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Galeano

‘Eduardo ha debido ser un muchacho interesante, genial, insurrecto (...). Ser autodidacta de su nivel no ha debido ser fácil, se tragaba bibliotecas con litros de café’.

El recordado escritor, Eduardo Galeano. Foto: dunitar.com

El recordado escritor, Eduardo Galeano. Foto: dunitar.com

La Razón (Edición Impresa) / El papirri

00:00 / 10 de mayo de 2015

Este dramático e insolente abril se llevó a Eduardo Hugues Galeano, el gran pensador uruguayo, con sus 74 años bien vividos. Estaba evitando escribir sobre él por puro respeto nomás, porque la palabra (escrita o hablada) para Galeano debería ser estrictamente necesaria, él prefería el silencio. Le costaba tanto redactar que escribía 20 veces el mismo libro hasta sacarle toda la grasa y que quede la carne plena. Puro rigor.

Eduardo ha debido ser un muchacho interesante, genial, insurrecto. Dejó el colegio para dedicarse a escribir, leer y pintar. Pero no solo eso. Laburante desde adolescente, sindicalista precoz, a los 14 ya se ganaba los pesos con varios oficios, hasta cajero de Banco fue. Ser autodidacta del nivel de Galeano no ha debido ser fácil, luego del laburo se tragaba bibliotecas enteras con litros de café. Entrando a los 20 fue nombrado editor del histórico semanario Marcha suplantando nada menos que al gran Onneti. Me imagino todo lo que tuvo que leer en su dígito dos para poder sacar a los 31 años las Venas abiertas de América Latina, semejante obra monumental de economía política que ya plasmaba sus riesgos por la originalidad. Los ortodoxos no entendieron la obra, no le dieron ningún premio. Entonces, más que seguir en bibliotecas decidió escuchar a la gente, al latido de las calles, a la sabiduría de la tradición oral, aprendiendo de los pescadores colombianos un verdadero paradigma: el sentipensante. Unir la razón y la emoción para expresarse, ejercer el lenguaje que dice la verdad, significar en los demás, contar  historias chiquitas reveladoras de la historia grande, máxima expresión de la síntesis, optar por los nadies, por los desvalidos, ellos tienen historias que narrar.

Entonces, la vida le viene con rumbos de angustia, llegan  las dictaduras militares asesinas, cae preso, los milicos lo tienen fichado. Sale urgido del Uruguay porque no le gustaba estar preso, llega a Buenos Aires y también sale obligado porque a Eduardo no le gustaba estar muerto. El exilio para el charrúa no es el lloriqueo aquel, lo define como el Plan Cóndor al revés, la solidaridad creando redes. Y esto de “al revés” es vital en él y en su obra, es la contradicción, prueba de que estamos vivos, pulmón de la historia. Y la paradoja, ese espejo de una realidad difícil de definir. Por eso hay que inventar palabras, como bobalizacion, sentipensante, democradura y tantas otras que definen mejor esta vida discordante: galopador de la crisis de los conceptos, se animó a definir con luz propia nuestra maravillosa y sudaca existencia.

En el exilio catalán volvió otra vez la disciplina y la obsesión del tremendo autodidacta, su pajlita ilumina bibliotecas públicas pariendo una obra monumental de 1.000 páginas en tres tomos que nunca terminaré de leer: Memoria del fuego. Si no salía al exilio nunca hubiera escrito este mamotreto, dijo, siempre antisolemne, siempre sincero y frontal. Por eso, tal vez el poder no lo quería mucho, por frontal, basado en aquella frase recopilada a algún guerrillero: el amigo siempre te dirá los defectos en la cara y las virtudes por la espalda. En consecuencia, su voz fue crítica con la izquierda de manuales: no hay que confundir unidad con unanimidad. Pero eso sí, jamás en nombre de la crítica abandonó la utopía, aquel socialismo humanista, lleno de substancia y desconcierto. Siempre enemigo del capitalismo, de los grandes banqueros, decía que el mundo está dividido entre los indignos y los indignados. Me encanta el Libro de los abrazos. Sorprende saber que lo escribe en los últimos años del exilio, sorprende saber que le da un infarto a los 44 años justo antes de retornar a Montevideo luego de 12 años de ausencia obligada. Con el retorno llegaron 15 años de la democradura, los traidores se la cascaron a la democracia conquistada con muertos y torturados. Sin embargo, contra todo pronóstico de los entusiastas del fin de la historia, Galeano no murió ni solo, ni triste ni decepcionado. Murió en plena militancia por la vida, rodeado de hijos, de amigos, de marchas populares, murió en victoria. Con el Frente Amplio gobernando, con un ex-tupamaro de presidente, con el entusiasmo en las calles, con el Alba floreciendo. El Frente Amplio se alimenta de tres cosas, decía: amor al país, la independencia es posible, amor a los desamparados. Galeano muere renacido de alegría, poblado de fe, más bien vive y renace por siempre y todos los días en nosotros. Apóstol de los obreros, memoria de los más pobres, se va nomás porque para acercarse hay que alejarse. Por suerte están sus libros y sus entrevistas televisivas, lecciones de lucidez y dignidad. No importa ganar, lo importante es responder a tu conciencia, enseñó. El amor es infinito mientras dura, dijo en metafísica popular. Estaba evitando escribir sobre él, por puro respeto nomás, aunque estoy seguro de que leerá estito en el infinito y me regalará una sonrisa.

(*) El papirri es un personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

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