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Fieltros, en la cabeza: Una idea hecha tradición

El bisabuelo de Wanda Giménez, Francisco Giménez Fernández, cruzó el Atlántico, desde Castilla y León hasta las altas y frías tierras de Potosí, allí el español decidió establecerse con una tienda de telas y nació Alfredo Giménez Carrazana, pero el destino familiar estaba escrito en otra ciudad boliviana: Sucre.

La Razón (Edición Impresa) / Liliana Aguirre

00:00 / 09 de marzo de 2014

El bisabuelo de Wanda Giménez, Francisco Giménez Fernández, cruzó el Atlántico, desde Castilla y León hasta las altas y frías tierras de Potosí, allí el español decidió establecerse con una tienda de telas y nació Alfredo Giménez Carrazana, pero el destino familiar estaba escrito en otra ciudad boliviana: Sucre.

En la cabeza del hijo de este español, quien fue el abuelo de Wanda Giménez, se gestó la idea de crear una fábrica de sombreros, inspirada en la princesa de la Glorieta, Clotilde Urioste de Argandoña, quien a principios del siglo XX instaló una fábrica de fieltros en Sucre. Y es que en esos tiempos, los sombreros eran sinónimo de estatus, la aristocracia europea los usaba y también la clase alta boliviana.

Con esfuerzo, Alfredo apostó el todo por el todo por su sueño. Hoy su nieta sigue sus pasos. La fábrica Duvet (nombre que refiere a la suavidad de los edredones de plumón) está ubicada en El Alto, camino a Viacha, es donde Wanda, su padre y otros dos socios confeccionan fieltros de primer nivel, tanto de lana de oveja como de pelo de conejo.

“Es un proceso que tiene una serie de pasos. Primero nos llega la lana que compramos de productores de Oruro y La Paz”, explica la joven de 27 años.

Su mirada azul se posa en montones de lana que fue trasquilada a las ovejas, mientras una operaria separa la fibra para lavarla. Esa selección es necesaria por la suciedad acumulada.

“A diferencia de otros lugares en el mundo, nuestras ovejas no crecen en corrales ni son alimentadas con cierto cuidado, ni se repara en su higiene, por lo que su micronaje es alto”, señala. Para que no quede duda, Wanda explica que el micronaje es el espesor de la lana y entre más bajo sea significa que tiene mejor calidad. El olor a oveja, inconfundible, impregna el lugar.

Una vez que la lana es seleccionada, empieza su tratamiento. “Tenemos un proceso que implica lavarla con agua caliente, detergentes especiales y ácido sulfúrico para quitarle la grasa, suciedad y barro, y así dejarla impecable”, detalla.

Una vez limpia, la lana de oveja es mezclada con otra más fina denominada blus —que es de origen argentino—, entonces las pelusas comienzan a flotar en el aire, razón por la cual los trabajadores de Duvet llevan un barbijo.

Un mecanismo especial es el que se encarga de prensar la lana y hacer girar tornos hasta formar colchones delgados del fieltro. Ese es uno de los tantos procesos antes de lograr el fieltro.

“Las máquinas las trajo mi abuelo en los años 40, desde Alemania e Italia, para su fábrica en Sucre”, revela Wanda, mientras guía el recorrido por la planta. Sin embargo, como era necesaria más tecnología, gracias al ingenio y a la mano de obra de torneros, mecánicos y electricistas alteños los modelos fueron reproducidos.

Los empleados no descansan pese a que dentro de la fábrica se siente el calor, hay secciones en las que se trabaja con agua caliente y planchas a vapor.

El vaho dificulta la respiración. Wanda asegura que  las altas temperaturas son la clave para enfieltrar. Hay espacios donde las paredes y los pisos son de azulejos para evitar que la humedad deteriore los ambientes.

Una vez que se tienen los delgados colchones de lana, que parecen gasas que se sobreponen, se los envuelve y se los corta para darles forma triangular.

“Se los plancha con vapor para que se vayan aplanando y pierdan la pomposidad, eso es enfieltrarse. Luego se los envuelve con gomas y agua hirviendo, y se los mete a la máquina con rodillos”, agrega la administradora de empresas.

Como calderos de bruja que calientan pócimas secretas, el siguiente proceso por el que pasan los fieltros es el teñido.

En el recorrido, casi al finalizar, hay un espacio que no deja de llamar la atención, se trata de la máquina saltarín, en la que se estira y da forma a los fieltros para que queden listos para salir al mercado.  

“Los artesanos compran el producto porque en el área rural hay la costumbre de comprar al año tres sombreros. Uno oscuro por si hubiera un velorio y los otros coloridos para las fiestas. Tener uno es un sinónimo de estatus”, asegura Wanda.

Proceso

1. purificación de la lana

Cardas y cardinas son las máquinas que se encargan de mezclar la lana de oveja limpia. La materia prima pasa por un proceso de lavado para que alcance su máxima pureza. Las máquinas comprimen la lana hasta que se forme una especie de colchón muy delgado, ideal para seguir el proceso de enfieltrado antes de que salgan paños con forma cónica que luego adornarán las cabezas de cientos de clientes.

2. formación de los conos

El siguiente paso es envolver en conos de madera los colchones delgados de lana que lucen como gasa blanca. Las personas que realizan este trabajo muestran una gran pericia ya que los conos de madera giran mientras ellos los envuelven. La fábrica cuenta con una carpintería propia que atiende cualquier desperfecto de las bases de madera en las que se forman los fieltros según peso y tamaño.

3. planchado a vapor

Una vez que el peso y el tamaño son los adecuados, se corta el material envuelto y se lo lleva a las planchas a vapor para darles la textura final, es el proceso de enfieltrado. En este paso, la fibra prensada se endurece y es, prácticamente, irrompible, además que tiene la forma base para armar un sombrero. Este proceso concluye en unos rodillos por los que corre agua hirviendo.

4. teñido en calderos

Según lo que busque el cliente, en cuanto a tonos, los fieltros son teñidos en calderos en los que hierven los tintes traídos desde Alemania. El agua a altas temperaturas permite que los colores se fijen en la lana. Después de este tratamiento, los sombreros secan en un sitio, que concentra calor, diseñado especialmente con una estantería que sirve para ordenar los fieltros por colores.

5. el “saltarín” y las formas

El saltarín es una máquina en la que un operario coloca los sombreros y va dando pequeños brincos para darles la forma de la cabeza. Otras tecnologías sirven para afinar la estructura final del fieltro y garantizar la calidad del acabado. El producto es vendido a artesanos locales que lo adornan y convierten en elegantes sombreros. Es muy demandado en zonas rurales del país.

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