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Fukushima: Regreso a la zona cero

Tres años después del tsunami, 357 vecinos obtienen autorización del Gobierno japonés para volver a sus viviendas en la zona de exclusión.

La Razón (Edición Impresa) / José Reinoso, El País

00:00 / 27 de abril de 2014

Kazuhiro Tsuboi es un hombre contento. Una docena de trabajadores —la mayoría de los cuales parecen jubilados— desmonta la estructura tubular de lo que fueron dos grandes invernaderos situados detrás de su casa en la falda de una colina boscosa en Miyakoji, un distrito rural de la municipalidad de Tamura, dentro de la zona de exclusión de 20 kilómetros alrededor de la central nuclear de Fukushima Daiichi, en Japón. Al estallar la crisis atómica, Tsuboi fue obligado a abandonar su vivienda, y, sin nadie que quitara la nieve del invierno, el peso plegó los tubos como si fueran de plastilina y hundió los invernaderos.

Este mes, Tsuboi ha podido regresar definitivamente y va a levantar una nueva instalación en la que cultivará tallos de arroz. “Mi familia ha vivido aquí 500 años. He vuelto porque quiero vivir donde nací. No me importa la radiación, mientras pueda quedarme. Yo ya soy mayor, algún día moriré. Pero estoy preocupado por mis nietos, y no les dejo jugar al aire libre”, dice este hombre de 67 años.

El 1 de abril, el Gobierno japonés autorizó, por primera vez, a regresar de forma permanente a algunas de las varias decenas de miles de personas que fueron evacuadas hace tres años de la zona de exclusión debido a las fugas radiactivas producidas tras quedar destrozada la central como consecuencia del terremoto y el tsunami que arrasaron la costa nororiental de Japón el 11 de marzo de 2011.

La vivienda de Tsuboi —de una planta, muros blancos, vigas de madera oscura y tejado gris— quedaba dentro de la zona cero, y su familia fue forzada a dejarla al día siguiente del tsunami, cuando comenzaron las explosiones en los reactores, al inicio de lo que se convertiría en la peor catástrofe nuclear que ha sufrido el mundo desde Chernóbil en 1986. “Durante este tiempo, he vivido en una casa prefabricada en Tamura. Ha sido una gran presión psicológica”, cuenta, martillo en mano, en un cobertizo.

Tsuboi ha regresado a Miyakoji con su esposa, Sadako, de 65 años, su hijo, la mujer de éste, y los tres nietos (una niña de cuatro años y unos gemelos de dos). Es uno de los 357 vecinos, de un total de 117 familias, que integran la población del área de Miyakoji que queda dentro de la zona de exclusión y que han recibido permiso para volver a ocupar sus casas después de que el Gobierno terminara el año pasado el proceso de descontaminación de edificios y carreteras en esta parte del municipio de Tamura, en una región de valles sinuosos y arrozales, hoy abandonados, de la prefectura de Fukushima, unos 220 kilómetros al noreste de Tokio. Hasta el 1 de abril, sus residentes podían visitar temporalmente sus propiedades, pero no podían quedarse, salvo algunos que, desde agosto, tenían una autorización especial.

El Gobierno había planeado levantar la prohibición sobre Miyakoji en noviembre porque consideró que, tras la limpieza, los niveles de radiación —que no son uniformes dentro de los 20 kilómetros— eran aptos para vivir. Pero la decisión se retrasó por la oposición de los vecinos. “La gente tiene opiniones diferentes sobre si regresar o no”, afirma Tsuboi, que trabajaba en la central de Fukushima, aunque el día del tsunami estaba de vacaciones.

La radiación en los lugares de Miyakoji que han sido monitoreados en febrero por el Gobierno oscilaba entre 0,11 microsievert y 0,48 microsievert por hora, según los datos de las autoridades de Tamura. Esto significa que una persona que permaneciera en el exterior las 24 horas del día resultaría expuesta a 4.200 microsievert (4,2 milisievert) al cabo de un año.

Las reglas fijadas por el Gobierno declaran una zona como apta para que la gente vuelva si alguien que vive en ella resulta expuesto a un máximo de 20 milisievert al año, aunque algunos funcionarios han asegurado que quieren reducir esta cifra a 1 milisievert. La Comisión Internacional Sobre Protección Radiológica recomienda una dosis anual máxima de 1 milisievert, pero dice que una exposición a menos de 100 milisieverts al año no produce, desde el punto de vista estadístico, un incremento significativo del riesgo de sufrir cáncer.

Kazue Suzuki, la responsable de asuntos nucleares de la organización medioambiental Greenpeace en Tokio, disiente de la posición oficial. “El Gobierno ha limpiado los edificios y las carreteras en Tamura, pero no los bosques, eso será prácticamente imposible”, afirma en la sede de la organización en la capital japonesa. Suzuki sostiene que las mediciones que realizó Greenpeace en octubre en Tamura dentro de los 20 kilómetros muestran que “en el 39% de los 18.180 puntos controlados en carreteras la radiactividad excedía el objetivo gubernamental de 0,23 microsievert por hora”, mientras en los bosques supera con frecuencia 1 microsievert.

Un arroyo encauzado corre a pocos metros de la vivienda de los Tsuboi, y todo parecería normal en esta región de bosques de coníferas y cultivos si no fuera porque la mayoría de las viviendas que salpican el paisaje están vacías y los hierbajos han invadido los campos yermos desde hace tres años. Las goteras y el moho dañaron casas, y apenas hay alguien caminando por las calles del centro de Miyakoji. Tan solo algún anciano. Ninguna familia. Ningún niño.

Tradición familiar

Los trabajos de descontaminación dentro de los 20 kilómetros son responsabilidad del Gobierno central y los de la zona de entre 20 y 30 kilómetros, donde la gente fue autorizada a regresar el año pasado, son labor del gobierno local, según Katsuhiro Otomo, director del departamento de planificación de Tamura. “Las familias en esta región suelen estar formadas por abuelos, hijos y nietos. Tras levantar la prohibición, los que más vuelven son solo los abuelos”.

En la escuela primaria Furumichi, en Miyakoji, reabierta el 1 de abril, hay 66 estudiantes para 14 profesores. “Enseñamos a los niños a cultivar verduras y medir la radiación. Aprenden desde los seis años lo que ocurrió en Fukushima y cómo conocer y temer de forma correcta a la radiación, porque tienen que vivir con ella”, afirma su director, Kiyoshige Konnai, de 55 años. Junto al colegio, una zona de columpios permanece desierta. Un aparato marca la radiactividad: 0,161 microsievert por hora.

Mientras por un lado los vecinos de Miyakoji desean dejar las viviendas temporales y volver a sus casas, por otro tienen miedo, en especial por los niños, que son más vulnerables a la radiación. “Además, faltan servicios básicos. Muchos comercios han cerrado, y no hay trabajo. O lo han perdido porque trabajaban en la central o eran agricultores”, afirma Otomo.

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