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Evelyn Sigl

Es vienesa de nacimiento, pero boliviana de corazón. Su gran pasión son las danzas del país sobre las que estudia incansablemente en combinación con su trabajo de profesora en Austria. Antropóloga y economista

La Razón / Gemma Candela

00:00 / 24 de junio de 2012

Habrá quien no sepa su nombre ni a qué se dedica, pero casi cualquier habitante de La Paz tiene que haberse fijado en ella alguna vez: su tez clara, sus mejillas sonrosadas y sus ojos azules destacan en un cuerpo ataviado con ropa tradicional boliviana, ya sea de algún punto de Potosí, de Cochabamba, de Ayata o de chola paceña. Evelyn Sigl (37) tiene alrededor de 20 trajes de diferentes lugares del territorio nacional.

El día de la entrevista llega vestida al estilo de las mujeres de Charazani. Lleva su aguayo a la espalda y, mientras empezamos a conversar, lo desata y saca de él los últimos complementos que le faltan a su vestido y se los va colocando sin dificultad.

La primera vez que la investigadora de las danzas bolivianas pisó el país fue de rebote. Esta mujer austriaca, con una titulación técnica en Bioquímica y Genética y con dos licenciaturas (Comercio Internacional y Pedagogía de la Economía), se encontraba trabajando en Buenos Aires como profesora. Era 2002. En el receso de invierno quiso irse de vacaciones a Perú. “Yo estaba ganando en pesos argentinos, entonces dije: ‘Ucha, con mi cara voy al Perú, me van a ver europea y me van a querer cobrar en euros’”. Así, acabó pasando tres semanas conociendo Bolivia y sus danzas.

A su retorno a Buenos Aires vio la actuación de un ballet folklórico boliviano y se apuntó a sus clases. Al año siguiente fundó un grupo en Austria.

Tenía que explicar a sus alumnos qué era cada baile, no sólo enseñarles los pasos. Pero cada vez ella misma tenía más preguntas y menos respuestas. Así que acabó estudiando Antropología (hizo la carrera en dos años) y, desde entonces, mantiene su trabajo de profesora en Austria para poder venir a Bolivia a investigar (ya van tres libros sobre los bailes autóctonos y folklóricos) durante sus vacaciones y en años sabáticos. Incluso, ha aprendido algo de quechua y aymara (dos de los ocho idiomas en los que puede hacerse entender). Se siente satisfecha de pensar que es la única, si no de las pocas, que ha llevado el khantu a escenarios de otros países.

“Ayer fui a Sapahaqui, otro pedacito para el mosaico”, sonríe. Aunque ya domina gran parte de los bailes folklóricos y autóctonos, sigue buscando las piezas que le faltan, un trabajo difícil (hay quien no quiere hablarle o no se explica bien) pero apasionante.

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