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Felsi ‘Pato’ Terrazas

Combina la moto con el fútbol, pero lo que más le gusta es mostrar la belleza del Madidi. Hace poco aprendió que es importante respetar la vida que habita en su interior. Mototaxista, guía y árbitro

La Razón (Edición Impresa) / Gemma Candela

00:00 / 22 de junio de 2014

Está entre el público en la inauguración  de la exposición Rostros del Madidi en el Museo de Etnografía y Folklore de La Paz, abrigado, observando las grandes fotografías de animales y paisajes del norte del departamento. En el momento en que el autor de las imágenes, Mileniusz Spanowicz, da los agradecimientos, lo llama para que acuda al centro pues, sin él, no habría logrado realizarlas. Es Felsi Terrazas. Saluda, feliz, y luego vuelve a mezclarse entre la gente.

De cerca se nota que tiene una cicatriz sobre la ceja izquierda. Nació en Tumupasa, Beni, y hace 20 años se trasladó a Rurrenabaque, donde lo conocen como Pato. “Esto viene de mi padre, que se llamaba Donald”, explica con una sonrisa. Va abrigado con una chamarra, pero lo normal para él es ir en polera recorriendo las calles de Rurre sobre ruedas: es mototaxista. Sin embargo, cuando Mileniusz viaja hasta allá para entrar al Madidi, Pato aparca la moto y se despide de su esposa, sus dos niñas y dos niños —“los dejo llorando”, dice— para hacer de guía en la selva.  

Solo ha realizado este trabajo con el fotógrafo, pero le ha picado el gusanillo y, señala, le gustaría dedicarse de pleno a esta actividad. Eso sí, sin abandonar su gran afición desde hace 15 años: arbitrar partidos de fútbol, cosa que hace a menudo: “En Rurre tenemos campeonato tras campeonato”.

Conoce la selva de sobra por haber caminado a través de su frondosidad durante casi cada uno de sus 41 años. “Para nosotros no es nada duro”, asegura, refiriéndose a él y a otro rurrenabaqueño que también es guía de Mileniusz: Darwin Sevillano, quien no pudo salir de Beni para venir a la inauguración de la exposición en La Paz. “Los tres hemos compartido. Estar sin mi amigo es como si me hubieran sacado un brazo”. Porque en medio de la naturaleza, donde el único contacto con la civilización es la radio satelital, la vida de uno depende de la de los demás, y viceversa.  

Mira una gran imagen de un jaguar. Si aparece este felino en mitad del camino, sabe cómo espantarlo (después de que el fotógrafo ha inmortalizado su figura, claro): gritar o blandir un palo son más que suficientes. “Antes, yo veía un animal y lo cazaba. Ahora no”, expresa, orgulloso. Mientras enseña a Mileniusz a moverse entre la maleza, también aprende. Ahora sabe que es importante cuidar el entorno y, además, aprovecha las estadías en la selva para practicar, con el maestro, su nuevo interés: la fotografía.

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