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Flora Catalá

Es una veterana de Alasita y fue secretaria de la feria. Se pasa horas preparando y removiendo la bebida de maíz que ofrece, pero ello no impide que se dé un descanso para disfrutar de un vaso con pastel. Vendedora de api.

La Razón (Edición Impresa) / Gemma Candela

00:00 / 09 de febrero de 2014

Con gorra y mandil blancos y barbijo recogido bajo el mentón, Flora Catalá, viuda de Véliz, conversa con el único cliente que hay a las cuatro de la tarde en su puesto de api de la Feria de Alasita, mientras de vez en cuando echa un ojo a las dos ollas en las que la bebida caliente de maíz (una de morado, otra de blanco) que ella misma ha preparado se mantiene a la temperatura ideal para ser tomado: ardiendo.

Están también su sobrina, que es la encargada de echar al aceite los pasteles y buñuelos, y las hijas de ésta.

Flora se sienta a una mesa sobre la que hay un vaso medio lleno del líquido morado y un trozo de pastel desmigajado. “Mi mami empezó con el api”, cuenta esta paceña del Barrio Minero de Villa Armonía. Primero atendía en la avenida Montes, luego en la Terminal, en la Tejada Sorzano. Ahora Flora está asentada en el mercado Rodríguez, aunque ella ya apenas va a atender el puesto porque, a sus 73 años, cuida a su mamá.

Pero no falta a Alasita, donde también su madre vendía la bebida de maíz. Durante el mes que dura la feria se levanta cada día a las seis de la mañana para poner a fermentar en agua la harina de maíz con canela, clavo de olor y cáscara de mandarina (es mejor que la de naranja, asegura). Aunque, dice, los secretos de la preparación del api son otros: “mucho cariño y mucha paciencia”.

A mediodía lleva a la feria los bidones del día anterior que ya están listos para tomar, les añade azúcar —porque ella no lo echa durante la maceración— y se queda hasta la una de la madrugada, “porque hay que dejar todo bien limpio”. Con un ademán invita a comprobar con la vista que no miente: que su sector, el de Oruro, es el más aseado. En uno de los muchos años en que fue secretaria general de los feriantes, ella y sus compañeras ganaron el premio de limpieza. También durante su gestión comenzaron a servirse apis en miniatura, pero ahora “no hay campo” para ofrecerlos.

Buena parte de su vida trabajó como secretaria comercial hasta que, hace unos 20 años, decidió seguir con la tradición familiar. A pesar de que siempre había visto hacer el api, no le salió bien desde un primer momento. Ahora, orgullosa, invita a probarlo para demostrar que no son fanfarroneadas y que su receta da como resultado una gratificante bebida.                    

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