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Felicidad Ulloa

Por más de cuatro décadas tiene un puesto de billetes de la fortuna en la avenida Mariscal Santa Cruz. Hoy es la secretaria ejecutiva del gremio que aglutina a unas 65 personas en La Paz. Vendedora

La Razón / Miguel E. Gómez Balboa

00:00 / 05 de febrero de 2012

Un Ekeko bonachón y bien equipado. Un rococo de madera. El humo aromático de un incienso. Y billetes de lotería coloridos que empapelan los murales de fierro. Es el anaquel de Felicidad Ulloa Simonini, en la avenida paceña Mariscal Santa Cruz. Ella es una de las vendedoras más antiguas de billetes de la fortuna: tiene 62 años, y desde los 19 es una intermediaria entre sus clientes y sus esperanzas de “pegarle al gordo”.

“Yo quería ser una buena abogada, una gran enfermera”, confiesa, mientras acomoda su cabello recogido en una cola; las canas enmarcan su rostro de gesto cordial. Pero no pudo porque su mamá Daría se enfermaba y hospitalizaba con frecuencia. Ello la obligó a trabajar desde pequeña, al igual que a su hermano. “No hemos sido niños, siempre hemos sido grandes en pensamientos. Así crecimos en la zona antigua de Tembladerani”.    

Su destino se decantó cuando consiguió un puesto laboral en la Lotería Nacional, en el edificio que esta entidad ocupa desde 1928 entre la Mariscal Santa Cruz y la calle Cochabamba. Allí conoció a Pedro Velarde, quien ya ofrecía billetitos de la suerte a los pies del inmueble. Se enamoraron, se casaron, ella se le unió en el oficio y desde 1967 no se han movido de esa esquina de la ciudad.

Felicidad rememora que, de entrada, cambió el hábito de su esposo de exponer los talonarios en un pequeño tablero de madera, e ideó un marco portátil que mandó construir a un cerrajero. “Así el puesto se volvió más atrayente y presentable”, relata, secundada por la sonrisa de Pedro. Y la innovación de esa muchacha de 19 años fue todo un éxito y resultó emulada por muchos de los vendedores.

Ella admite que son otros tiempos: que bajó la demanda (antes vendía centenas de billetes, hoy decenas), que antes había más premios (incluso para los billetes cuya terminación o tres últimas cifras coincidían con las del ganador), que la Lotería está en crisis... Eso sí, los clientes de antaño son fieles a su costumbre y recurren a ella; claro, no como en la época de oro, “cuando adquirían diez billetes: con terminaciones del 0 al 9”.

En el techo de su anaquel, esta mujer, que también es dirigente de su gremio, expone las fotografías de las personas a las que ayudó a cambiar la vida. “Entre ellas logré que un periodista gane un cero kilómetros; le presté el billete”. Hoy, su única meta es trabajar, pero ya no para su mamá, ni sus siete hijos, sino para sus diez nietos. “Para que sean lo que no fui”, tal vez enfermeros o abogados. Eso la llenaría de felicidad, como su nombre.

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