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Felisa Mamani

Pertenece a la segunda generación que se ocupa de la venta de anticuchos desde hace más de 30 años. La madrugada y sus clientes son los testigos de sus agotadoras jornadas. Vendedora de corazones.

La Razón (Edición Impresa) / Mitsuko Shimose

00:00 / 15 de marzo de 2015

Con el cabello níveo de tantas canas y los ojos rojos por el humo trasnochador de la parrilla, Felisa Mamani, de 57 años, atiende su puesto de anticuchos en Las Velas de La Paz desde hace 30 años. Trabaja cinco días a la semana y sus horarios son opuestos al sol: entra cuando anochece y se va al amanecer. “De lunes a domingo estoy desde las 18.00 hasta las 07.00 para limpiar el puesto, porque a las 05.00 recojo, pero hasta limpiar ya se hace las 07.00, hora en la que salgo”.

Ella recuerda que cuando era niña, acompañaba a su mamá al antiguo  estadio a vender los anti- cuchos después de cada partido. “En este lugar no había focos, por eso vendíamos con mecheros en unas latitas con trapo y querosén. Desde ahí, los puestos se reconocían como los de Las Velas”, señala. Después de su arduo trabajo, doña Felisa se va al mercado Rodríguez para comprar los corazones con los que después conquistará a sus clientes. “Como lunes, martes y miércoles no hay mucha venta, compro cinco kilos, mientras que viernes y sábado, 10”. La papa, en cambio, la adquiere semanalmente y asegura que para cada noche usa una arroba. “Los viernes y sábados necesito media arroba más, son los días en los que atiende mi hija por ser los más ajetreados. En días hábiles mis clientes ascienden a 80 y en fines de semana y feriados llegan hasta los 150”.

Un platito con una papa y media y tres pedazos de corazón con ají de maní está servido. Cuesta ocho bolivianos, que se puede duplicar o hasta triplicar en un solo cliente. Los sabores se mezclan en el paladar de los comensales. Comino, pimienta, sal, ajo y vinagre forman parte de los condimentos que le pone al corazón para que esté sabroso, mientras muele en el batán ají amarillo en vaina retostado con maní también retostado.

Veinte minutos son los que necesita para prender el carbón. Se ayuda con un trapito con querosén para que encienda rápido y no humee como cuando se lo hace con papel.

La jornada laboral recién comienza y doña Felisa, quien tiene los ojos cansados por tantos años de trabajo heredado que le ayudaron a criar a sus cuatro hijos, tiene que esperar hasta la tarde del día siguiente para poder cerrarlos por unas horas.

                 

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