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Flores y Rey - Una aventura con los malos de las series

Estos dos actores han protagonizado programas como ‘La casa de papel’ y ‘Fariña’. Una salida de aventura con Javier Rey y Alba Flores.

La Razón (Edición Impresa) / Sara Cuesta Torrado, El País

13:00 / 18 de julio de 2018

A las seis de la mañana, Javier Rey llega a la estación de Atocha. El actor, de 38 años, tiene una sesión de fotos en la playa y su tren a Barcelona no sale hasta las siete, pero a él le gusta llegar a los sitios con tiempo.  Lleva media cara cubierta con una gorra. Resulta casi imposible reconocerlo. Y eso que los últimos papeles que ha interpretado le han convertido en una estrella de la televisión mundial. El año pasado, cuando estuvo en Nueva York, latinos y estadounidenses le paraban por la calle para pedirle autógrafos. Para la mayoría de ellos es Mateo, el galán de la serie Velvet, visible en 190 países a través de Netflix. Para muchos españoles también es Sito Miñanco, el narcotraficante gallego de la exitosa Fariña. Un papel con el que Rey se ha convertido en el chico malo de la tele y en el actor de moda. Pero sentado en la cafetería, lejos de las cámaras y los actos promocionales, Javier Rey es simplemente Javier Rey.

Parece contento de embarcarse con Alba Flores en una aventura fotográfica de verano. Aunque no la conoce todavía, admira su talento. Como él, la actriz, de 31 años, se ha convertido en otro de los rostros televisivos de la temporada. Su papel como Saray, una mujer de etnia gitana y lesbiana presa en la cárcel de mujeres donde se desarrolla la serie Vis a vis, cosecha fans en más de 65 países. Pero el verdadero boom para esta actriz madrileña ha sido dar vida a la ladrona Nairobi en La casa de papel, la serie de habla no inglesa más vista en la historia de Netflix. De momento, ha ganado varios premios internacionales; entre ellos, la reciente Ninfa de Oro en el Festival de Televisión de Montecarlo.

Flores y Rey pertenecen a una generación de actores que ha madurado al calor del nuevo auge de la industria de ficción televisiva en España. No han vivido el esplendor del cine. Ni les ha hecho falta. Encajan una fama repentina y trabajan duro para mantenerse en la cumbre. Pero durante unas horas se aislarán de todo para disfrutar de este encuentro a orillas del Mediterráneo. Los malos de la tele también necesitan vacaciones.

En el tren, Rey se quita la gorra y aparece por fin el tipo guapo y atractivo de la pantalla. Lleva el pelo alborotado. Sus ojos marrones y almendrados miran fijamente. Su labio inferior asoma bajo un bigote sesentero que “por contrato” no puede quitarse. Al menos hasta que termine el rodaje y la promoción de Velvet Colección. Hace años que la Tv abierta empezó a vender sus productos y a firmar acuerdos con las plataformas de pago para exportar series. “Antes, cuando aceptabas un papel de televisión, el objetivo era alcanzar la mejor audiencia posible en tu país”, dice Rey. “Ahora que no hay fronteras geográficas, nunca sabes lo que puede pasar”.

El actor mide 1,84 metros y tiene un cuerpo fibroso. No termina de acomodarse del todo en el asiento. Al menos le ha tocado pasillo y puede estirar la pierna izquierda. Parece cansado. Y lo reconoce. La noche anterior se lió “más de la cuenta” en un evento y apenas ha dormido. Con el éxito, sus obligaciones profesionales se multiplican y le roban tiempo con su pareja, la actriz Iris Díaz, su hijo de unos meses y su viejo perro salchicha. “Ventajas de la popularidad”, ironiza. Rey tiene una norma: no ser actor 24 horas al día. “Eso incluye no hablar de mi vida. Si lo hago, me convierto en todo trabajo. Y mi hogar es lo único que me queda de Javier Rey”.

Alba Flores ha pasado la noche en un hotel de Barcelona. Se suma a la fiesta en el coche, de camino a la playa del Garraf. La actriz desprende energía y vitalidad, pero está reventada. Podría ser por las intensas semanas de rodaje de la cuarta temporada de Vis a vis. “Como ahora los capítulos se emiten en todo el mundo, ya no son de 70 minutos, sino de 50”, dice Flores a Javier Rey. “La trama transcurre más rápido, se va más al grano, y eso intensifica el trabajo”. Por suerte para ella, esta vez su cansancio no es por trabajo, sino por una larga velada de música y baile en el festival Sonar de Barcelona. “Me apasiona todo lo relacionado con la investigación cultural e interpretativa”.

Flores se presentó en el Sonar ataviada con gorra y gafas, dispuesta también a pasar inadvertida. Pero a cada paso que daba, le nacían nuevos amigos. Cada semana se cuela en las casas y dispositivos móviles de cientos de miles de espectadores. Y cuando se la encuentran en persona, actúan como si la conociesen de toda la vida. “Tengo que trabajar en lo de hacerme invisible, pero mi cara es demasiado particular”. La piel morena, los enormes ojos negros, las cejas pobladas y el perfil aguileño de su nariz la delatan: pertenece a la estirpe de los Flores. Hija de Antonio, que le compuso la famosa canción Alba cuando nació, y nieta de La Faraona y El Pescaílla. “No creo que haya algo genético que determine nuestro futuro, pero obviamente he crecido con ese amor por la cultura”.

El caso de Rey es diametralmente opuesto. Nació en Noia (A Coruña), un pequeño pueblo de 14.000 habitantes, en el seno de una familia humilde. Nadie en su casa tiene vinculación con el mundo del arte y él es el primer actor de su árbol genealógico. Se matriculó en una FP de análisis clínicos con la intención de acceder más tarde a la diplomatura. Hasta que, con 20 años, lo dejó todo por la interpretación.

