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Gabriel Barceló

Por sus venas fluye salitre y pintura; sus ojos, de gran angular, escudriñan y seleccionan miradas. Su cuerpo bailó morenada y su mente se rige por ‘no dejes nunca de ser un niño’. Fotógrafo y gestor cultural

La Razón / María L. Vivas

00:00 / 25 de marzo de 2012

Gabriel Barceló se hizo artista porque no podría haber sido otra cosa; “la carrera me eligió a mí”, enfatiza, mientras recuerda sus estudios en Bellas Artes. Nació y se crió en una isla, Mallorca (España), rodeado de pinceles, de óleos y de lienzos. Su abuela hacía copias de cuadros de Velázquez, y su padre, pintor aficionado, se rodeaba a menudo de otros artistas.

Sus veranos de niño y adolescente avanzaban a ritmo de pesca matutina, clicks fotográficos y bosquejos. Con 17 años se inventó su propia galería de arte. En la carretera a la playa plantó un letrero que decía “Atelier” (sala de exposiciones, en francés) que hacía que los viandantes se desviasen, curiosos. Se despidió de su isla para estudiar la carrera en Barcelona y, después, dos masters en edición de imagen y en gestión cultural.  Finalmente, obtuvo una beca para trabajar en la Oficina Cultural de la Embajada de España en Bolivia.

Aterrizó en La Paz en sandalias y pantalón corto, como queriendo alargar su condición de isleño; se congeló, primer indicio de que  ahora su vida sería diferente. Sin embargo, en la ciudad de las nubes ha sabido conciliar a la perfección dos de sus tres pasiones: la gestión cultural y la fotografía. La tercera le pilla a desmano: el mar. La nostalgia marina no es fácil de curar, pero Gabriel asegura que ya está más que adaptado y que le ha surgido una cuarta pasión: la cultura popular. 

Trabajó dos años como gestor cultural en la embajada y a la par llevó a cabo el proyecto fotográfico Ajayu, que se expuso en el Museo San Francisco. “Este proyecto empezó cuando dejé de sentirme extranjero”. Hoy programa actividades para el Centro Cultural de España y ha comenzado otro proyecto: fotografiar las 36 etnias bolivianas.

Captar la mirada parece ser su obsesión. Lo que más le seduce es encontrar rostros en la calle; los evalúa y elige. No obstante, también hace otra serie de trabajos, como cuando el príncipe de España, Felipe, visitó Bolivia y Gabriel se convirtió en “fotógrafo real”. Sin embargo, cuando puede se zambulle de nuevo en la realidad de la calle, ansioso por devorar las costumbres. Así, logró su deseo de ser moreno en el Gran Poder, con los Intocables, participando de la peña, los prestes y danzando morenada por las calles.

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