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Fanny Vargas

Aprendió el oficio de los fierros desde la niñez y, cuando se casó, lo puso en práctica profesionalmente en la Argentina en la empresa Ford. Ahora tiene una tienda de repuestos. Enamorada de la mecánica.

La Razón (Edición Impresa) / Mitsuko Shimose

00:00 / 28 de septiembre de 2014

Con 76 años sobre las espaldas y el cabello totalmente blanco, Fanny continúa trabajando en su taller de mecánica automotriz y cambio de aceite en Achumani. Hace tres años que su jornada comienza desde las 07.00 en la piscina de Alto Obrajes, “luego, me voy a trabajar a las 08.45 y me quedo en la tienda hasta las 18.30”. Su negocio-taller es propio desde hace dos décadas. Para llegar a eso, explica que tuvo que dar en anticrético su departamento e irse con su hijo a unos cuartos, a medio hacer y sin ventanas, al lado de la casa. Además de ese sacrificio, Fanny trabajaba de 07.00 a 00.00 para pagar sus cuentas y deudas.

Esta decisión de independizarse la tomó a sus 60 años, cuando se desempeñaba como jefa de comercialización en una gran tienda de metalmecánica de Vanguard. “Fue gracias a un cliente japonés que me animé a hacerlo, sin contar con que también fue él quien me vendió el que ahora es mi espacio laboral”, expresa, mientras se abotona su overol.

Autodefinida por la agilidad de sus movimientos, hace del dinamismo una forma de vida. “Yo manejo muy bien la bicicleta allá en Ciudad Satélite que es donde vivo. La manejo no solo para ir al mercado, sino para movilizarme a todas partes”, asegura con un brillo en su mirada.

Ese aire de independencia había sido parte de ella desde muy joven. Cochabambina de nacimiento, se vino a vivir sola a La Paz cuando tan solo tenía 15 años. “Me sentí incómoda porque tenía seis hermanos mayores y mi mamá era sola”.

Estudió hasta 1° de Secundaria en el colegio Maryknoll de Cochabamba, donde le dieron una certificación que le sirvió para conseguir trabajo en La Paz.

Fanny recuerda que cada vacación, una de las monjas del colegio la llevaba al área rural a curar a los campesinos. “Ahí fue donde aprendí a colocar inyecciones”, indica, y lo hizo gracias a sus constantes prácticas en naranjas.

Así, cuando llegó al altiplano paceño, consiguió trabajo, en primera instancia, en la pulpería de la Embajada de Estados Unidos. Después de cinco meses, pasó a ser ayudante de la doctora que atendía a los sargentos americanos.

Luego de eso se casó y se fue con el que pronto sería su exmarido a la Argentina, donde entró a la empresa de Armando Ford, su primer contacto profesional con los fierros. “Cuando era niña, ayudaba a mi cuñado en la mecánica, suavizando la válvula de los coches, así que ya sabía que me estaba metiendo a algo que me encantaba hacer”, dice.

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