De niña, Flores cambiaba de sueño a cada minuto. Cuentan los suyos que fue una rebelde. “Decía que no se iba a dedicar a nada relacionado con la cultura. Que quería ser inventora”, recuerda su tía la cantante Rosario Flores. “Pero siempre se vio que tenía cualidades para la actuación. Ya de chiquitita jugaba con mi hermano (su padre) a imaginar. Imaginar cosas y situaciones”. A los 13 años, las películas American Beauty y El club de la lucha le “removieron todo”. Quiso provocar esos mismos sentimientos en los demás. Y se matriculó en la escuela del director teatral Juan Carlos Corazza.

Flores arrancó su formación cuando Javier Rey tenía 19 años. Él vivía su primer contacto con el teatro en un taller de interpretación que organizaron en su pueblo. El profesor era el actor gallego Xosé Manuel Esperante, seis años mayor que Rey. Tras aquel encuentro, se hicieron buenos amigos. Esperante le convenció para entrar en el grupo de teatro aficionado Éteatro. “Javi tenía talento incluso sin haber hecho nada”, recuerda. En aquella época, algo hizo clic en su cabeza. Dejó los estudios de análisis clínicos, preparó las maletas y se fue a estudiar a la sala Cuarta Pared de Madrid. “Nos marchamos juntos”, cuenta Esperante.

En sus inicios, Flores hizo de todo para sobrevivir en la profesión. Microteatro. Papeles secundarios en alguna serie. Teatro en Moscú. “Me alegro de haber estado ahí, pero fue una época dura. Costaba llegar a fin de mes”. Permanece unos segundos en silencio, con la mirada en el mar. Y recuerda el sustento de su familia. “Me han apoyado a las duras, que es cuando realmente importa”, indica. Y su tía Rosario Flores aclara días más tarde: “A las malas y a las buenas. En esta familia somos una piña”.

Rosario Flores celebra hoy el éxito de su sobrina. “El año pasado estuve de gira en Lima y me preguntaron por ella. Que la veían en La casa de papel. Eso es un orgullo, porque Alba se ha esforzado mucho”. Javier Rey también ha trabajado como una “hormiguita”. Se acercó al mundo de la interpretación sin pretensión alguna. Cada serie ha sido un pequeño salto que le ha llevado de un papel al siguiente. Así durante 12 años, hasta encarnar a Mateo (Velvet). Y ahora, a José Ramón Prado Bugallo, alias Sito Miñanco, en Fariña. Rey ni siquiera tuvo que hacer el casting. Los productores y directores de la serie, Ramón Campos y Carlos Sedes, tenían claro que lo querían a él. “Habíamos trabajado juntos en Hispania y Velvet. Conocíamos la capacidad de Javi y hablábamos el mismo idioma”, explica Sedes, también gallego. Lo mismo le sucedió a Flores con el personaje de Nairobi. Cuenta Jesús Colmenar, productor y director de La casa de papel, que a punto de empezar a rodar se dieron cuenta de que faltaba otra mujer con fuerza en la trama. “Somos el mismo equipo de Vis a vis y tuvimos claro que era Alba. Así que escribimos el papel para ella”.

Flores recuerda Vis a vis como un “golpe de suerte”. Estaba en un momento profesional complicado. “Necesitaba trabajo y dinero”. Lo que no podía imaginar entonces es que la serie le brindaría estabilidad económica. “Era imposible que supiéramos lo que iba a suceder”. Lo que sucedió fue la implantación de las plataformas de contenidos de pago que ha disparado el consumo de series. “Nadie tenía imaginación suficiente para prever este crecimiento imparable de la industria”, dice Rey.

Flores se dio de bruces con la realidad este año, durante un viaje a Costa Rica. En el aeropuerto se produjo tal avalancha de gente pidiéndole fotos que el personal tuvo que escoltarla hasta una sala vip. Cuando se sentó, rompió a llorar. “Fue un shock comprender que mi vida había cambiado hasta ese punto”. Se muestra como una mujer abierta, honesta y algo impulsiva. Y cuando sus pies pisan la arena caliente, se deja llevar. Se pone el biquini y desaparece entre las olas. “Ojalá todos los días de trabajo fuesen como hoy”.

La confianza entre Flores y Rey crece tras varias horas juntos. Se abrazan y se acarician ante la cámara. Interpretan un idilio estival. Al tiempo, desgranan los motivos de su éxito. Aplauden el aterrizaje de las nuevas plataformas, que necesitan una amplia oferta de ficción en los distintos países donde operan. “Eso ha impulsado la industria española de las series. Y está creando un público más entrenado y exigente”, menciona Rey. Para Flores, las redes sociales también desempeñan un papel importante. “Soy de las que se meten en Twitter cuando está el capítulo en emisión para ver lo que opina la gente. Eso nos obliga a ser más exigentes con nosotros mismos”.

Sus personajes y trayectorias son la prueba más reciente de que las series están ganando la partida a la gran pantalla. “Últimamente no miro el formato de un proyecto. Si el mejor personaje está en televisión, ahí estaré”, dice Rey. Él ha crecido con nuevos productos ambiciosos y rompedores de tramas elaboradas, personajes complejos y proyección global. Producciones competitivas. “Hoy, sin salir de este país, puedes ser una estrella internacional. Casi sin quererlo. Es la globalización del mercado”, expresa Rey. “Exacto”, exclama Flores. “A mí, desde la locura de La casa de papel, la gente me pregunta: ‘Y ahora, el salto a Hollywood, ¿no?’. Pero creo que ese sueño se ha quedado antiguo. Que pertenece a la generación anterior. Ahora piensas: para qué me voy ir a Los Ángeles, ¡con lo bien que se está aquí!”.

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