Escape

El Éxodo de Juan y María

Esta pareja argentina y su cachorro Amadeus recorren el continente arriba de un Lada que es su hogar sobre ruedas.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Basualdo

00:00 / 26 de abril de 2015

El 30 de diciembre del pasado año fue atípico para la pareja formada por Juan Fernández (32) y María Colloredo (29). En lugar de las típicas compras para recibir el nuevo enero, como la sidra, el panetón, el infaltable asado del menú argentino y los obsequios para sus seres queridos, Juan y María ponían a punto un clásico jeep Lada que habían comprado juntando los ahorros de los últimos 12 meses.

Él es peluquero, joyero, fotógrafo y un hincha acérrimo de Banfield, club fundado el 21 de enero de 1896 en Buenos Aires por migrantes británicos (ingleses, en su mayoría, y algunos escoceses e irlandeses) cuya bandera es el verde y blanco. Ella es docente de nivel inicial y entre sus tantas aficiones abraza el arte. Poesía, cinematografía. Y también el fútbol, de hecho Juan la hizo simpatizante del “taladro”, como se denomina popularmente al club bonaerense. En su adolescencia y edad madura trabajó en lo que pudo mientras estudiaba, hasta que en 2004 cruzó su vida con la de Juan, con quien empezó a compartir sus días y a tramar lo que a veces resulta un imposible. Tras la convivencia y el afecto que los empalma, Juan y María lanzaron la pregunta hacia la aventura: “¿Y qué tal si nos vamos de viaje por el continente?”.

Parecía un sueño, de esos que muy cómodamente salen del paladar porque, como señala el conocido adagio, soñar no cuesta nada. Corría el 2013 y nada en sus vidas parecía tomar un giro. Pero en junio del 14, una rara contingencia hizo que encontraran el vehículo soñado para su remoto anhelo. Vieron un viejo jeep Lada modelo Niva a la venta. Era una pena de coche. Pero aquel tanquecito nacido en los 60 en la poderosa Unión Soviética les empezó a quitar el sueño. “Es un modelo todoterreno, tres puertas, motor delantero y tracción en las cuatro ruedas permanente. Es el 4 x 4 más barato que hay”. Juan habla y se emociona con la que ha pasado a ser “su casa” en los últimos meses. Pero una vez adquirido el jeep en tono vino tinto, había que ponerlo en regla. Entonces el salario de ambos se empezó a destinar a los arreglos del motorizado. “Ganábamos y dejábamos una parte para comprar tabaco, la comida necesaria y el resto era para hacerle ajustes al auto, que era una cosa de nunca acabar”, dice María.

La travesía

Una vez retocado el jeep, había que trazarse una fecha de partida. Y eligieron el 27 de diciembre para hacerlo desde la localidad de Trenque Lauquen a 500 kilómetros de Buenos Aires. “Pero tuvimos problemas con el auto y además, la familia que tengo en esa ciudad nos hizo una despedida que se prolongó por días. Así que no tuvimos otra que salir el 30, un día antes de fin de año y tres después de lo programado”, recuerda él. Salieron a las tres de la tarde bajo un bendito sol que fue el augurio de un viaje imborrable.  Y así lo es hasta ahora.

Entre su carga liviana figuran diversos rudimentos. Herramientas de mecánica, carpa, bolsas de dormir, un anafe, cámara de fotos, ropa, palillos de tejer, una pequeña parrilla, música, libros. Y a ellos se sumó un pasajero extra al que trajeron desde Buenos Aires: el pequeño Amadeus, un cachorro abandonado y rescatado por un muchacho chileno que no pudo llevárselo a su país y que fue adoptado por la pareja. “Estaba a punto de morir y como vimos que el amigo de Chile no se lo iba a llevar, entonces decidimos que vendría con nosotros”, señala María. “Fue un trámite muy engorroso, sacar sus vacunas y los papeles para que pueda pasar las fronteras”, explica Juan.

