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Flamenco flamenco

Marcos Jiménez abona la llegada de ‘El Torombo’.

La Razón / Cecilia Lanza

01:16 / 09 de junio de 2013

Flamenco, flamenco, bautizó Carlos Saura su última película del género musical (2010), en la que afirma rotundamente que el género está vivo y vive una revolución permanente. En los últimos 15 años, el flamenco se ha profesionalizado, dice Saura. Parte de esa revolución la han hecho los jóvenes y ha alcanzado dimensiones de exportación. Hoy vive un auge indudable. Dicen que en Japón hay más escuelas de flamenco que en toda España. En América Latina tenemos más que el pretexto del apego a la madre patria. Lo cierto es que desde España llegan jóvenes bailaores que han hecho de la enseñanza  una buena manera de vivir de su arte. Y sea o no parte de esa buena racha, también han llegado maestros de la talla de Francisco José Suárez, El Torombo, o, más joven, Marcos Jiménez (30 años).

Este año, por primera vez, Marcos llegó a La Paz. Y este junio lo hará El Torombo. No sé si es bueno juntarlos, uno es el alumno, el otro es el maestro. Uno más gitano que el otro, aunque sea por adopción. Ambos bailarines extraordinarios. Me gusta pensarlos nómadas como sus bisabuelos, como aquellos que llegaban en carpas a alguna plazuela, algo que hoy es casi un mito, parte de su historia más remota. Una historia que ellos valoran profundamente y que los alimenta. Pero el flamenco, sevillano de nacimiento, es eso y mucho pero mucho más.

Marcos Jiménez, mestizo

Hay varias maneras de mirar a Marcos Jiménez. Una es ciertamente estética. La otra es antropológica. La tercera junta ambas porque mira desde el arte y el discurso moderno de las identidades. Así, Marcos es un cuadro, una pintura, una fotografía, un retazo de historia viva. La historia del mestizaje cultural del sur de España, esa que junta y revuelve a árabes, gitanos y toda la mezcla que todos ellos ya llevaban encima. “Mi familia árabe viene de la parte Berber . Y los gitanos y los árabes… ¡son casi la misma cosa! Y mi abuelo materno era gitano. En Andalucía hay muchas mezclas ¡y las mezclas son maravillosas!”, dice Marcos, ostentando algo que en otros tiempos se escondía. Él no. Porque aquel mestizaje no es sólo su raíz sino el punto de partida de lo que hace: bailar flamenco. Y el flamenco no es sino un baile para el cante. Y el cante es el sentir más hondo de un pueblo que vive su historia. Late.

Late y se siente cuando Marcos entra a la clase y se parece demasiado a un bailaor de verdad. Comienza por la facha, se ratifica en el baile y remata con el cante. Sí. Marcos baila y canta como dios manda. Como lo hacía su padre en su juventud. Hijo de un árabe descendiente de aquellos musulmanes bereberes que del norte de África ingresaron a Hispania el año 700. El padre de Marcos, moreno de ojos negros, se casó con una sevillana, hija de gitanos, rubia y de ojos verdes. Tuvieron tres hijos. Marcos es el menor y en él quedó colada la esencia. Porque su madre hizo teatro y su padre, cantaor, es incluso más apasionado que él del flamenco. Por eso, cuando Marcos anunció a su familia que se dedicaría al baile, no hubo nada que decir ni hacer sino bailar como lo hicieron siempre en las fiestas que se armaban en su casa, en el campo.

Aún así no fue fácil, cuenta él. Precisamente porque su padre conocía el lado difícil del mundo artístico, “no quería esa vida para mí; él quería una vida quizás más estable, más segura…”, y entonces se matriculó en la universidad. Hizo un año de la carrera de ¡Derecho! Sí. Y se ríe. Tenía 17 años, había acabado el colegio y sus padres querían que estudiase. Él les dio gusto un año en el que esperó pacientemente a que llegara diciembre para cumplir 18 . Y ese mismo día les dijo: “Papá, mamá, todo estupendo, pero lo que yo quiero es bailar”. Claro que Marcos ya bailaba y su familia lo apoyaba; “pero cuando eres niño eso es un hobby, un juego, y no tienes tampoco consciencia de si vas a hacer de eso un trabajo. Eso viene luego, con tu madurez como persona”.

De hecho, a los 16 años Marcos ya se fue de gira al Japón. “Ése fue mi primer trabajo”.

América Latina lo ha acogido con entusiasmo. Marcos recuerda las visitas de grandes compañías españolas, como la de Antonio Gades o Cristina Hoyos, que llegaban a Buenos Aires “a dar tremendos espectáculos”. La diferencia está en que ahora vienen además a enseñar. Marcos lo hace desde 2002, cuando estuvo en Buenos Aires. Desde entonces no ha dejado de venir a enseñar y a bailar en la capital argentina y en Santiago de Chile. Y fue precisamente en Santiago donde una bailaora boliviana amarró el contacto y, gracias a la escuela A ComPás, lo trajo.

