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Fiesta bella en Arani

La celebración por la patrona del pueblo reúne a fieles que buscan bendición entre comidas y bebidas típicas.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Basualdo Z.

00:00 / 07 de septiembre de 2014

Los devotos están obligados a tener buena puntería. Eligen entre las piedras puntiagudas, apuntan a una de las cruces de aquel calvario de 14 estaciones y lanzan el pequeño canto rodado, esperando a que quede varado en la base de la cruz. Así se cumple el deseo. Cuan más grande el deseo, más grande el tamaño de la piedra. Esta gente pide de todo. Autos, casas, terrenos, wawas. Es la celebración de la Virgen La Bella, que cada 23, 24 y 25 de agosto reúne a los pobladores de Arani, a sus vecinos de Sacaba, Aiquile, Mizque y Cliza, entre otros municipios cochabambinos, y a coterráneos arribados de países como Brasil, España o Argentina, sus actuales residencias.

“Nosotros participamos sin falta en esta celebración de la Virgen porque somos muy creyentes; ella es muy milagrosa”, dice Franz Zapata, en representación de la numerosa familia que le acompaña rumbo a la iglesia San Bartolomé, en la plaza principal de Arani, para que su “Virgencita bella”, ésa que tienen en casa con altar propio, asista a la misa que el párroco del pueblo oficia para bendición de los asistentes. Es domingo 24 pero la fiesta comenzó el viernes por la noche, aseguran los más jóvenes, quienes desconocen la historia de La Bella a la que  brindan fe y devoción.

Según el párroco del pueblo, Lázaro Torrico, la Virgen fue traída al territorio que hoy es Bolivia por los curas franciscanos en el siglo XVI. Existen indicios para sostener que los españoles residentes en el valle de Arani, especialmente los muy devotos de la Virgen de Lepe en Huelva, España, iniciaron la devoción de La Bella, difundiéndola entre los cristianos de la región. “Hay otra versión relacionada con una leyenda que habla sobre la aparición de la Virgen a orillas del río. Se cree que su imagen quedó plasmada en una piedra, que aún se conserva en la capilla de su calvario”, explica el cura.

Durante los siglos XVII, XVIII y XIX, la devoción a la Virgen La Bella se difundió y se popularizó entre las poblaciones del Valle Alto cochabambino, pero también entre los creyentes de la zona andina de occidente y los devotos del oriente boliviano. Por ello, los araneños dicen orgullosos que La Bella “tiene más años que la de Urkupiña”. “Fue agasajada mucho antes que la Virgen de Urkupiña, su romería convocaba a más fieles hasta que un accidente de tren se llevó la vida de casi todos los que iban a Arani en 1945. Entonces la celebración araneña decayó mientras que la de Quillacollo ganó en fieles”, explica la responsable de Culturas de la Gobernación cochabambina, Estela Rivero. Hasta que Arani recuperó sus tradiciones, entre ellas el festejo en honor de su patrona.

Éste es un pueblo con aires coloniales, que conserva sus viviendas de barro con techos de tejas. Los comunarios se dedican principalmente al agro: plantaciones de papa, maíz, trigo y cebada hacen al paisaje araneño. Por estas tierras, previo a la llegada de los españoles, moraban los grupos étnicos chuis y cotas.

En la actualidad, en este municipio de 191 kilómetros cuadrados con 64 comunidades conviven más de 11.000 personas. Su recinto religioso es uno de los más antiguos de Cochabamba, data del siglo XVII, fue construido en 1605, cuando se creó el arzobispado de Santa Cruz. Por su arquitectura, platería y retablos fue declarado Monumento Nacional y Patrimonio Colonial de Cochabamba, en 1945.

El templo guarda en su recinto la imagen tallada en madera y policromada de la patrona del pueblo, que presenta un rostro maternal con rasgos autóctonos de una mujer morena. Y como su nombre lo indica, es una de las imágenes más bellas de la Virgen María.

Arani se encuentra dentro de una ruta turística articulada por la Dirección de Culturas de la Gobernación del departamento, que busca reflejar la riqueza patrimonial de la región desde el convento de Santa Teresa en la ciudad de Cochabamba hasta la ciudad colonial de Totora. Los otros municipios involucrados son Cercado, Tarata, Cliza y Villa Rivero. En cada uno de ellos se piensa realizar como mínimo un proyecto de restauración de alguna de sus obras patrimoniales.