La idea en principio fue tomar el rumbo hacia el sur argentino, la gélida Patagonia. Pero cambiaron intempestivamente de planes y se dirigieron hacia la Ruta Nacional 40 con vista hacia el norte. Su primera parada fue en la localidad de Merlo en la cuyana provincia de San Luis, donde estuvieron 12 días en total. Continuaría el itinerario hacia el primer país vecino arriba del mapa: Bolivia. Y se turnaron como estaciones San Juan, La Rioja, Catamarca, Salta, Jujuy, en suelo argentino, hasta llegar a la puerta de entrada a Potosí, Villazón. En el camino les tocó acampar en terrenos impensados a la vez de inolvidables, como aquella noche que la pasaron cerca de un dique en la provincia de Salta, donde tuvieron que pescar para alimentarse. Fueron dos bagres para calmar el hambre, una experiencia maravillosa. “Cuando vivís en la ciudad no te das cuenta de lo que te perdés”, relata Juan con su típico acento porteño. “Yo creo que cuando volvamos a nuestras vidas le vamos a dar valor a aquello que antes no valorábamos”, dice María acomodando las cosas en el auto en cuya parte trasera suelen poner a secar la ropa.

Tampoco faltaron los contratiempos con el vehículo. “No sabés, en el medio de la nada que se te rompa un cable es lo peor. Pero por suerte tomé un curso de mecánica para darme un poco de mañas y resolver los problemas”, explica Juan. Entre el norte argentino y el sur boliviano empezaron a vivir algunos problemas comunes en el cambio de suelo y de clima. María se indispuso, “me apuné”, dice. Pero nunca desfallecieron en el intento por seguir. En Villazón, frontera argento-boliviana, se toparon con que el sistema para registrar documentos se había “colgado”. También debían presentar los papeles en orden de la mascota, que un policía se encargó de resolver en vista del cierre de la oficina del Servicio Nacional de Seguridad Agropecuaria e Inocuidad Alimentaria (Senasag) en lado boliviano. “Pasen como si fuera un perro de la calle”. Y listo.

Así nomás, Juan, María y Amadeus se subieron de nuevo al jeep color del vino para dirigirse hacia Potosí, Oruro y La Paz. “Lo primero que hicimos en suelo boliviano fue comer un picante de “posho” (pollo) que nunca lo había probado y me parece riquísimo”, cuenta María. Tras pasar por territorios potosino y orureño, la pareja fue muy bien recibida por la familia Lada-Niva, al frente de Eduardo Aramayo, en la sede de gobierno. “Hay mucha camaradería, son como una gran familia. Si te ven en la ruta te tocan bocina y si estás en problemas acuden en tu ayuda. En La Paz nos recibieron como si nos estuvieran esperando, incluso nos consiguieron un lugar para dormir y poder asearnos”, dice Juan. En La Paz también se dedicaron a reparar el auto además de conocerla, “es un ‘flash’ para los ojos”, se figura María. Permanecieron algunos días en la hoyada hasta que les tocó partir de nuevo. Su próximo destino fue Copacabana, donde se la pasaron acampando a orillas del lago y alimentándose de lo que pescaban. De allí viajaron hacia el lado peruano a través del Desaguadero y se estacionaron en Cusco. “Nos encantó ese lugar y todos sus alrededores, subimos a Machu Picchu, Amadeus nos acompañó pero lo tuvimos que dejar a buen recaudo pues no lo dejaban entrar a las ruinas”. Después de admirar aquel complejo incaico, la pareja partió nuevamente, esta vez hacia Lima para visitar a un amigo. “Por fin dejamos el frío y la altura para estar al nivel del mar”, recuerda con placer Juan. Recorrieron varias playas de la costa peruana, pescando, disfrutando del sol hasta llegar a la próxima frontera. Por estos días se encuentran en Ecuador como parte del periplo que tiene como destino final México, si es que no deciden bajar el ancla antes. “No sabemos qué ocurrirá, viajamos preparados para todo, venderemos artesanías, tortillas, algunas prendas que estoy tejiendo y también esperamos publicar un libro contando nuestro viaje”, dice María. Mientras Juan pregunta por algún canal de cable que pase en directo el partido de Banfield, Amadeus corre de un lado para el otro porque es un cachorro feliz. Todos deben estirar las extremidades antes de volver al volante.

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