Marcos arribó a La Paz mirando las montañas desde el avión. Lo recibió el sorojchi y una sorpresa: “dos señoras bolivianas con trajes típicos; claro que las había visto pero nunca en vivo. Los colores de la ropa, los rasgos raciales son muy fuertes”, abre los ojos como si hablara de dos gitanas portando sus mantillas de Manila.

Comienza la clase. Lo esperan tres hombres y más de 30 mujeres ya maduras, de esas que encontraron en el flamenco su vocación perdida, su pasión tardía, su refugio de bailarinas retiradas, o probablemente algo más que un pasatiempo. Éste es un curso de aficionadas. Otra cosa son las bailarinas de la compañía, niñas que como él comenzaron moldeándose en el baile desde la cuna y quieren hacer de esto una profesión. Con ellas nos cruzamos en el camerino. Exhaustas y felices.

Comienza la clase y una duda. El ejercicio físico es tal que suceden dos cosas: o te sientes una bailarina profesional o el maestro se ha confundido de grupo. Nada. Ése es el nivel mínimo con el que Marcos arranca y el grupo lo sigue empapando de su embrujo.

El flamenco no pasa por la técnica, cuenta él más tarde. “El flamenco es una manera de ser y una manera de sentir”. A ver, cómo es eso. Se agarra el cabello una y otra vez y cuenta que en Sevilla no es que la gente ande bailando en las calles, pero sí tiene un modo de hacer las cosas “aflamencao”. “Es que la manera que tenemos de hablar, de contarnos lo que sentimos…, hasta la manera de ir a comprar a un mercado… es flamenco también”, explica casi cantando.

Le sigo la corriente y casi cantando le digo que si eso fuese así, cómo es que en una ciudad como La Paz se baila flamenco. Y se arma una charla como la de dos sevillanas en una tienda de barrio. “Sí, pero cada individuo, amén de donde tú seas, tiene un carácter, una esencia, una personalidad, ¿sabes? Y siempre y cuando tu personalidad encuentre una similitud con la manera de expresarse que tiene el flamenco, es tuyo. Si no, imagínate, no habría nadie en el mundo que bailase, por ejemplo, tango argentino si no fuese argentino, o gente que bailase salsa y no fuese de Cuba. El arte no tiene fronteras. Es verdad que nace de una manera determinada y dentro de un pueblo determinado. Eso sí es cierto. Pero siempre y cuando tu personalidad se identifique con eso, tú lo haces tuyo”. Punto.

De vuelta a la técnica, Marcos hace una puntualización: “Es importante en tanto quieras hacer del flamenco una profesión. Si quieres ser bailaor, guitarrista o cantaor, entonces se requiere el nivel más alto posible. Los jóvenes que nos dedicamos a esto intentamos mantener las raíces y el origen, pero también enriquecerlo con mejor técnica y mejores puestas en escena”. Pausa. “Pero al final, la esencia no pasa por la técnica. Pasa por la manera de sentir y por la expresión. Eso no tiene edad ni tiene fronteras”.

De ahí el respeto por sus mayores. Por los orígenes y las tradiciones. Para bailar flamenco hay que conocer varios códigos, entender por qué, de dónde, explica casi solemne. “Cada vez que los maestros se suben a un escenario — hay muchos y muy activos— nos siguen enseñando, nos siguen recordando de dónde venimos. Y eso es muy necesario para evolucionar. Me encanta lo moderno, pero de vez en cuando necesito volver a lo tradicional. Necesito bailar en un tablao, sólo con cante y guitarra, tener al público cerca y comunicarme… Es como volver a rehacerte para nunca perder tu eje profesional”.

Sobre las fusiones, le menciono al Cigala tanguero. Marcos levanta las cejas para decir que aquél es un tremendo artista, con tal conocimiento de cante y sensibilidad, que puede fusionarlo con lo que quiera y lo va a hacer bien. Marcos realza también la copla como música de su preferencia, “quizás el género más importante en España en los años 40, 50 y 60”.

El joven del día a día

¿Escuchará alguna música que no sea flamenco? ¿hará alguna otra cosa? Él se ríe y por fin se relaja. Y dice que le gusta el jazz y Aretha Franklin, y que en su casa suena Whitney Houston, y que Michael Jackson le parece un artista increíble y ni qué decir de Madonna. Que a ratos quisiera cortarse el cabello, que alguna vez lo hizo, que por fortuna esos estereotipos del bailaor con cabello largo ya no son tan así, pero que a estas alturas, siendo ya un artista reconocido, no es fácil cambiar la estética. Que ama a los animales. Que tiene dos perros con los que sale a caminar después del desayuno con tostadas, tomate y aceite de oliva. Que es un gran cocinero: prepara desde un salmorejo hasta los potentes guisos españoles como el puchero, el cocido, en fin. Y que de Bolivia se lleva el sabor y la receta de la sopa de maní.

Así llegó, bailó, cantó y se fue este bailaor, con la promesa de volver y dejando abonado el terreno para la llegada de El Torombo, otro grande que junto con Marcos confirma que la ruta de la pasión por el flamenco pasa también por Bolivia y ése es siempre un buen comienzo. ¡Olé!

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