Escape

Exploradores del siglo XXI, todavía hay lugares por descubrir.

En Sudamérica, sobre todo en la cuenca amazónica, quedan vastas extensiones de tierra desconocidas que dan pie a soñar con el Paitití.

La Razón / Gemma Candela

00:00 / 03 de marzo de 2013

Canguro asado con hierbas y salsa de mango, salteado chino de medusas con brotes de bambú y  guisantes, y pimientos cherry adornados con  cobertura de grillos, gusanos de la harina y escorpiones. Estos suculentos platos son sólo una parte de las delicias del menú de la cena anual del Club de Exploradores, en Nueva York, celebrada en marzo del año pasado. El cóctel previo no era menos exótico: martini de la casa, a base de vodka y martini con brocheta de aceituna, cebolleta y ojo de vaca en escabeche.

Uno piensa: o comen estas cosas para demostrar que tienen estómagos resistentes gracias a sus aventuras, y un paladar sin escrúpulos, o de verdad esta comida es un placer en comparación con lo que han debido comer para sobrevivir.

El club fue fundado por un grupo de aventureros en 1904. Se jacta de haber tenido entre sus miembros a pioneros como Roald Amundsen, el primero en llegar al Polo Sur, o, Neil Amstrong, quien pisó la superficie lunar antes que cualquier otro terrícola.

Hoy, sus integrantes no son meros fans de Livingston o de las aventuras cinematográficas de Indiana Jones. Ellos y ellas son, como sus precedentes, personas amantes de los viajes, las aventuras y los descubrimientos. La idea de que el mundo entero está cartografiado y de que los satélites pueden fotografiar cualquier rincón del globo terráqueo, es un mito. Eso afirma rotundamente Gregory Deyermenjian, miembro del prestigioso club. Este psicólogo estadounidense de origen armenio, que de niño quiso ser astronauta y luego explorador, escuchó hablar del Paitití, por primera vez, en 1981, durante un viaje a Perú.

Hay varias leyendas en torno a ese lugar. Una de ellas cuenta que fue una ciudadela en la que se refugió parte de la nobleza del imperio inca, que huyó de Cusco cuando los españoles mataron a Túpac Amaru I. “Decidí dedicarme a la investigación de la leyenda del Paitití y, en 1984, empecé con mi primera expedición a las zonas al noreste del Cusco”, cuenta.

Y ya van tres décadas de búsqueda. Cuando no está trabajando, Deyermenjian  viene a Sudamérica para continuar con sus exploraciones. “En lugar de tomar vacaciones viajando a Europa, a otras partes de los EEUU o a cualquier otro lugar turístico en el mundo, las únicas veces que hago viajes es para hacer una expedición”.

Al principio, él mismo corría con los gastos. Poco a poco, ha tenido éxito, dice, al conseguir fondos a través de becas o con el financiamiento de marcas de ropa deportiva, como Gore-Tex, del propio Club de Exploradores o de National Geographic.

Yuri Leveratto, economista genovés afincado en Cartagena de Indias, Colombia, también emplea sus dos meses de vacaciones para hacer expediciones. “Durante mi niñez soñé mucho tiempo con América del Sur, mientras investigaba un viejo atlas que me había regalado mi tío Fausto. Observando algunos mapas de la Amazonía, mi imaginación volaba y yo pensaba en poder explorar aquellos inmensos ríos, en busca de restos de antiguas civilizaciones”.

Cuando en 2005 quebró la empresa en la que trabajaba, se fue a Colombia. Allí es profesor de idiomas y, además, explorador, escritor y estudiante de antropología.

Cuenta que las caminatas por Sierra Nevada, al norte del país caribeño, le cambiaron la vida: fueron un “trampolín” hacia el mundo indígena y la historia, una materia que siempre le había llamado la atención. “Pero una cosa es leerla en un libro y, otra, caminar, hablar con los indígenas”.

Hace seis años que viaja con el objetivo de conocer más acerca de la sabiduría de pueblos antiguos como los moxos, de Bolivia, o los sinú, de Colombia. Camina a lugares de difícil acceso, hace reconocimiento de sitios arqueológicos e investiga sobre antiguas culturas “para tratar de mejorar nuestra vida actual, porque la historia sirve para esto”.

Como buen aventurero, escribe sus viajes: tiene ya cuatro libros. El último, titulado Exploraciones en América del Sur, 2006-2011, narra 18 expediciones que ha realizado por esta parte del mundo. Y, en su sitio web (www.yurileveratto.com) está constantemente publicando artículos, ya sea de historia, arqueología o medio ambiente. Fue gracias a esa página de internet como Deyermenjian conoció al genovés. “Hace unos años vi, por casualidad, el website de Yuri, y le escribí, y así empezamos nuestra amistad”.

En septiembre de 2011, ambos fueron a Cusco, Perú. En el mismo hotel se alojaba Javier Zardoya, periodista español que estaba incursionando en el mundo de las expediciones. Un año antes, Zardoya había visitado por primera vez ese país y quedó fascinado por la historia que le contó un agricultor sobre unas ruinas próximas a Machu Picchu. “Tras investigar en fuentes históricas y consultar a algunos arqueólogos, llegué a la conclusión de que aquel hombre podía decir la verdad y que podía tratarse de un lugar concreto arqueológico aún no localizado”. Por ello, regresó a Perú para hallar el lugar. Sin embargo, su búsqueda fue infructuosa.

Al final del viaje, se alojó en el mismo hotel que Leveratto y Deyermenjian, que estaban en plena preparación de una expedición. Unos días después, los tres, junto con los exploradores peruanos Ignacio Mamani Huillca y Luis Alberto Huillca Mamani, partieron hacia el altiplano de Pantiacolla en busca del Paitití.

