mes, y al menos 86 personas muertas, el país ha dado el giro más grande de su historia desde que se independizara de la Unión Soviética en 1991. El ya expresidente Victor Yanukóvich y algunos de sus colaboradores están en paradero desconocido y con orden captura, las fuerzas de seguridad han vuelto a sus cuarteles, la exprimera ministra Yulia Timoshenko ha sido excarcelada, hay un presidente interino y elecciones convocadas para e mayo.

Las de autodefensa formadas por activistas controlan el centro de la capital y  la atención se enfoca en la península de Crimea, política, histórica, económica y culturalmente más cercana a Moscú que a Kiev; pero miles de ucranianos y ucranianas siguen saliendo a la calle y ocupando la ya mítica plaza de la Independencia, cocida por todos como Maidán, para recordar que, pese a que la revolución ha cambiado todo en pocos días, casi nada está hecho, y caso todo está por hacer.

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