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Fiesta en Vitichi, la alegría de estar en casa

‘De Vitichi que es mentada me saqué una manzanilla, prefiero perder la imilla y no perder la semilla’. El 90% de la población de Vitichi es de origen quechua. En Facebook es posible ver fotos y videos de fiestas como el aniversario o el Carnaval, y de los lugares típicos. Los emigrantes escriben aun desde Afganistán. Buscar como ‘Vitichi mi tierra’.

La Razón / Ivar Méndez (colaboración de la dra. Ivonne Aracena Landaeta)

00:00 / 03 de marzo de 2013

El calor del mediodía es sofocante y el sol deja sentir su ardiente abrazo. Mi sed es agobiante y se me seca la garganta. Doña Justina me alcanza un vaso de una bebida de matiz acanelado; está fría, dulce e increíblemente refrescante. Es el hervido de mocochinchi que se prepara en el pueblo potosino de Vitichi.  

Vitichi es la capital de la segunda sección de la provincia Nor Chichas de Potosí y estamos aquí en pleno Carnaval. Hay una gran agitación en el pueblo y muchos viticheños llegan como hijos pródigos a la tierra de sus añoranzas a reencontrarse con familiares y paisanos en medio de la fiesta; algunos vienen a reencontrarse consigo mismos.

Familias enteras, con notorio acento argentino, deambulan bulliciosamente por el pueblo y sus alrededores. Son parte de los que han emigrado al norte argentino buscando mejores condiciones económicas. Esa migración, que data de décadas atrás, es parte de la historia del pueblo que está ubicado estratégicamente en la ruta de Potosí a Argentina. La mayor parte de los nativos van a trabajar a la zafra de caña de azúcar en los grandes ingenios de Jujuy y Salta.

Mientras saboreo el durazno cocido, sacándolo del fondo del vaso, doña Justina me revela el secreto de su delicioso mocochinchi —“Son los duraznos de Vitichi”, me dice en voz baja— y dicta la receta: hay que dejar en remojo los duraznos secos toda la noche antes de ponerlos a hervir; al día siguiente se los hace cocer en agua con un poquitito de canela, limón, cáscara de naranja  y un toque de clavo de olor. La dama ha hablado cobijada del sol de mediodía, como una reina, bajo el toldo de su puesto callejero ubicado a pocos pasos del mercado de Vitichi.  

Hay pocos datos sobre el origen de este pueblo. Se cuenta que un capitán español  de nombre Sancho Martínez, después de casarse con la hija de un cacique de la comunidad de Calcha, se estableció en el valle que actualmente se conoce como Vitichi, alrededor de 1590. Lo que es claro  es que la primera administración del pueblo se formó el 7 de diciembre de 1888.

Se especula mucho acerca del origen del nombre. Algunos dicen que viene de la palabra aymara lip'ichi, que significa cuero, lo cual tiene sentido, ya que en la Colonia, Vitichi era famoso por la producción de cuero de cabra cordobán, muy apreciado en Bolivia y Argentina para la fabricación de zapatos, carteras y cinturones.

El 7 de noviembre de 1847, Vitichi entró con estruendo marcial en los anales de la historia boliviana, por la celebrada batalla en la que el general José Ballivián derrotó al ejército revolucionario que comandaba el coronel Sebastián Ágreda y que amenazaba su presidencia. Se cree que esa batalla, en la que se demostró el genio estratégico de Ballivián, fue librada en el lugar que hoy ocupa el cementerio de Vitichi.

La plaza del pueblo se ha tornado en hervidero de comparsas que ensayan con gran entusiasmo para la entrada de Carnaval. Chicha, cerveza, serpentina y mixtura fluyen sin restricciones; los espíritus y mentes de los participantes caen rendidos al alma de la fiesta. “De Vitichi, que es mentada, me saqué una manzanilla; prefiero perder la imilla y no perder la semilla”, se escuchan las coplas al son de las cajas y pinquillos, ecos de tiempos pasados en medio de tonadillas contemporáneas.

Hombres a caballo se pasean por las calles del pueblo y se preparan para el juego de la sortija (los paseadores vienen de comarcas vecinas). La sortija es un juego de tiempos coloniales: los jinetes, a toda carrera, tienen que ensartar una argolla que cuelga de un cordel atado entre dos postes, usando una vara de madera llamada puntero.

Me invitan un durazno fresco. El primer mordisco de la pulpa jugosa y suave provoca una explosión de sabor. Doña Justina tenía razón, los duraznos de Vitichi son los más deliciosos del mundo.

El juego de la sortija va a comenzar y casi todo el pueblo vino a presenciarlo. Aglomerados a los costados de una pista de tierra preparada expresamente para el certamen, hombres y mujeres se abren paso. Llama la atención que todos lleven el rostro embadurnado de harina y flores en sus sombreros. El entusiasmo de espectadores y jinetes es avivado por la chicha, así que la multitud desborda en una ola de gritos, silbidos y aplausos. Los corceles excitados por la muchedumbre lanzan bramidos y relinches. El torneo empieza y los jinetes se lanzan a todo galope; la mayoría de ellos no logrará ensartar la sortija. Los  dos que  lo han conseguido se llevan el premio y con gran algarabía son levantados en hombros. Al son de pífanos, cajas y un sinfín de brindis comienza la celebración.

Cae la noche y resuenan nuevamente las coplas: “Este río de Vitichi casi casi me ha llevado; había una linda chicheñita, en sus brazos me ha salvado”. Las comparsas avanzan hacia la plaza cantando y bailando, los cohetillos y fuegos artificiales iluminan el pueblo bañando los alrededores de diversos colores y sonidos. Las chicheñas se mueven con gracia mientras golpean rítmicamente las cajas; sus caras blanqueadas y amplias sonrisas resaltan en medio de la noche. Al mirar el cielo, las estrellas fulguran con intensidad. Pero es el Carnaval el que ha encendido al pueblo que brilla en el valle chicheño.

El baile y la algarabía me han provocado una increíble sed. Sé muy bien adónde ir: doña Justina me espera en la puerta del mercado con un refrescante vaso de mocochinchi.

En Nor Chichas

El 90% de la población de Vitichi es de origen quechua. En Facebook es posible ver fotos y videos de fiestas como el aniversario o el Carnaval, y de los lugares típicos. Los emigrantes escriben aun desde Afganistán. Buscar como ‘Vitichi mi tierra’.

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