Un viaje difícil y fructífero

Tras leer a fondo los escritos de los cronistas Vaca de Castro, Gamboa o Juan de Lizarazu; la leyenda sobre el Paitití recopilada por el antropólogo peruano Óscar Núñez del Prado en 1955; y siguiendo los pasos del médico y explorador, también peruano, Carlos Neuenschwander, los aventureros salieron del Cusco en busca de una fortaleza desconocida para la historia, que el estadounidense había avistado 22 años atrás mientras bajaba de unas ruinas incaicas en la meseta de Toporake.

En 1958, Neuenschwander había logrado llegar hasta el camino de piedra que, supuestamente, llevaba hasta la ciudadela, pero no pudo arribar al final. Como explica Yuri, acceder a la meseta de Pantiacolla es complicado. Se encuentra en la cordillera de Paucartambo, entre el Parque Nacional del Manu y el Santuario Nacional del Megantoni, al sudeste de Perú, entre los 3.000 y los 4.000 msnm. En la zona no hay poblados en los que abastecerse de alimentos; la travesía lleva al aventurero por estrechos senderos que discurren junto a laderas de vértigo; ríos de fuertes corrientes se cruzan en el camino; llueve, nieva, graniza, hace sol y las temperaturas pueden variar 15°C entre la noche y el día. Por si fuera poco, en la zona viven pueblos indígenas (kuga pacoris, masko-piros, amahuacos y toyeris) que no tienen contacto con el resto de la sociedad y que pueden presentar una actitud violenta frente al extraño. Antes de partir, Yuri y compañía se abastecieron en Cusco de alimentos y hojas de coca para los 11 días que pasarían alejados de la “civilización”.

La primera parte de la exploración fue un viaje de diez horas en camioneta hasta el valle del río Yavero, donde pasaron la noche. Al día siguiente, el grupo comenzó la caminata, cada cual con su peso, y con la ayuda de mulas (no llevaban cargadores,  destaca Deyermenjian).

Durante los cuatro días siguientes de largas caminatas, pasaron por un puente suspendido llamado Bolognesi, llegaron a Naranjayoc, una comunidad quechua sin luz, agua ni gas, pasaron por los sitios arqueológicos de Tambocasa y Llactapata, y hasta registraron una pequeña construcción rectangular incaica. El quinto día, sexto del viaje, fue el más emocionante para el grupo.  

“Llevábamos varias horas explorando una zona de jungla muy densa —explica Zardoya— cuando vimos aparecer los primeros muros fue una gran sorpresa y una increíble satisfacción. Fue como si la selva te ofreciese una pequeña parte de los muchos secretos que todavía esconde en su interior”. Entre la vegetación, los exploradores contabilizaron los restos de 20 edificaciones y una explanada principal de origen presumiblemente preincaico y de uso agrícola. Los lugareños denominan al cerro Miraflores, nombre con el que la expedición bautizó la ciudadela.

Su misión: informar

Ellos no excavan porque ni son arqueólogos ni tienen el permiso para hacerlo. Tan sólo registran los lugares tomando fotos y ubicándolos en el mapa. En el caso de Miraflores, entregaron un informe al Ministerio de Cultura peruano.

“Un verdadero explorador debe tener energía y curiosidad, para poder motivarse, organizarse, viajar y llevar a cabo viajes que podrían ser, a veces, bien incómodos. Aunque el estado físico es importante, aún más esencial es la fuerza mental y emocional: hay que ser consciente de que las condiciones van a ser incómodas, aún hasta un poco peligrosas; pero, eso es explorar”, opina el estadounidense. Y habla con conocimiento de causa: en 2006, en una expedición al río Taperachi, perdió 18 kilos por el esfuerzo físico. De ese viaje recuerda también a sus compañeras de cada día: las abejas, que se “levantaban” a las 6 de la mañana. “Las más agresivas que jamás he visto; acumulé tal cantidad de picaduras en mi cara, que se hinchó hasta el punto de que casi no podía ver, mis ojos estaban prácticamente cerrados”.

Aunque los aventureros del pasado no contaban con ropas y equipajes livianos como los de ahora, actualmente “hay que lidiar con muchos aspectos que los exploradores de antaño no tenían, como son las trabas burocráticas, así como el hecho de que el mundo cada vez es más pequeño, complejo y donde todo está interrelacionado”, señala Zardoya. “La selva está ahí todavía, es una zona oculta. Cuando se dice que el mundo está todo cartografiado, no es verdad, porque la selva es inmensa. No digo que haya ciudades enormes, esto es fantasioso, pero es muy posible que haya todavía restos ocultos, caminos o pequeñas ciudadelas”, confía Leveratto. Y los aventureros no van a quedarse en casa mientras haya aventuras que les aguardan y en tanto el Paitití siga siendo un misterio.

¿Y las exploradoras?

La teoría dice que los seres humanos nacieron en África y, de allí, expandieron al resto del mundo. Eran exploradores por necesidad. Luego vinieron los viajeros de negocios, como el italiano Marco Polo, que llegó hasta el lejano oriente a finales del siglo XIII. Después, hay un largo etcétera de exploradores de América, África y Asia. Pero, ¿qué hay de las exploradoras? Están las míticas Mary Kingsley, la reina de África, y May Sheldon, la primera mujer que lideró una expedición en el continente negro. Y las de hoy: Laura Dekker, que dio la vuelta al mundo en barco de vela con 15 años; Nélida Iglesias, una octogenaria que recorre Sudamérica en moto; o Sarah McNair-Landry, la persona más joven que ha esquiado en el Polo Sur.

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