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Fin de etapa

Fin de etapa.

Fin de etapa.

La Razón (Edición Impresa) / Manuel Monroy Chazarreta

00:00 / 25 de abril de 2018

Es rico inventarse etapas, sus inicios y sus fines. Siento el fin de una al haber presentado el tercer libro de Crónicas del Papirri, este 11 de abril en el Espacio Patiño de La Paz. Muchas gracias a Michella Pentimalli por cedernos el espacio y por las lindas palabras, estaba lleno de amigos y gente entrañable, hasta embajadores había; Marcel Ramírez, de la Editorial 3600, llevó 50 libros que se acabaron rapidito, gran récord en esta época donde el libro se regala nomás. A partir de ahora me vale, voy a escribir así de suelto, ya no irán estas letras a ningún libro, por lo menos a mí no me interesa aquella tensión del próximo escrito que aparecerá luego recopilado. Porque el problema no es escribir estito, el problema es pensar que estito saldrá en libro y ahí sí la cosa se pone tensa, porque cuando ves estito en un libro, con su índice, sus correcciones morosas, su voz interna, te da un julepe literario, te quedas pues eterno en el bodoque aquel; esto ahora ya no pasará. Así que a disfrutar de este espacio dominguero, de la nueva etapa dijké, de este ch’enko total de sensaciones paceñas.

Ayer volé en teleférico por encima del Choqueyapu, qué hermosa sensación de mar aéreo con los rulos del río abajo, antes bajé en ascensor un cerro de suicidio; fui feliz en una tarde dominguera paceña, las familias pasaban al frente en las cabinitas volando el río y estaban pletóricas, claro, es un paseo hermoso y barato, marítimo solar, en dos minutos llegamos a Obrajes desde la Arce y caminamos, arriiiba, hasta la tumba de mis padres. Llojeta se veía asombrosa. Estito quería que cuides, alcalde hermano, los capitales que ponen ahí las tumbas se van a comer Llojeta más, solo queda una partecita de este patrimonio natural paceño. Ya la empresa japonesa de autos (huevo hacerle propaganda) se comió un achachila con poetas incluidos y van a poner un center triple o algo así, espantoso, para eso está la avenida de Calacoto, puteo como cholita. Peligroso es caminar desde la parada de Obrajes hasta la gasolinera del Cementerio Jardín, sería bien pensar en los peatones también, porhay un minibús sudado se va de freno y ya eras… terminas en el Cementerio Jardín.

La subida a la tumba de mis padres pasa cuatro cerros con cientos de exhumanos, coloqué florcitas a tumbas abandonadas célebres, conocidas, ni sus hijos van a recordarse. Porque en realidad eso es ir al cementerio: recordarse. Vi de pronto un señor mirando su propia tumba, como nadie lo visitaba, él se estaba visitando, él se salió a visitarse y a ponerse una flor. Era un espíritu superior, son muy pocos. De pronto, en el segundo cerro sonó un bolero de Los Panchos, una gordita cantaba hermoso en un entierro medianero, con su pista y los bongoes de su novio, era parte del servicio fúnebre la gordita, ¡qué sublime cantaba! Lloré sin motivo por el difunto ignoto, pijché en silencio y continuamos la caminata hasta la cruz amazónica donde mis padres se besan en su tumba fecunda. (Ya escribí esta frase antes. Sí…¿y qué?).

Parece que soy el único que va a la tumba de mis padres, no tenía flores, hace 20 días que había ido la última vez. Siempre que voy me acuerdo de mi pagrino Fernando, me dejó el segundo nombre y un recuerdo alegre, era el único que me regalaba cositas extras, soldaditos de plomo, el auto de Batman en dinky toys, una pelota con blader más. Era hermoso mi pagrino, elegante, pañuelo de seda en el cuello tenía. La caserita de las flores me regaló una rosa, —“para tu mamá”, dijo, “es que ya me estoy yendo don Papirri, son las cinco”—, y me plantó un beso helado con sus mejillas chaposas. Ya está llegando el invierno pues, tarde había sido.

Al volver al nicho paterno fui a ponerle una flor al de mi pagrino que está cerquita. Vecino es. No encontraba el lugar che... raro. Dando vueltas como huayronco (¿pájaro será?) logré dar con el nicho, estoy seguro de que era el de mi pagrino. Ya no estaba la lápida, pero. Era un cemento arrugado nomás. Me acordé que mi papá me dijo que a mi pagrino Fernando lo expulsaron de su hogar, era de una familia de terratenientes, dueño de haciendas en el altiplano y de medio Yungas, pero él, la oveja negra, optó por la Revolución Nacional, era militante de la Reforma Agraria, apostó por la abolición del pongueaje y de la esclavitud indígena, por el voto de todos, la Revolución del 52 le quitó nomás las tierras a la familia haylona del pagrino y ésta expulsó para siempre a Fernando. Parece que nadie pagó la tumba, no tuvo hijos, su esposa era rusa, creo, voy a averiguar, igual le puse una flor llorosa a su sarcófago sin nombre.

Así también me hacen a mí a veces por apoyar a un presidente indígena, bullying familiar, grave me insultan en el Face y últimamente en un baño. Por eso, me puse a orar en la tumba de mis padres, hice un arreglo floral adonis, y decidí que a mi cuerpo lo incendien nomás y voten el polvo al lago Titicaca, así no pasas esta soledad eterna de mi pagrino, tantas tumbas sin recuerdo, tanto cuerpo sin motivo, tanta hormiga insoportable, th’anta nostalgia que me invade. Menos mal que aparece el Frigoooo y me hace suspirar de nuevo. Respiro hoooondo la bajada que es más linda todavía, además no hay puerta abajo para que cierren. En minibús he vuelto a mi cuarto, el Illimani me saludó con sus cejas, me comí una mandarina riquirriqui y le dije al maestrito sin motivo: —“ni epitafio quiero tener”.

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