La previa de la fiesta, la noche del viernes 22, se vivió entre fuegos de artificio, música y bebida en la cima del calvario, en cuya capilla aguardaba la efigie de la Virgen rodeada por decenas de religiosos. “No es parte oficial de la celebración, pero sí vale como una bienvenida”, señala Franz. Fue también una jornada de rezos y promesas.

El 23 de agosto es el día del calvario, celebrado con una romería acompañada por la venta de miniaturas en todo el trayecto de cruces que consta la empinada subida a tres kilómetros del pueblo. Junto a la capilla, algunos comerciantes dan forma a pequeños terrenos demarcados con piedras, los que son ofrecidos a los feligreses entusiastas por un precio de 10 a 20 bolivianos. Mientras más grande el terreno, mayor el pago de los creyentes.

Fernando Arce es uno de aquellos vendedores que también ofrece sus miniaturas en festividades de la Virgen de Copacabana y la Virgen de Cotoca, entre otras santas. “Lo que más sale son los billetes, las propiedades, las maletas”, dice. Y también los 12 amuletos de colores para la salud, dinero, estudio, prosperidad, familia, unión, negocio, suerte, amor, trabajo, viajes y contra la envidia.

El día del calvario transcurre entre música, comida y bebida para los religiosos, hasta apenas llegada la noche, pues a las 19.30 La Bella debe descender de su capilla, entre alabanzas y oraciones, hacia la iglesia de San Bartolomé, donde una misa aguarda por ella. Allí los concurrentes le acercan desde objetos personales hasta miniaturas para ser cubiertos por su manto, a la vez de humectarse con las gotas que lanza el cura desde su ramillete de agua bendita.

Paralelamente, en el mercado popular, a tres cuadras del templo, la festividad continúa con comida para todos los gustos —donde sobresalen el chicharrón, la wathia y la arveja uchu, acompañado por las chichas kulli y amarilla, néctares del valle— y una amplificación que hace escuchar cumbia villera. Según los lugareños, la celebración continúa “hasta que las velas no ardan”.  

La fiesta patronal, en la que los devotos visitan a la Virgen y participan en la solemne procesión por las coloniales y polvorientas calles del pueblo, se realiza el domingo 24. Desde muy temprano, la iglesia se llena de creyentes, y una banda de la Fuerza Aérea Boliviana (FAB) introduce música litúrgica al acontecimiento desde el atrio del templo religioso.

Fuera del recinto, comerciantes de estampitas, rosquetes, panes, muñecos hechos de lana y de pulpa de durazno obran en una auténtica feria de bagatelas. Para ellos es una forma de vida. “Hay mucha gente que llega y quiere wawas. Con estos (muñecos) que nosotras tejemos tienen que ir a donde la Virgen y besarle su manto”, explica doña Agustina, sentada en su puesto frente a la parroquia abarrotada de peregrinos.

Otra infaltable a la cita es doña Delia Rojas, madre de Franz, nuestro guía. Ella cuenta algunos relatos que guarda desde que tiene uso de razón. “Mi papá fue a la Guerra del Chaco y nos contaba que le rezaba mucho a la Virgencita. Siempre recordaba que, en una batalla, las balas pasaban por su lado, algunos de sus compañeros murieron pero él seguía vivo. Cuando volvió, sano y salvo, se hizo más creyente todavía y es lo que nos inculcó a todos sus hijos”, relata.

Finalmente, el tercer día, lunes 25 de agosto, se celebra la kacharpaya (voz quechua que significa despedir o despedirse), con la entrada de las diversas fraternidades folklóricas que arriban desde pueblos vecinos y de la ciudad de Cochabamba.

Para la celebración de este año se dieron cita cerca de 50 agrupaciones folklóricas movidas al compás de huayños, cuecas y zapateos, danzas típicas de los valles cochabambinos. “También se festeja el quinto día con el trueque, en el que los pobladores de los municipios vecinos intercambian sus productos agrícolas. Pero ya es una fiesta más local, entre comunarios”, comenta Franz, quien junto a su esposa compró un muñequito de lana, de esos para encomendar un retoño, que llenos de fe hicieron bendecir.

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